Una misión enraizada en la gratuidad

Una vez más, algunos psicólogos nos recuerdan que la gratuidad es el secreto, y el único medio para alcanzar éxito. Ya Jesús, que es para nosotros el Camino y la Vida, nos dijo: ”Al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica dale también el manto; y al que te obligue a andar una milla vete con él dos (Mt 5, 40-41)”.

P. Anthony Ichuloi IMC

Publicado el 1 de diciembre de 2005
Se trata de vivir por encima de lo obligado y de lo justo, de vivir desde el desprendimiento y la generosidad, o sea, vivir la gratuidad. Si hacemos las cosas sólo porque están mandadas, nos convertimos en esclavos; si nos limitamos a responder a nuestras obligaciones, viviremos con las alas recortadas. Si hacemos un bien pensando en la recompensa, lo convertiremos todo en mercancía. Si trabajamos sólo en lo quenos pagan, nos condenamos a la mediocridad.

Sin embargo, cuando hacemos las cosas porque nos salen del alma, y en vez de pedir la paga, agradecemos al que nos pide un servicio, nos liberamos del deseo posesivo que es fuente de sufrimiento.

Si nos sentimos desprendidos de las cosas, nos convertimos en señores. Si compartimos lo que tenemos, nos haremos ricos; ricos en valores. No podemos siquiera sospechar las amistades que iremos acumulando, la cantidad de amor y alegría que nos acompañarán. Vivamos la gratuidad, no nos arrastremos por el suelo buscando la ración cotidiana de gusanos, respiremos los aires de Salvador Gaviota, que no volaba para comer, sino que comía para volar.

Las cosas más importantes de la vida no tienen precio, se podrá comprar una escultura de un escultor, pero nunca su inspiración. No se puede comprar la belleza, la alegría, el cariño, la fe: ¡lo gratuito! Lo que más vale es gratuito.

Ante la verdad oculta y lamentable de la nueva cultura de indiferencia y del mínimo esfuerzo, en la sociedad en que todo debe ser rentable, se vuelven de una urgente y vital actualidad los testigos de la gratuidad del amor. El cantante callejero, el hermano vagabundo y mendicante, el comprometido con los no-rentables, los misioneros laicos y consagrados, las clarisas en su claustro..., son hoy tan necesarios como el ingeniero, el especialista de informática, el cantante o el astronauta. Es decir, nuestro testimonio misionero tanto de los laicos como consagrados es importante y necesario en la sociedad de hoy.

Sin esta gratuidad vivida libremente, gozosamente, el mundo corre el peligro de morir ahogado en el capitalismo bestial existente. No siempre se entiende este carisma, aparentemente tan poco rentable y sin embargo, tan necesario y creador para el futuro del hombre de hoy. Para la sociedad de hoy, la valoración positiva de las cosas empezará el día en que se tome conciencia de la gratuidad de Dios.

El hombre de hoy que ha perdido el sentido de la gratuidad, tarde o temprano se convierte en un decepcionado, un desesperado acaparador de la creación, se constituye centro absoluto. Puesto que su origen, su reposo interior y su esperanza ya no radican en Dios, en la gratuidad del Creador, se ve obligado a hacerse a sí mismo solo, a pulso. Como se expresa hoy en el culto al cuerpo y al dinero. Pero se siente frágil, tiene miedo y enmascarará el miedo dominando o excluyendo a los demás. Esto se confirma en lo que actualmente está pasando en el mundo: el terrorismo internacional, el protagonismo de unos líderes, la exclusión de muchos por parte de una sociedad de cultura, el sentido desbordante de moral de placer y de placeres, etc.

Queremos ser independientes y nos atan nuestras posesiones. Queremos vivir libres y nos aprisionan las leyes del consumo y de la globalización. Deseamos ser auténticos y seguimos los dictados de la moda y de la televisión. Buscamos ser nosotros mismos e imitamos modelos prefabricados con una moralidad individualista. La libertad es un fuego sagrado que arde con materiales de amor. La libertad y el amor se necesitan mutuamente. Sólo los libres pueden amar y sólo los que aman pueden ser libres. Por eso las personas libres son generosas consigo mismas y con los demás.

La vida de Cristo, su predilección por los pobres, pecadores, excluidos, marginados religiosa y políticamente, muestra claramente esa gratuidad. La gratuidad de la misión de Jesús es para sus seguidores un camino que fascina.

Hoy día los negocios y el poder económico son los que rigen el mundo. Pero este mundo que tiene su propia lógica imperativa, necesita testigos de la gratuidad para no volverse humanamente insoportable. Se juega ahí el sentido del hombre, el sentido último de su vida, de sus relaciones humanas e históricas. Sin gratuidad el hombre se autodestruye, y la ternura de Dios, la música, la pintura, las flores, la poesía, el don de sí, la benevolencia..., aunque no sirven para nada en un plano estrictamente utilitario, sin ellos, la tierra se convertirá en un planeta de robots. Esa gratuidad se vive en contacto con la realidad, con los más pobres de la tierra, ancianos, enfermos, inmigrantes, prisioneros, analfabetos, hambrientos, etc. De lo que se deduce, que en la actualidad es urgente ahondar en la vida religiosa y misionera que se hace cargo de estas cuestiones.


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