“Salir de casa”

Hoy hace frío. Me apetece quedarme en casa con la compañía de un buen libro, escuchando música, o simplemente sin hacer nada, mirando por la ventana, intuyendo el frío que hace fuera, pero sintiendo el calor del hogar.
No me queda más remedio que salir. Lo tengo que hacer por obligación. Me abrigo lo mejor posible y me encamino hacia el trabajo de cada día.
Dejar el calor de la propia casa y salir a un ambiente frecuentemente frío, pero hacerlo no por obligación, sino por convicción, es uno de los aspectos de lo que podríamos llamar el movimiento misionero.

Ernesto Duque

Publicado el 01 de febrero de 2007

Sí. La misión es siempre movimiento. Quien decide anquilosarse al calor de un lugar, de una postura, de una ideología… va perdiendo la posibilidad de encuentro con otras personas, con lo nuevo, con Dios. Se empobrece y se anula como persona y como cristiano. La dimensión misionera, el movimiento misionero es lo que nos hace salir hacia lo diferente. Nos permite seguir siendo y crecer como personas. Aunque a veces haya que salir al frío de lo desconocido, es lo que nos da la posibilidad de seguir viviendo.

Un anciano simpático que quería ser padre
Leí su historia hace mucho, pero me llevó años empezar a comprenderla.
Creo que tuvo una infancia sin grandes problemas. Llegado el momento se casó. Su gran ilusión era tener hijos. Dinero no le faltaba. Disfrutaba de la vida sin preocuparse de hipotecas o deudas. Eso nunca era problema. Además vivía en la casa que había heredado de su padre.

Pero, por esas extrañas combinaciones de la vida, pasaban los años y él y su mujer no lograban tener un hijo. Por aquel entonces lo de la reproducción asistida no existía aún.
Por eso, aunque no le faltara nada materialmente, en el fondo de su corazón y del de su mujer había una tristeza muy honda. Darían cualquier cosa por tener un hijo, pero el tiempo seguía corriendo.

A pesar de todo habían mantenido esa esperanza, pero ya estaban a punto de renunciar a ella.

Cuenta la historia que un buen día sintió que Dios le hablaba y le decía algo así: “Sal de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre a la tierra que yo te mostraré. De ti nacerá una nación grande”.

Se le creó un grave conflicto. Podía seguir con la vida cómoda que había llevado hasta entonces, renunciando al sueño de ser padre. La alternativa era renunciar al calor del hogar y ponerse en camino por tierras desérticas, soportando el calor de día y el frío de la noche. Con el riesgo de que lo había escuchado no fuera más que pura imaginación.
Lo consultó con Sara, su mujer, y decidieron arriesgarse antes que perder la esperanza. ¡Ah! Se me olvidaba, su nombre era Abrán.

Un anciano en camino
Y se pusieron en camino por el desierto. Les acompaña su sobrino Lot, ya no estaban para viajes solos y siempre es bueno andar por la vida acompañados.

El viaje se iba haciendo más largo de lo esperado. Con frecuencia no sabían a dónde iban ni cuál era el sentido de esa aventura en la que se habían metido.

Pero la esperanza del hijo seguía estando ahí.

Aquella voz que Abrán escuchó en la ya lejana ciudad de Ur, se volvía a hacer presente cuando todo parecía perdido.

Abrán y Sara no cerraron los oídos a Dios. A él le cambió el nombre por el de Abrahán… se lo hizo más largo. Le dijo que no sólo iba a ser padre, sino que con él y su hijo iba a recomenzar su proyecto sobre toda la humanidad.

El tiempo pasaba y sólo cuando la esperanza de Abrahán era más fuerte que cualquier duda, Dios cumplió su promesa.

Si buscas en la Biblia el libro del Génesis, a partir del capítulo 12 encontrarás su historia.

Modelo de todo misionero
Abrahán es modelo y paradigma de todo misionero, de todo cristiano, por eso se lo conoce como nuestro “padre en la fe”.

Él nos enseña que no podemos renunciar a la fecundidad de nuestra vida, aunque no siempre tenga que ser biológica. Una vida infecunda deja de ser vida humana.
Para ello hay que dejar el calor del hogar, salir de casa, afrontar el calor o el frío, caminar por el desierto donde no hay caminos marcados, escuchar la voz que nace de lo más auténtico de nosotros mismos y, por encima de todo, no matar nunca la esperanza.

La vida y el trabajo del misionero están marcadas muchas veces por la aridez, como la vida de Abrahán.

Lo que mantiene al misionero es la esperanza, porque sabe de quién se ha fiado.
Nuestro mundo, nuestra Iglesia necesita más que nunca personas de esperanza, dispuestas a salir de casa para que el proyecto de Dios, una pequeña semilla al decir de Jesús, sea fecundo.

Es la posibilidad de que todos y cada uno seamos más humanos.


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