Salir de tierra firme

Son puras hipótesis pero nadie tiene datos ciertos.
Me refiero a los miles de pobres que iniciaron el viaje hacia una “vida mejor” y murieron en los desiertos africanos o encontraron su tumba en el Mediterráneo o en Atlántico, en la aridez del desierto o en el fondo del mar, sin llegar a la “tierra esperada”.
Es un drama al que nos hemos ido acostumbrado.
A mí me recuerda aquellos cuarenta años de camino del pueblo de Israel desde Egipto a la tierra prometida. Camino de la esclavitud a la libertad, en el que muchos perdieron la vida.
El camino de los inmigrantes es también camino de la esclavitud de la miseria hacia la libertad de una vida más humana.
Son dos éxodos con profundos paralelismos.

Ernesto Duque

Publicado el 01 de octubre de 2007

En estas páginas hemos hablado de aquel éxodo de los israelitas como ejemplo del “salir misionero”.

De Moisés que “sale de vivir como un príncipe” para asumir el compromiso de acompañar a su pueblo durante cuarenta años a través del desierto.

De Dios que “sale de vivir como dios” por amor a sus hijos que viven en condiciones inhumanas, sufre con ellos y se enfrenta a los falsos dioses que encadenan a los hombres. Y va con ello abriendo puertas en medio del mar.

Del pueblo, que a regañadientes decide salir de la esclavitud y afrontar un largo camino hacia la libertad. Más de una vez debe superar la tentación de volver atrás.

Moisés deja la comodidad para vivir en la pobreza. Dios no puede permanecer indiferente y toma partido por el oprimido. El pueblo debe renunciar a sus pequeñas seguridades para asumir una actitud de servicio hacia toda la humanidad.

En todo ello, como en Abraham que deja su casa para asumir el proyecto de Dios, hemos ido encontrando elementos que iluminan la acción misionera de la Iglesia y que son válidos en todo tiempo.

Desde ahí llegábamos a la conclusión de que nuestra religión no puede ser una “religión de supermercado”, donde compro y vendo a Dios favores a cambio de promesas o sacrificios.

Nuestra religión es un compromiso de acompañar, junto a Dios, el camino de la humanidad que sufre y busca su dignidad.

La inmigración desafía a la misión
La verdad es que el tema de la inmigración se ha “utilizado” de muchas maneras para defender intereses propios. Se ha escrito y dicho tanto desde el punto de vista político, económico, laboral, social, legal, humanitario… que da miedo añadir una palabra más.

En las grandes reuniones de los políticos está presente con frecuencia. Por los resultados parece que no por que se buscan soluciones reales, más bien, el hecho de que el tema aparezca en la agenda le da a la reunión un tono “humano”, mientras las decisiones reales van haciendo más inhumanas las relaciones internacionales.

Hay otro ángulo para afrontar el tema de la inmigración: el religioso. La inmigración es una reedición hoy del éxodo de Egipto hacia la libertad. Y en este sentido se convierte en ámbito y desafío para la misión y para toda la Iglesia.

Nos jugamos mucho sobre nuestra fidelidad al proyecto que Dios tiene para toda la humanidad.

Dios viaja en patera
¿Dónde está Dios en todo este problema? Igual que hace miles de años Dios estaba en el desierto acompañando a su pueblo, hoy está en las pateras, en los bajos de un camión o intentando entrar como “ilegal” en un aeropuerto.

Y nosotros seguimos buscándolo en lugares más tranquilos y cómodos. Y nos enojamos por su “silencio”, sin darnos cuenta de que ha cambiado de lugar.

Como mucho nos acercamos a la orilla de mar, nos sentamos en la playa y esperamos a que llegue el cayuco. Organizamos medios para recibirlos y darles una mano que facilite su integración. Eso está bien y es necesario. Pero quizás se nos pide más.

Quedarnos en la playa esperando puede ser expresión de una fe y una conciencia misionera que no ha madurado y sigue en la infancia.

Dejar la playa, adentrarnos en el mar, subir al cayuco… es uno de los grandes retos a los que se enfrenta la misión hoy.

¿Qué significa eso?
Acompañar a nuestros hermanos que sufren en todo su camino para que puedan vivir con la dignidad que les da el ser hijos de Dios.

Pero con frecuencia nos da miedo mojarnos siquiera los pies. Y preferimos seguir en tierra firme discutiendo en tierra firme cuál sería la mejor solución…

A veces conseguimos tranquilizar nuestras conciencias. Pero, mientras tanto, los cayucos se siguen hundiendo.


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