Salir de la religión
del “supermercado”
Confieso que a veces me resulta difícil diferenciar
a la gente que va un supermercado a hacer sus compras, de la gente que va
a a rezar a un templo.
Los primeros, los del supermecado, suelen llevar su lista de lo que necesitan
comprar; han calculado el dinero que llevan en la cartera o cuánto
pueden cargar con la tarjeta. Eligen sus productos, pagan y se van con la
conciencia tranquila.
Los segundos, los que van a rezar, llevan su lista –normalmente en la
mente- de lo que necesitan y tienen que pedir a Dios; ya han pensado qué
le van a prometer a Dios si se lo concede –el precio que han de pagar-;
y si las cuentas salen correctas siguen con la conciencia tranquila.
Una curiosa forma de entender la religión, pero desgraciadamente, demasiado
frecuente. La cosa viene de muy antiguo.
Ernesto Duque
Publicado el 01 de
agosto de 2007
En el número anterior hablábamos de cómo el pueblo de Israel sale de la esclavitud de Egipto. Moisés, con el apoyo de Dios, lo logró. Pero se trataba de sacar a ese pueblo de la esclavitud para que se pusiera al servicio de toda la humanidad. Para que hiciera llegar a todos los hombres el proyecto de libertad que Dios tenía para todos sus hijos.
Tuvieron que caminar cuarenta años por el desierto para aprender lo que significaba esa “libertad” basada en la fraternidad, de manera que luego la pudieran ofrecer al resto de los pueblos y naciones.
Fue un camino largo, difícil y con frecuencia doloroso, caminando a través de un desierto que parecía no terminar nunca.
Finalmente llegaron a la tierra que Dios les había prometido.
Un buen principio
Los inicios fueron felices. Llegados a su nueva tierra, cada familia tenía
tierra para cultivar, ganado para vivir sin grandes preocupaciones.
Por un tiempo a nadie le faltaba lo necesario para vivir. Las relaciones entre ellos eran buenas, y ello a pesar de las diferencias entre las distintas tribus.
Así pasaron bastantes años, hasta que, posiblemente por causas de la naturaleza, –y no había empezado el “cambio climático”- las cosas empezaron a cambiar. Porque, aunque nos cueste creerlo a veces la climatología tiene más fuerza que las relaciones humanas… con frecuencia tan frágiles.
Una simple tormenta
No hay datos que lo confirmen, pero es probable que el cambio comenzara con
una simple tormenta de verano. De esas que llegan cuando la cosecha está
a punto de recogerse. Y vaya usted a saber por qué en una pequeña
franja de terreno cae una granizada que acaba con toda la cosecha y en los
campos lindantes sólo cae una suave lluvia que hace que la cosecha
sea más abundante de lo esperado.
Esa tormenta hizo que aparecieran pobres, aquellos a quienes les había caído el granizo, y se quedaba sin ingresos para el nuevo año. Su única posibilidad de sobrevivir consistía en vender sus tierras a precios irrisorios y trabajar para quienes habían tenido mejor suerte con el clima.
Poco a poco la tierra se fue concentrando en pocas manos. Van quedando en el olvido los cuarenta años en el desierto donde todos tenían que ayudar a todos. Los pobres van aumentando año tras año.
La experiencia de los vecinos
Si durante el camino, durante el desierto Dios les había enseñado
a ser justos, fraternos y solidarios con los más pobres, ahora se fijan
en los pueblo vecinos. Especialmente en el pueblo cananeo.
La religión cananea consistía en hacer una serie de ritos y ofrecer unas ofrendas a su dios y éste les garantizaba la fecundidad de la tierra y el bienestar.
Evidentemente era más cómoda la religión cananea realizando una serie de ritos que la religión aprendida en el desierto: ser solidarios, compartir…
La religión cananea era la religión del supermecado: hago unas acciones externas hacia dios y él me garantiza la fecundidad de la tierra… te doy y me das.
Fue, más o menos así como muchos de los descendientes de aquellos que habían sido liberados por Yavé de la esclavitud de Egipto, cayeron en la esclavitud del dios-mercado, del dios de la compra-venta.
La aparición de los profetas
Es entonces cuando empiezan a aparecer en medio del pueblo los profetas. Dios
los llama para recordar a su pueblo que si los ha sacado de una situación
de esclavitud, no es para que entren en otra forma de ser esclavos; que están
llamados a la libertad, que esa libertad se forja en el sentirse y ser hermanos,
que la prosperidad no se compra sino que se genera compartiendo; que todo
dios al que se pueda comprar es un dios falso.
Muchos profetas terminaron asesinados. El interés económico era más fuerte que la solidaridad.
Continuar la misión de los profetas
Hoy, cuando la “religión del mercado” es la que más
adeptos tiene, la misión de la Iglesia es continuar la misión
de los profetas.
Se enfrentan el “dios-mercado” con el “Dios del compartir solidario”. Muchos han seguido eligiendo el primero… los misioneros seguimos anunciando al segundo. Como desde hace muchos siglos pocos nos creerán. Lo mismo le pasó a Jesús.