Ser hijos de Dios, trabajar por la paz

Felicidad, trabajo y paz. Tres palabras sumamente importantes y al mismo tiempo tres palabras difíciles de combinar para muchas personas, por no decir para todos, y menos aun para la sociedad actual. Vivimos en una sociedad donde muchas cosas parecen inalcanzables para unos más que para otros. Una sociedad que busca llegar a la plena realización personal, familiar, social y sin embargo cada vez parece más inalcanzable este deseo. Nunca como ahora la vida humana ha sido menos valorada y más despreciada. Se hace, eso sí, con formas más finas y “civilizadas” casi siempre.

P. Enrique Cortés

Publicado el 01 de octubre de 2006

Nunca el hombre contó con tantos recursos alimenticios y el poder de multiplicarlos y aprovecharlos, y nunca como ahora se pasó tanta hambre. Las acciones malvadas del hombre matan a más gente que el cáncer, el sida, los accidentes o las guerras. Callada y sutilmente van cayendo una tras otra, las víctimas inocentes.

Nunca la ciencia y la técnica avanzaron tan rápidamente y nunca como ahora se muestran tan perfeccionados los instrumentos de muerte y de tortura, utilizados casi siempre en los países más pobres.

Nunca se habló tanto de libertad, de democracia, de derechos humanos… y nunca, como ahora, países y continentes enteros luchan cada día por un único derecho: el de sobrevivir. Para éstos la palabra libertad es una triste ironía y suena a burla.

Nunca hubo tantos congresos sobre ecología, medio ambiente, fauna amenazada… y nunca, por el contrario, se arrasa tanto bosque, se contamina tanto el aire y el agua.
Nunca se habló tanto de solidaridad… y hoy se potencia un individualismo atroz. A nivel de países, de grupos humanos y de individuos, la mayoría carecen hasta de lo indispensable, el que sube lo hace pisoteando al vecino o a costa de él.

Una llamada urgente
Frente a esta triste realidad el mensaje del evangelio sigue siendo una llamada a gritos. Frente a esta realidad, esta bienaventuranza –felices los que trabajan por la paz- se hace urgente, porque hoy más que nunca se necesitan personas, grupos, organizaciones que trabajen, se comprometan, luchen para que la paz sea una realidad.

Paz en castellano, shalom en hebreo y shalam en árabe es mucho más que ausencia de guerras o conflictos; es un estado profundo de bienestar personal que abarca toda la vida. La paz interior, necesaria e indispensable para proyectarla al exterior, sólo se logra cuando se saca del interior todo remordimiento, todo odio, todo fanatismo y toda frustración personal. Cuando se vacía el corazón de lo malo y se llena de amor. La pregunta es: ¿estamos dispuestos a buscarla cueste lo que cueste? O mejor seguimos sin complicarnos mucho la vida dejando que otros se ocupen de eso.

Poner en práctica la paz es tener la valentía de mirar de frente todas las formas de división, afrontarlas a pesar de sus resistencias, superarlas a cualquier precio, que no es ciertamente el precio fácil del odio y de la venganza, sino el del amor y del perdón cristiano, el de “dar la vida”, de “vencer el mal con el bien”.

Bienaventurados los pacíficos, los pacificadores, los que activamente aman, buscan y se comprometen con la paz; de ahí que la mejor versión sea aquella de “los que trabajan porque se implante la paz en el mundo, ellos serán llamados hijos de Dios”. Son hombres como S. Pablo, S. Francisco de Asís, S. Juan de Dios, Martin Luther, M. Gandhi, Teresa de Calcuta y tantos otros que callada y silenciosamente dedican todas las fuerzas de su vida a la oración y a extirpar del corazón humano el odio y la violencia para que reine la paz en este mundo.

Tarea y responsabilidad
En esta séptima bienaventuranza, no se beatifica a los pacíficos estáticos, o a los de “temperamento pacífico” y naturalmente tranquilos, sino a los dinámicos en el ejercicio de esta virtud: los hacedores de paz. Son los constructores de la paz, los que, por amor a Cristo, por una virtud efectiva, se dedican a edificar la paz. La realización de la paz en la vida del cristiano tiene un aspecto interno que consiste en el comportamiento personal de la voluntad de vivir en paz con los demás y para los demás. El contenido de la bienaventuranza incluye a todo el que busca, difunde y trabaja por la paz y esto es alcanzable para todos nosotros.

“Dichosos los que trabajan por la paz” (Mt 5,27). La gran tarea que se nos impone en este momento crítico de nuestra historia es la responsabilidad que tenemos de construir una sociedad en paz, fundada en la cooperación, el entendimiento, la solidaridad, la tolerancia y el diálogo por el bienestar de todos. Todos estamos llamados a vivir en la justicia y a trabajar por la paz. Nadie puede eximirse de esta responsabilidad pero, es en la familia donde hay que aprender a respetar, tolerar, escuchar, ser solidarios y libres.

Superar el miedo
Decía Juan Pablo II: “Lo que suscita unos horizontes de paz, lo que sirve a un lenguaje de paz, debe expresarse en unos gestos de paz. En su ausencia, las convicciones nacientes se evaporan y el lenguaje de paz se convierte en una retórica rápidamente desacreditada. La práctica de la paz arrastra a la paz. Ella enseña a los que buscan el tesoro de la paz que este tesoro se descubre y se ofrece a quienes realizan modestamente, día tras día, todas las acciones de paz de que son capaces”. (8/12/1978).

Recogemos del testamento de Jesús dejado a sus discípulos: “La paz os dejo, mi paz os doy: no os la doy como la da el mundo. No os angusties ni tengáis miedo” (Jn 14,27). Vivir estas palabras de Jesús es un compromiso para todos. Y es desde este compromiso que Él nos invita a caminar sin miedo, aun en medio de las dificultades que nos rodean.

Ciertamente todo esto no es fácil, pero es para los que se atreven a seguir a Jesús superando una visión individualista de la felicidad. Posibilidad que todos tenemos pero a la que no siempre nos atrevemos. Posibilidad de ser felices desde la autenticidad, la solidaridad, desde un compromiso permanente y no sólo desde cosas pasajeras.


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