Las ocho locuras de Jesús
“Y, ahora, descalzaos, porque la tierra que vamos
a pisar es de fuego. Vamos a hablar de las Bienaventuranzas, las ocho locuras
que resumen el mensaje de Cristo”.
Así empieza José Luis Martín Descalzo el capítulo
dedicado a las Bienaventuranzas en su libro “Vida y Misterio de Jesús
de Nazaret”
Bajo esta gran cornisa de las Bienaventuranzas queremos haceros llegar este
año la provocación. Creo que Jesús nos provoca de una
forma total a todos los hombres y pueblos estén en la situación
en la que estén. Viviendo como nosotros en los llamados países
ricos o a aquellos que viven de una forma muy distinta en los llamados países
pobres o del Tercer Mundo.
P. Manuel Loro Jover
Publicado el 1 de enero
de 2005
Para Jesús, las Bienaventuranzas no son otra cosa que caminos de felicidad
para la humanidad. Por supuesto no para aquellos que confunden felicidad con
poseer, dominar, triunfar, gozar, estar más cómodos… sino
que ponen su felicidad en amar y ser amados, sin caer en las trampas de nuestro
hombre viejo, como decía San Pablo.
Cuando Jesús pronunció estas palabras, la gente que lo escuchaba
posiblemente no serían unos beatíficos adoradores de Dios. Más
bien era gente sencilla y, muy posiblemente, analfabetos: pescadores, campesinos,
pastores de la zona, arrieros que pasaban en ese momento por ahí. Gente
curtida para ganarse el sustento de cada día, sin otra perspectiva
que trabajar, comer y dormir. Sin duda las palabras de Jesús les chirriaban
en las orejas, y al que las pronunciaba lo consideraron un loco más,
alguien que vivía en las nubes.
Y es que cómo se le ocurre llamar “Dichosos” o “ Felices “ a los pobres, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, etc. Es gente que no han conocido otra cosa: la pobreza en la que han nacido y de la que no saldrán jamás; la mansedumbre que les cae encima como una losa, porque el sistema en el que viven es así y rebelarse puede llevarles a la muerte; el llorar porque ese es el pan de cada día cuando el jornal no llega para calmar el hambre de sus hijos; el hambre y sed de justicia porque no hay dónde reclamarla, o si reclamas no te hacen el más mínimo caso; misericordiosos cuando te dan palos por todos lados y ni siquiera te queda el derecho al pataleo…
Y a pesar de ello, porque todos los días están tocando su propia miseria, son capaces de ser solidarios con el que está peor; limpios de corazón porque es su única riqueza; capaces de trabajar por la paz siendo un pueblo invadido, aunque sus propios dirigentes colaboren con el invasor que los expolia y oprime. Así podríamos seguir enumerando cada una de la Bienaventuranzas.
¿Y acaso no es ésta la misma situación en la que están viviendo millones de personas actualmente en nuestro mundo? Pensemos en toda África, en muchos países y grupos de América Latina como los indígenas, chabolistas y afro-americanos, y en tantos otros países del este asiático.
Podemos preguntarnos también nosotros lo mismo. ¿En nuestra situación de país opulento y de consumo nos dicen algo las Bienaventuranzas? Hacedme un favor, si tenéis una Biblia o Nuevo Testamento abridlo por el capítulo 5 de San Mateo y leed despacio las Bienaventuranzas (versículos 1 al 12). No como algo que Jesús dijo hace mucho tiempo, sino como si Jesús hoy te las dijera a ti personalmente. Párate un momento, no sigas leyendo, confróntate con cada una de ellas…
Yo no sé a ti, pero a mí, por un lado me encantan y fascinan estas palabras de Jesús pero si miramos más adentro ¿no será que nos fascinan porque no movemos un dedo para vivir de acuerdo con ellas? O las vemos como algo tan utópico que seguimos en este mundo haciendo nuestras tres comidas diarias, cuando no picamos algo a mediodía y a media tarde, o seleccionando sólo lo que me gusta. Cuando tenemos las cosas que no sólo necesitamos, sino también lo superfluo; cuando nos rebelamos ante la más mínima contrariedad de la vida y sobre todo las que nos producen los demás; cuando por todos los lados nos empujan no a ser más felices, sino a estar más confortables, más a gusto, con mayores cuotas de confort y placer, y a esto lo llaman felicidad. Cuando pedimos responsabilidades hasta porque hay sequía…
No hablemos ya de ser misericordiosos. El ojo por ojo es el que rige y si puedo quedar por encima mejor; limpios de corazón, cuando los tantos por ciento de las comisiones están de moda y el ser honrados no se lleva, e incluso vivir a costa de las miserias de los demás nos hace creer que somos “alguien”.
Y ¿qué decir de trabajar por la paz? A nivel de palabras todos somos pacifistas, pero en realidad, la violencia está a flor de piel. Por poner un ejemplo: el individuo que mata a otro porque le dejo encerrado el coche al estacionar el suyo en segunda fila; o el tío del niño que da una paliza al maestro porque su sobrino le ha dicho que lo echó de clase; o el condenar de antemano a quien nos lleve la contraria. Y así, podíamos seguir con las restantes Bienaventuranzas, pero creo que nos hacemos una idea.
Nos podemos preguntar ¿Siguen teniendo vigor estas palabras de Jesús para nuestro mundo, rico o pobre? ¿Son para nosotros bellas palabras, o utopías-en-camino en nuestra vida?
Desde esta sección de Provocación queremos tomar una a una las Bienaventuranzas, para que sean ellas mismas, las que a lo largo de todo el año nos vayan provocando desde ese Nuevo Decálogo de Jesús. El de Moisés (los diez mandamientos) pedía lo mínimo para que el pueblo, que se estaba formando, pudieras subsistir: un Dios que los una, no matar al hermano, no robarle sus bienes... Jesús nos pide bastante más, nos marca el horizonte hacia el cual ha de encaminarse nuestra existencia; claro está, si queremos ser misericordiosos como nuestro Padre del Cielo es misericordioso, porque si no, deja de leer por este año esta sección.