Un sacerdote diocesano vuelve de Etiopía

Llegaba hace poco de Etiopía y ha pasado un par de meses en España antes de volver a su tierra natal. Con él hemos estado dialogando durante su estancia entre nosotros.

Por P. Alvaro Palacios

Publicado el 01 de junio de 2004
¿Eres?
Soy Marinko Pervan, croata de Bosnia-Herzegovina y de la diócesis de Mostar.

Entonces ¿eres sacerdote diocesano?
Sí.

¿Pero tú has estado en Etiopía con los misioneros de la Consolata sin ser uno de ellos?
Si he trabajado allí durante once años y medio.

Explica un poco cómo has terminado allá, cómo has dado ese salto.
Yo no conocía de nada a los Misioneros de la Consolata. Todo empezó en el seminario diocesano donde sentí el deseo de ir a África. Nací en una familia de campesinos bastante pobre y cuando les comuniqué mi deseo no se alegraron mucho, sentí más bien una oposición. Los que me conocían dudaban incluso de que fuera capaz de ser misionero pues era un poco tímido incluso para cosas sencillas como hacer la compra. Pasaron los años y me ordenaron sacerdote para la diócesis y yo seguía queriendo ir a África pero sin hacerme de una congregación.

Una vez ordenado sacerdote me di cuenta de que no había desaparecido mi deseo y hablé con mi obispo. En principio estuve un año en mi país y el programa previsto era ir a Tanzania en donde había ya sacerdotes de mi diócesis pero se ve que Dios tiene también sus planes y así cuando iba a salir para prepararme y estudiar inglés estalló la guerra en Bosnia-Herzegovina y me quedé atrapado temporalmente. Finalmente fui a Irlanda y más tarde mi obispo me envió a Roma, al colegio de los croatas, donde me encontré con un compañero que me dijo que él estaba agregado a los Misioneros de la Consolata por doce años pero seguía siendo diocesano.

Él me animó a dar el paso y eso me abrió nuevas puertas. Confieso que no me ilusionó demasiado al principio, yo no sabía de congregaciones religiosas y comprendía que tenía que juntarme con personas de cultura y formación distintas a la mía, me preocupaba también el idioma. Finalmente me decidí y después de haber firmado el acuerdo entre los misioneros, mi obispo y yo me llegó una sorpresa: me destinaban a Etiopía. Me quedé helado, no me lo esperaba ni por asomo, pero acepté finalmente de buen grado pues... Dios me daba lo que yo había pedido: una misión en África.

Ahora después de todos estos años en Etiopía tengo que decir que he sido totalmente feliz y he vivido contento. He vivido agregado a una congregación religiosa que me ha acogido totalmente, he participado activamente en la reuniones comunitarias y en las asambleas donde se toman decisiones. Nadie de fuera podría decir que yo no era uno de la ellos. Gracias a la Consolata he podido realizar mi sueño de dedicar parte de mi vida fuera de mi país.

Vuelvo a mi diócesis enriquecido y espero enriquecerla con mi experiencia misionera, y, conociendo mi carácter y modo de ser, creo que si en este momento tuviera que elegir de nuevo, recorrería el mismo camino.

Seguiría eligiendo pertenecer a mi diócesis porque la vocación lleva a cada uno por diferentes caminos, pero mi mentalidad ha cambiado, ahora siento que la Iglesia es verdaderamente universal.

¿Es que tenías dudas?
No, no tengo dudas, pero es que cuando veo la necesidad tan grande que hay de misioneros y la poca respuesta por parte de nuestras Iglesias tan antiguas me da por pensar que estamos apagando el entusiasmo de nuestra fe, encerrándonos demasiado en nuestro pequeño alrededor.

Quizás no esté yo muy equivocado, pues he visto que el Papa ha escrito una encíclica con el título Redemptoris Missio y en ella pide a todos: curas, religiosos y religiosas que estén dispuestos a gastar un tiempo de su vida en las misiones.

Pero es que en Europa hay ya mucha misión...
Sí, es verdad que hay mucha y seguirá aumentando, pero hay muchos cristianos laicos que mejor organizados y comprometidos podrían ocuparse de la mayor parte de las cosas.

¿Cómo ves a la Iglesia de Etiopía?
He visto la Iglesia tal y cual la quería Jesús: un poco de levadura en la masa y con una fe para mover montañas.

He visto también su falta de medios, su pobreza, su independencia de la política y he vivido feliz de ofrecerle mi ayuda.

¿Ya tienes trabajo en tu diócesis?
Seguro que no me ha de faltar y mi nuevo deseo sería trabajar mucho en favor de las familias. Sin una familia buena no crece la semilla del Evangelio, ni la generosidad cristiana.

La última pregunta ¿Cuál crees que es el principal motivo de un misionero?
Creo que el de mostrar la compasión de Dios a todos los hombres. Eso es lo único válido y lo que la gente espera de nosotros.