La cercanía humana

En la vida de toda persona existen momentos en los que necesita estar sola.
Son situaciones donde se vive una soledad fecunda. Hay momentos en los que necesitamos encontrarnos con nosotros mismos, sin intermediarios, llegando a aquellos lugares de nuestro ser a donde únicamente se llega en soledad.
Momentos en los que nos encontramos con la verdad más auténtica de lo que somos. Una experiencia que nos enriquece como personas.
Aunque con frecuencia estamos huyendo de nosotros mismos. En el fondo, aunque nos cueste reconocerlo, nos tenemos más miedo a nosotros mismos que a los demás.
Pero esos momentos no son lo común de la vida. Lo que más nos va enriqueciendo es la cercanía humana, el contacto con los otros, la relación con los que son distintos de mí. A pesar de que eso también cree en nosotros una sensación de miedo, de temor ante lo diverso.

Ernesto Duque

Publicado el 01 de febrero 2009

Podemos vivir varias personas amontonadas en un pequeño piso y, sin embargo, estar a años luz de distancia unos de otros. Cada uno vive su vida. Para mantener un “buen clima” nadie se mete en la vida de los otros. Salvo en casos de necesidad extrema o de intereses no confesados.

Cada persona somos una mezcla de cualidades y defectos. Tal como soy intento seguir adelante, evitando que los otros se metan en mi vida. Con esa actitud posiblemente evite algunos conflictos, pero sin duda me estoy perdiendo la gran riqueza que los demás podrían aportarme y me ayudarían a crecer como persona. A la vez que privo a los demás de la riqueza que yo podría ofrecerles.

Ello nos lleva a encerrarnos en nuestra soledad. La próxima vez que viajes en autobús mira la cara de las personas y trata de descubrir en cuántas de ellas se reflejan rasgos de soledad. Te sorprenderás.

Hacerse cercanos
Hace como dos mil años alguien le preguntó a Jesús de Nazaret qué había que hacer para tener una vida plena (eterna). La respuesta fue clara: había que cambiar el temor por el amor, la distancia por la cercanía. Tanto en la relación con Dios como en la relación con los demás.

La reacción fue inmediata: “Tampoco me voy a hacer cercano de todo el mundo. ¿De quiénes me tengo que hacer cercano (prójimo)?”.

La respuesta de Jesús fue: “Hazte cercano del que sea más diferente que tú”. Y lo explicó de forma bien gráfica, sin dejar lugar a dudas, con la que llamamos “parábola del buen samaritano”.

Desde esa perspectiva puedes leer el texto bíblico en el evangelio de Lucas, capítulo 10, versículos del 25 al 37. Aunque te sepas el texto de memoria, vale la pena releerlo.

La misión como cercanía
Sin duda, la misión de la Iglesia, la misión a la que estamos llamados cada uno de nosotros tiene su raíz en la encarnación: Dios que se hace hombre, se acerca a nosotros, comparte las alegrías y sufrimientos de la existencia humana, y enriquece nuestro existir abriéndonos una esperanza de vida plena.

El misionero es alguien llamado a salir de su mundo. Puede ser de su mundo cultural, ideológico, familiar, religioso, geográfico… de alguno de ellos o de todos. Salir para ir al encuentro del que es distinto, piensa de forma diferente, se mueve por otros valores… y en ese encuentro hacerse cercano.

Con frecuencia su primera experiencia será de soledad. La cercanía con el otro no se impone, se gana.

Tendrá que empezar a desprenderse de muchas cosas que hasta ahora consideraba irrenunciables. Tendrá que pedir permiso al otro para entrar en su mundo, porque cuando entramos en la vida de alguien estamos pisando tierra sagrada.

Deberá renunciar a toda pretensión de conseguir algo. El samaritano de la parábola se para, cura, carga con el herido, paga… sin que se le pase por la cabeza pedir algo a cambio. Nadie le pudo dar ni siquiera las gracias. Se hizo cercano de forma totalmente gratuita.

Cercanía gratuita
Así es, o debería ser, la misión: cercanía gratuita a otros pueblos, culturas, religiones, personas… en esa cercanía ofrecemos lo que da sentido a nuestra vida, lo que hemos ido madurando en aquellos momentos de soledad fecunda. En esa cercanía, ofrecida y recibida gratuitamente, nos enriquecemos con la diversidad del otro que abre los horizontes de nuestra vida, de nuestros esquemas culturales, religiosos. Nos hacemos más humanos en ese dar y recibir sin intereses por medio.

En este sentido, la misión nos puede enseñar mucho en nuestra vida personal, familiar, social, laboral…

Se dice que “todo tiene un precio”. Pero lo que realmente es esencial para vivir como personas plenas, o es gratuito, o está prostituido de raíz.


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