Ante todo, la salud
Si el año pasado hablábamos en estas páginas de los “miedos” con los que convivimos cada día, este año, aprovechando que se irá agravando la crisis económica, nos dedicaremos a hablar de las “riquezas” que buscamos cotidianamente.
Salvo unos pocos, la mayoría tendremos que afilar los lápices para calcular con cuidado en qué gastamos nuestros euros, que cada día alcanzan para comprar menos.
Querer tener más, en sí, no es malo. Ciertamente tendríamos que preguntarnos a costa de quién o de qué pretendemos tener más. No sería justo tener más a cambio de que otros tengan menos, incluso menos de lo necesario para sobrevivir.
Pero, por lo que parece, para la mayoría de los ciudadanos de a pie, éste no será año para aumentar nuestro capital económico.
Lo cual no quita que a final de año nos sintamos más ricos en otros aspectos.
Ernesto Duque
Publicado el 01 de enero 2009
Suena a frase hecha y casi a disculpa. Supongo que a ti, como me pasó a mí, no te habrá tocado el gordo de Navidad. Y posiblemente hayamos recurrido a aquella frase de que: “lo importante es la salud”.
Una comida sana
Te cuento una historia real, narrada por un misionero que lleva años trabajando en Kenia.
Se llama Dan Griffin y la cuenta así:
“De camino a Nairobi, la capital de Kenia, un compañero misionero y yo hicimos un alto para comer en Nakuru. Aparcamos no lejos de un vendedor ambulante que ofrecía patatas fritas y otras viandas. Cuando me acerqué al pequeño puesto, mi consternado compañero me explicó que esos “chiringuitos” eran peligrosos para la salud y me citó una larga lista de enfermedades que se podían contraer ingiriendo comida en malas condiciones higiénicas.
Habiendo oído sus palabras, el vendedor nos aseguraba que sus alimentos eran frescos y que no los freía en aceite viejo. Pero mi compañero discrepaba, diciendo que se debería tirar comida que llevaba tanto tiempo en la calle.
Justo detrás del puesto había un pequeño restaurante. Allí tomamos una “comida higiénicamente segura” , que incluía sabrosas patatas fritas. Cuando volvimos a nuestra furgoneta, pasamos delante del vendedor y vimos que tenía el puesto vacío.
- Me alegro de que haya seguido mi consejo –le dijo mi amigo- y se haya deshecho de todos esos alimentos en malas condiciones, incluidas esas grasientas patatas fritas.
- Oh, no –replicó el vendedor-, alguien del pequeño restaurante de al lado me compró toda la comida hace un ratito.”
La “importancia” de la imagen
Cada uno puede sacar distintas conclusiones de la historia. Pero una cosa es cierta: a la hora de buscar la riqueza, con demasiada frecuencia, cuenta más la imagen que la realidad de lo que nos quieren vender.
Aunque sean tiempos difíciles, o quizás precisamente por ello, la publicidad aumenta. Es fundamental la imagen… aunque tengamos que pagar cuatro veces más por el mismo plato de patatas fritas.
Si hasta hace unos meses de hablaba de la “economía del consumo” y hoy se habla de la “economía del ahorro”, resulta que la imagen, la publicidad, le ha ganado la partida a la realidad.
Otra comida “sana”
Cuando uno lee en los evangelios la vida de Jesús de Nazaret, enseguida se da cuenta de que rechazó toda forma de publicidad, poco, o nada, le interesaba la imagen que Él y su mensaje transmitían.
Vivimos en una sociedad donde el envoltorio es más importante que el contenido. ¿No viste cuánta gente lleva por la calle una bolsa de una marca o tienda de lujo? Y basta fijarse en lo gastada que está para pensar qué llevará dentro. Pero la imagen es la imagen…
En alguna ocasión de su vida Jesús se encontró frente a una gran cantidad de gente con hambre. Buscó, preguntó… sólo encontró unos panes duros y unos pescados conservados en salmuera…Si fuera hoy estarían envueltos en papel de diario. Pero se encontró con algo más importante: quienes tenían esos panes y esos pescados estaban dispuestos a compartirlos con todos.
Y pudo hacer lo que nadie pensaba: una comida sana, donde quedaron saciadas miles de personas y hasta tuvieron que juntar las sobras.
No importaba el envoltorio, ni la salmuera, ni la dureza del pan. Lo importante es que unos pocos estaban dispuestos a compartir su “poco” con una gran cantidad de personas. Y nadie pasó hambre. Todos mejoraron su estado de salud.
Te puede sonar a cuento de hadas. Pero te puedo asegurar que no lo es. La mayoría de los misioneros hemos vivido experiencias similares.
Si estás enfermo no dejes de ir al médico. Pero si quieres ser rico en salud, la primera receta es ésta: sé solidario, comparte lo que tienes.
Empezarás a encontrar la verdadera riqueza.