Aprender a escuchar

En artículos anteriores, hemos querido subrayar la necesidad de examinar nuestra capacidad de escucha. Sí, capacidad de escuchar para estar atentos a lo que nos dice el mundo en el que vivimos, es decir, lo que nos dicen otras culturas, religiones y personas específicas, etc. También nos hemos planteado una pregunta muy concreta: ¿cómo valoro mi capacidad de escucha, en el sentido de tener los ojos abiertos y los oídos despiertos ante lo que sucede en el mundo aquí y ahora?

José Jesús Giraldo Ospina
jose.giraldo@inicia.es

Publicado el 28 de febrero de 2005
Creo que es necesario constatar la dificultad de estar atentos y, al mismo tiempo, tener una actitud crítica ante lo que nos dice el mundo y lo que en él sucede. Vale la pena intentarlo.

No es sólo el mundo y su situación concreta lo que interroga y desafía nuestra habilidad y nuestra capacidad de escuchar. Hay personas concretas que nos plantean un desafío. Me refiero a vosotros, queridos jóvenes. Escucharnos mutuamente es, al mismo tiempo, una riqueza y un desafío. Quiero iluminar esta provocación misionera con una experiencia reciente.

El año pasado tuve la ocasión de acompañar a un buen grupo de preadolescentes en las clases de religión. Fue una experiencia enriquecedora y desafiante.

Experiencia enriquecedora por cuanto tuve el privilegio de entrar en contacto con más de un centenar de preadolescentes y algunos miembros de sus familias. Desafiante porque me obligó a buscar recursos pedagógicos y de comunicación interpersonal, para tratar de comunicarme con ellos. Algunas veces sentí que nos separaba una gran brecha generacional. A pesar de todo la experiencia fue para mí muy positiva.

Ya terminada la experiencia en las aulas me encontré, de nuevo, con algunas de estas chavalas y chavales en las calles del barrio. Qué buena sorpresa que me han dado. No siendo ya el profe noté que las relaciones eran ahora más ricas y espontáneas. Antes, cuando yo era su profe, con dificultad me saludaban. Ahora, además de saludarme, dedicaban un tiempito para contarme algo del cole, de la clase y de los compañeros. Disfruto el encontrarme con ellos, pues la historia se repite.

Esta segunda parte de la experiencia me ha confortado, pero al mismo tiempo me ha planteado infinidad de interrogantes: ¿qué puedo hacer para conocer, un poco mejor, vuestro mundo, queridos preadolescentes y jóvenes?, ¿qué debo hacer para tratar de entender y superar la brecha que, a veces, nos separa?, ¿cuáles pueden ser los caminos más apropiados, para motivarnos y acompañarnos mutuamente?

Mientras estaba en el aula, muchas veces me sentí escuchado y otras no. Sentía que algunos chavales y chavalas estaban atentas y otras distraídas. Creo que no tuve la capacidad de motivarlos a todos. Es que eso de escuchar, como ya lo insinuamos, es tarea difícil. Ahora entiendo, un poco más, lo que dicen algunos expertos: “Nuestro cerebro trabaja cuatro veces más deprisa de lo que habla la mayoría de la gente”.

Esta experiencia con algunos de vosotros, en el aula de clase o fuera de ella, me sigue planteando interrogantes y desafíos. Utilizando una comparación, me gustaría encontrar, junto con vosotros, jóvenes y mayores, caminos para que podamos pasar de una relación-comunicación tipo muro a una relación–comunicación tipo puente. Sí, pues, los muros dividen ... los puentes comunican.

Conviviendo juntos, vosotros jóvenes y nosotros mayores, ¿qué podríamos hacer para que nuestra relación-comunicación sea más rica, genuina, espontánea y fluida?... Sí, necesitamos imaginar, inventar, crear y construir puentes para superar la brecha... puentes que nos permitan:

pasar de un escuchar obligatorio que no mola... a un escuchar gozoso, que apetece y llena; pasar de un escuchar que no motiva... a encontrar una razón que motive la escucha; pasar de una escucha con la mente ocupada... a una escucha que crea un espacio receptivo; pasar de una escucha como algo rutinario sin ilusión ... a una escucha que estimule la capacidad de asombro, novedad y sorpresa;

pasar de una escucha centrada en las ideas... a una escucha que acoge a la persona concreta con sus sensaciones y sentimientos.

Nuestro cerebro trabaja mucho más deprisa de lo que habla la mayoría de la gente. He aquí una razón más para examinar nuestra capacidad de escuchar y así atrevernos a generar razones para vivir, razones para soñar y razones para esperar, razones para crear...


VOLVER   IMPRIMIR