Salir de la esclavitud
para el servicio
Moisés había salido de su vida cómoda
y dejó de “vivir como un príncipe” en la corte del
Faraón.
Dios había salido de su cielo y dejó de “vivir como dios”.
Ahora le tocaba al pueblo salir de la esclavitud para adentrarse en el camino
de la libertad.
La Biblia nos dice que a Moisés le costó “Dios y ayuda”
convencer al Faraón para que los dejase salir. Luego le costará
mucho más convencer a sus hermanos para que sigan adelante en ese camino
de libertad y no retornen a la esclavitud.
Ernesto Duque
Publicado el 11 de
junio de 2007
En el fondo la esclavitud tiene sus “ventajas”. Te asegura el pan, aunque su precio sea alto y su sabor amargo, y te garantiza una cierta seguridad. Al menos sabes que vas a tener un lugar para dormir a la noche.
En la esclavitud tienes derecho a defender tu mendrugo
de pan y tu espacio para descansar, aunque eso te lleve a enfrentarte con
tu hermano.
Por el contrario, el camino hacia la libertad te quita seguridades y te obliga
a salir de actitudes defensivas.
Eso fue lo que, durante el largo camino por el desierto, llevó al pueblo a enfrentarse con Moisés y con Dios. Con frecuencia les faltaba el pan y el agua, un lugar seguro donde dormir, había que soportar el calor del día y el frío de la noche. Y lo peor: el día siguiente iba a ser igual.
Dios tenía su plan
Dios sabe hacer las cosas. Desde el principio tenía un proyecto para
ese grupo de israelitas a los que había sacado de Egipto.
Para dárselo a conocer tiene que esperar a
que sean capaces de entenderlo.
Al salir de la tierra de la esclavitud, no tienen conciencia de formar un
pueblo. Están divididos en pequeños grupos y con frecuencia
en conflicto entre ellos. Por el camino se les unen otros grupos nómadas
y es necesario que entre ellos se forme la conciencia de que forman un solo
pueblo donde el enfrentamiento sea substituido por la fraternidad.
Tendrán que ir madurando poco a poco para descubrir el valor de vivir en libertad y dejen de añorar las falsas seguridades de la esclavitud.
Y, especialmente, tendrán que ir comprendiendo que esa libertad, regalada y conquistada a la vez, tiene un sentido, una finalidad: su objetivo es prestar un servicio a toda la humanidad.
Dios va formando ese pueblo libre y fraterno para que en su seno nazca el Mesías, el Hombre Nuevo, Jesús: aquel que abriría a toda la humanidad la posibilidad de caminar por la vida y la historia con la libertad de los hijos de Dios.
No podía contárselo todavía. A quienes caminaban por el desierto aquello les hubiera parecido una locura. Sus intereses eran mucho más inmediatos.
Les quedaba un largo camino para madurar. Por eso Dios les hace caminar durante cuarenta años por el desierto.
Sufrimiento compartido
El pueblo que se va formando sufre en el camino. Dios comparte su sufrimiento.
Busca formas de aliviarlo: les envía pan y carne, les da agua, les
acompaña como nube para aliviar el calor de día y como fuego
para que soporten el frío de noche.
A su vez les pide que se relacionen por normas fraternas, desterrando todo comportamiento violento o basado en el engaño (los mandamientos).
Por eso hace una Alianza con aquel pueblo “duro de cabeza” y la renueva una y otra vez: “Yo seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo”.
Dios, que “ha dejado su cielo”, camina ahora con el pueblo por el duro desierto.
No hay salvación sin participación del
pueblo
Nos han hablado tantas veces de un Dios “todopoderoso” que llegamos
a pensar que Él lo tiene que hacer todo. Él nos tiene que salvar
y sacar de todas nuestras dificultades. ¡Para eso es Dios!
Lo mismo le propusieron a Jesús: “si eres el Hijo de Dios empieza a hacer milagros y arregla este mundo tan marcado por el sufrimiento”. No cayó en la tentación.
Y es que Dios no puede salvar al hombre sin el hombre. Dios necesita de hombres y mujeres, necesita de un pueblo que se arriesgue a vivir en la libertad y en la fraternidad para que juntos cambiemos este mundo.
Nos cuesta imaginarnos a un Dios que para hacer las cosas dependa de los hombres. Pero si recorres la Biblia y la vida de Jesús descubrirás que es así. Resulta paradójico, pero ese es uno de los aspectos esenciales del Dios de los cristianos, del Dios de Jesús.
La Iglesia está llamada a ser ese pueblo que colabora con Dios y se pone al servicio de toda la humanidad, a fin de que todos podamos vivir en libertad y fraternidad. La Iglesia no es una institución para poner normas y límites, sino para abrir horizontes.
Esa es la misión de la Iglesia, la misión de cada uno de los que nos llamamos cristianos: convocar a todos los pueblos a formar una sola familia que, superando toda forma de esclavitud, pueda gozar la vida en plenitud.
Como decía hace años la Madre Teresa de Calcuta: “que cada uno sea para el otro la mano amiga de Dios”.