Vales tanto como aquello
a lo que te atas
No es la primera vez que me pasa. Estás leyendo
un artículo o un libro y de golpe te encuentras con una frase que parece
no tener nada que ver con el tema. Y se te queda grabada.
El autor no la explica, sigue con su tema. Pero la frase queda grabada en
tu memoria y más tarde vuelves sobre ella.
Me pasó con la frase que da título a esta nota: “vales
tanto como aquello a lo que te atas”. No me preguntes de qué
iba el artículo. No lo recuerdo. En mi mente quedaron esas palabras
que expresan una gran verdad sobre el hombre. Al menos así me parece.
Ernesto Duque
Publicado el 01 de
enero de 2008
Durante
el año pasado hablábamos en esta líneas sobre el “salir”
como actitud fundamental del misionero. El último mes el tema era “salir
de la seguridad”, porque nuestra vida está con demasiada frecuencia
condicionada por el miedo.
El miedo es el motor de muchas de las cosas que hacemos y a la vez el freno de muchas cosas que dejamos de hacer.
Cuando Jesús nace en Belén, los ángeles les dicen a los pastores: “no tengáis miedo, os traemos una buena noticia”… Cuando Jesús resucita en Jerusalén le dice a María Magdalena y a los apóstoles: “no tengáis miedo, soy yo”.
La necesidad de superar el miedo abre y cierra el evangelio. Es condición necesaria para vivir nuestra fe como cristianos y nuestro compromiso como misioneros.
Ese será nuestro tema de reflexión a lo largo de este año.
Inscrito en los genes
Hay al menos un nivel de miedo del que no somos responsables. Nace con nosotros
y está escrito a fuego en nuestros genes.
El instinto de conservar nuestra vida lo compartimos
con el resto de los animales y nos permite evitar peligros innecesarios que
pondrían en riesgo nuestra existencia.
Eso es bueno. Pero tampoco es un absoluto.
Tal como nos cuentan los evangelios la vida de Jesús
de Nazaret, hubo momentos en los que andaba “escondido” para que
no lo encontraran ya que sabía que estaban detrás de él.
Si buscas en el evangelio de Juan podrás encontrar algunos ejemplos:
Jn 10, 39-41 ó Jn 11, 53-54. No son los únicos casos donde Jesús
se “quita de en medio”.
Pero Él sabía muy bien que no podía “guardar”
su vida pagando el precio de traicionarse a sí mismo, o de traicionar
a los amigos.
Por eso sale de la clandestinidad ante la muerte de su amigo Lázaro, o se presenta públicamente en Jerusalén para la Pascua, Consciente de que eso significaba aceptar su condena a muerte.
La fidelidad a uno mismo, la fidelidad a los amigos, a los hermanos, está por encima del miedo a perder la propia vida.
La historia de la misión está plagada de mártires como Óscar Romero, Ignacio Ellacuría, Rutilio Grande… y mucho que quedaron en el anonimato que antes de traicionarse o traicionar los valores del Reino derramaron su sangre. Sentían miedo, pero no eran esclavos de él.
La esclavitud de la norma
Caminar en libertad no es fácil. No sólo por las consecuencias
que puede tener. Reclamamos libertad para las cosas fáciles, pero en
aquellas en las que tenemos que tomar decisiones arriesgadas… mejor
renunciar a nuestra libertad y que otros decidan por mi.
Ahí buscamos la “engañosa” seguridad de la ley, de la norma. Actúo según lo que dice la norma, sin cuestionarla, como si eso me garantizara el tomar las decisiones acertadas. Gran “mentira” por muy “sagradas” que sean las normas.
Pablo decía repetidas veces a los cristianos que habían sido liberados de la esclavitud de la ley. “Para ser libres nos ha liberado Cristo. Manteos firmes y no os dejéis oprimir nuevamente bajo el yugo de la esclavitud” (Gal 5, 1).
Pero los hombres seguimos eligiendo la seguridad de la ley, de la norma, de las estructuras, de la religión, del consumo… y nos convertimos en “un producto fabricado en serie” porque no decidimos nuestra vida y nos atamos a aquello que creemos que nos garantiza la vida. El precio: renunciar a la libertad. Y ahí aparece la palabra de Jesús: “el que intenta guardar la vida, la pierde, el que está dispuesto a perderla, la gana”.
Pero tenemos miedo y nuestra reacción es atarnos a cualquier cosa que nos dé una sensación de seguridad. Y entonces toma sentido la frase: “vales tanto como aquello a lo que te atas”.
El cristiano, el misionero ha de ser un hombres, una
mujer, profundamente libre.
No estaría de más preguntarnos a qué nos atamos para
evitar tomar decisiones en las ponemos en juego nuestra vida.