Sin espacio para manipular
Jesús llama bienaventurados a los “mansos”,
porque ellos poseerán la tierra. Escuchar esta bienaventuranza nos
hace pensar en tiempos pasados, ya que la palabra central es “mansos”
y esto nos huele a añejo, a polilla, o al menos
a algo que hoy en día no suena ni se lleva.
Es un término que ha quedado para los que no tienen empuje, para quienes
son unos cobardes y les da miedo enfrentarse al riesgo y a los problemas de
la vida o de sí mismos.
P. Manuel Loro Jover
Publicado el 1 de marzo
de 2005
Una mirada al mundo
Cuando vemos que los débiles son pisoteados por los fuertes; los injustos
tienen las de ganar frente a los justos; el abuso de poder aplasta los derechos
de los otros, esto nos subleva. Cuando constatamos que los responsables y
cumplidores tienen que cargar con la irresponsabilidad de otros y que el despilfarro
y el consumismo significa el hambre y la miseria de muchos: quisiéramos
acabar con ello como fuera.
Entonces ¿cómo hablar de mansedumbre? ¿Es que esta bienaventuranza hace una exaltación de la debilidad, de la ñoñez, o de la falta de hombría?
En un mundo donde la fuerza para imponerse a los demás, el poder para beneficio propio y la violencia son la trilogía de los ganadores, es difícil que la mansedumbre se cotice en ningún sitio.
Una distinción
La violencia es siempre destructiva. Y eso a pesar que se puedan esgrimir
motivos justos para ponerla en acto. Pero la fuerza y el poder pueden vivirse
de otra forma, y ser constructivas.
Cuando la fuerza y el poder para imponerse tienen que usar ejércitos, policías, leyes y otros mecanismos coercitivos son una fuerza y un poder que están fuera de mí. Para llevarlos a cabo tengo que usar fuerzas impositoras.
Cuando la fuerza y el poder son algo interior, hacen que no me doblegue y claudique, a pesar de las presiones ambientales o físicas. Incluso ante la amenaza de muerte, hacen que me mantenga fiel en aquello que creo. Esta fuerza interior es creadora y regeneradora y si no que se lo digan a todos los mártires de antes y de ahora, y a tantos misioneros y líderes de comunidades que hoy siguen en sus puestos a pesar de las amenazas de todo tipo.
Jesús y la mansedumbre
Jesús mismo nos dice: “Aprended de mí, que soy manso y
humilde de corazón” (Mt. 11, 29); y ya las palabras del profeta
Isaías (Is. 53,7) que se aplican a Jesús dicen: “Fue oprimido
y se humilló y no abrió la boca. Como cordero llevado al matadero”.
En Jesús la mansedumbre no es debilidad, ni cobardía, ni ñoñez ya que cuando es necesario se enfrenta con fariseos, saduceos y demás jefes del pueblo. Su ser manso no coarta su dignidad ante Pilatos y Herodes. Cuando alguien le golpea, no responde con otro golpe, pero sí levanta su voz para protestar contra ese golpe injusto.
Jesús anclado en su fuerza interior, su Padre-Dios, no devuelve el golpe pero no se arruga ante aquel que tiene autoridad para ejecutarlo.
Para Jesús la mansedumbre es mostrar con suavidad y sin aspavientos su fortaleza interior basada en lo que cree, porque se sabe en las manos del Padre, y no se doblega aunque su vida corra peligro. Pensemos también en Mons. Óscar Romero, en Maximiliano Kolbe, Gandhi o tantos otros que a lo largo la historia hicieron de la mansedumbre su fuerza, una fuerza que renunciaba a la violencia.
Un estilo y una prevención
Jesús nos propone este estilo de vida, basado en las convicciones personales.
Sin dejarnos arrastrar por modas o valores imperantes de una sociedad donde
el poder que aplasta, la fuerza que doblega y la violencia que destruye están
a la orden del día.
Por supuesto es menos vistoso. Hay que estar dispuesto a que te cuenten entre
los perdedores e incluso pasar por tonto, pero es lo que hay si queremos que
Jesús sea nuestro Señor y nosotros ser libres, ya que la otra
opción es tener otros señores con minúscula que esclavizan
y embrutecen.
Jesús nos propone este estilo para ser felices, ya que nos hace auténticos y libres, pero a la vez nos previene de caer en la tentación de querer “construir el Reino” desde la violencia, el abuso de poder y la fuerza manipuladora. No es cosa fácil, el mismo Jesús fue tentado por el diablo en el desierto para realizar su misión con esos criterios (Mt. 4,1- 10).
Exigencias del seguimiento
En la primera bienaventuranza Jesús ponía como condición
a sus discípulos renunciar a enriquecerse para compartir. Ahora añade
algo más.
Para quien quiera seguirlo, no hay espacio para manipular a los demás desde la fuerza, el poder o la violencia. Así, Jesús, en esta bienaventuranza, nos reta a tener convicciones y valores según los criterios del Reino que van creciendo como una pequeña y débil semilla. A tenerlos tan anclados en nuestro ser, que no haya dios que los mueva, cueste lo que cueste, y estar dispuestos a ser unos perdedores según los criterios de un mundo donde la cultura de la muerte se mete por todos los poros.