Capaces de mirar sin doblez de corazón
Para nosotros, en este tiempo moderno en que vivimos, pensar en una persona que es totalmente feliz porque su corazón, su vida interior, su ser es totalmente limpio, es difícil de creer, y hasta pensaríamos que es imposible. Sin embargo, ésa es la propuesta de Jesús cuando dice: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”; se trata de buscar la auténtica felicidad en la transparencia del corazón.
P. Enrique Cortés
Publicado el 25 de
julio de 2006
En el lenguaje común hablar de "limpieza" no sólo
significa la ausencia externa de suciedad. Son muchos los sentidos en los
que se puede entender "estar limpio". Así la policía
dice que alguien está limpio cuando no hay ninguna denuncia contra
él y en su expediente no hay nada negativo. En cambio cuando alguien
dice que le han "dejado limpio" puede significar que o bien le han
robado y se han llevado todo, o bien que ha comprado algo que le ha dejado
sin ahorro alguno.
Jesús utiliza la palabra "limpieza" en otro sentido. En el Antiguo Testamento se exigía una limpieza externa para presentarse ante Dios o dedicarse a una acción sagrada. De hecho muchas veces a Jesús le acusan de no cumplir con todas esas normas y reglamentaciones. Y Jesús aprovecha esas ocasiones para dar un paso más. No nos podemos conformar con una limpieza externa: seríamos como sepulcros blanqueados, limpios y brillantes de cara a la galería y llenos de podredumbre en nuestro interior (Lc 11, 44).
La pureza que exige la ley es la que tiene manifestaciones externas pero no nace de un corazón que sabe amar. Jesús nos enseña que la raíz de la calidad de los actos humanos está en el corazón, es decir, en el interior del hombre, en su espíritu, en su ser.
Cuando hablo de corazón humano, no me refiero sólo a los sentimientos; la alusión es a toda la persona que quiere, que ama y trata a los demás. El corazón es considerado como el resumen y la fuente, la expresión y el fondo último de los pensamientos, de las palabras, de las acciones.
Por eso Pablo escribe : "que todo vuestro cuerpo, alma y espíritu, se conserve sin mancha hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo" (1 Tes 5, 23).
Una persona vale lo que vale su corazón
Las exigencias de Jesús son siempre totales. Quiere pureza y desprendimiento
en todo. El culto a la verdad es una de las primeras actitudes de los discípulos
del Señor. Esta bienaventuranza nos obliga a no buscar agradar a los
hombres sino a ser honestos con Dios. La verdad nos hará libres (Jn
8, 12), de nuestros complejos, del "qué dirá la gente",
del miedo al éxito o fracaso; libres de todo lo que pudiera doblegar
nuestras conciencias.
En nuestro diario vivir solemos abatirnos con nuestras preocupaciones, nos cegamos con nuestros apegos y temores; nuestro egoísmo y lamento nos hacen sordos al obrar de Dios en nuestro interior; no siempre disfrutamos de las maravillas de la naturaleza, ni de la magnitud del cosmos, no percibimos que el soplo divino que da la vida, está dentro de nosotros y en todo lo que nos rodea, pareciera que hemos perdido la capacidad de asombro y de novedad de cada día, vivimos adormilados en nuestro propio ser.
No tener dobles intenciones
Sólo un corazón limpio de apegos, temores, egoísmos y
pensamientos negativos, puede contemplar y recrearse en las maravillas de
la creación; desde tu mismo entorno, en tu casa, en la calle, en el
trabajo podemos percibir el amor de Dios que nos rodea.
De esta actitud interior se deriva el primer sentido de esta pureza de corazón
a la que nos convoca esta Bienaventuranza: nuestra vida cristiana no puede
conformarse con un mero ritualismo o moralismo, lleno de exigencias externas
pero incapaz de dar sentido a nuestra vida.
Por tanto, el corazón "limpio" es el que no tiene mala idea, ni mala intención contra nadie. Es de una benevolencia, de una disposición positiva y favorable para todo el mundo. No hay miedo de que esta persona nos traicione, ni nos ponga una zancadilla, ni tenga un propósito oculto de explotación que no aparece en lo que dice. Precisamente, esa transparencia, esa sinceridad, esa autenticidad es la que, realmente, hace que la comunidad sea diferente. Porque el mundo no suele ser así. En el mundo todo son segundas intenciones, propósitos inconfesados, para ver cómo aprovecharse del prójimo. Aquí es todo lo contrario.
El limpio de corazón es aquel que no tiene doblez, que es sincero, que es capaz de mirar a los ojos, porque a pesar de sus pecados, busca el bien, no sólo personal, sino también el del hermano (prójimo), en lo que hace y dice.
Esta nueva enseñanza de Jesús, nos lleva a “nacer de nuevo” (ver Jn 3,3-8) y a través de esa transparencia de corazón podemos manifestarnos como hijos de Dios, semejantes a Él porque lo veremos como Él es (ver 1 Jn 3,2).
En otras palabras podría decir que ser limpios de corazón es retomar al niño que llevamos dentro, donde la sinceridad y la sencillez, la bondad y el amor permiten que nuestro corazón sepa perdonar y poder sanar el alma retomando esa paz espiritual que tanto anhelamos.