Entre salir y llegar
Llego al aeropuerto. Me encuentro la terminal repleta
de gente, maletas, protestas y gritos.
No suelo viajar mucho en avión, pero tampoco la situación me
sorprende.
Los grandes paneles anuncian numerosos vuelos retrasados o cancelados.
Alguien comenta que en no sé qué aeropuerto ha habido una alerta
terrorista. Nadie sabe si responde a la realidad o es una pieza más
para mantenernos asustados.
Lo cierto es que no hay “salidas”.
Como no voy a conseguir nada protestando, me dedico a escuchar a la gente.
Y me doy cuenta de un detalle: a la mayoría no les importa el hecho
de no salir en hora, su preocupación en cuándo van a llegar
a su destino.
Parecería lo mismo. Me siento sobre mi maleta y empiezo a pensar que
hay una gran diferencia entre la preocupación por “salir”
y la preocupación por “llegar”.
Ernesto Duque
Publicado el 01 de
enero de 2007
Una
diferencia importante
Supongo que no soy el único que al salir en un viaje le sube la adrenalina…
y al llegar le baja.
De hecho a mi lado hay una señora muy nerviosa. Comenta que ha tomado una pastilla contra el mareo y cuando salga su avión ya no le hará efecto. En realidad no le va a hacer efecto ni antes ni después.
“Salir” siempre supone enfrentarse con un riesgo… ¿despegará el avión? “Llegar” supone encontrarse con una seguridad… todo fue bien.
Puedo comprender a la señora que termina por poner nerviosos a los familiares que la acompañan.
Me lo tomo con calma. Si me enfado no voy a adelantar nada. Observo y escucho… y de paso aprendo.
El enfado crece por todas partes. En buena parte es lógico por el retraso y la falta de información. Pero a la vez me pregunto ¿hasta qué punto ese nerviosismo no es fruto del nerviosismo que produce toda “salida”?
La misión y la salida
Misión es sinónimo de envío. Y todo envío significa
salir de algo para ir a otro lugar o a otra realidad. Salir de algo conocido
para ir a algo desconocido. Enfrentarse con lo desconocido es normal que produzca
cierto miedo.
Cuando me muevo en una realidad donde conozco los hilos para manejarla me muevo con cierta seguridad. Que en pocas horas un avión me coloque en una realidad nueva y desconocida me produce inseguridad y miedo.
Salvo que quiera “manejar” esa situación con los mismos hilos y esquemas de la realidad que ya conocía. Pero en ese caso el batacazo va a ser impresionante.
Y la misión significa salir, por lo cual implica
siempre inseguridad, miedo…
No por casualidad Pablo escribía a los cristianos de Corinto: “yo,
hermanos, cuando fui a vosotros, no fui con el prestigio de la palabra o de
la sabiduría… me presenté ante vosotros débil,
tímido y tembloroso” (1 Cor. 2, 1.3).
No existe para la misión otro camino que no sea el camino de la debilidad.
Múltiples salidas
No se trata sólo de una salida geográfica. Resultaría
bastante sencillo.
El misionero debe salir de su casa, de su tierra… pero eso va más allá de un cambio de lugar.
Debe salir de su cultura, de sus valores, de su concepción del mundo, de su comunidad de fe, de su ámbito de relaciones humanas, de su realidad económica, de su mentalidad, de su cultura, de sus valores…
Como decía San Juan de la Cruz debe dejar los caminos ya andados y conocidos para adentrarse en caminos no andados y no conocidos.
Esa es condición necesaria para ayudar a crear algo nuevo, para colaborar en la construcción de lo que Jesús de Nazaret llamaba el “Reino de Dios”.
Y aparece la debilidad y el miedo. En caminos nuevos y desconocidos hay que dejar atrás lo que uno sabía, hay que dejarse guiar por otros, caminar con frecuencia a oscuras.
A oscuras y segura
San Juan de la Cruz añadía que el alma (el hombre) en su camino
hacia Dios camina a oscuras y segura. Porque sabe de quién se ha fiado.
Pienso que si muchas veces no nos arriesgamos a asumir el camino de la misión es por miedo. Preferimos la seguridad de lo conocido… aunque luego nos quejemos de la rutina de nuestra vida; para caminar a oscuras necesitamos fiarnos de alguien.
Desde esta página y a lo largo de este año queremos invitarte a conjugar el verbo “salir” y el sustantivo “misión”. Sabiendo que hay que caminar con frecuencia a oscuras, pero con una seguridad que nada tiene que ver con el quedarse anquilosados.
¿Nos acompañas?