Salir de la seguridad

Imagínate a Jesús, después de 30 años viviendo en Nazaret, cuando va a empezar su vida pública, pasando por la sucursal del “Banco de Galilea” para hacerse un seguro de vida. Sin duda intuía que se metía en un camino arriesgado con la posibilidad de una muerte no muy lejana.
Por instinto los hombres (como el resto de los animales) buscamos la seguridad. Y lo que más intentamos asegurar es nuestra propia vida.
Evidentemente el “seguro de vida” no nos garantiza que no vayamos a morir, aunque con frecuencia sea lo que buscamos inconscientemente. Como mucho dejará unos euros a la familia.
Jesús no pensó en eludir la muerte, a pesar de que esa posibilidad no fuera de su agrado. Tampoco pensó en dejarle un dinero a su madre.
Cuando decide comenzar su misión pública sabe que debe ser fiel a su Padre, al proyecto de Dios sobre la humanidad, y ello le exige renunciar a todo tipo de seguridad.

Ernesto Duque

Publicado el 01 de diciembre de 2007

A lo largo de este año hemos ido hablando de la misión como un continuo “salir”, salir de la cultura propia, de un tipo de religión, de las propias convicciones… sin duda una de las salidas más difíciles es de aquello que llevamos inscrito a fuego en nuestro subconsciente o en nuestros genes. Salir del instinto de la seguridad.

La vida de cada día
Lo tenemos tan asumido que ni nos damos cuenta. Subimos al autobús y si no hay asiento nos agarramos a una barra. En el coche, lo primero nos ponemos el cinturón de seguridad. Aunque crucemos el semáforo en verde, miramos a un lado y otro, siempre hay algún loco. Y como eso miles de cosas cada día.

Y está bien. La vida es un regalo demasiado valioso como para jugárselo a cada rato por no tener un poco de precaución.

Pero algunas cosas buenas, cuando se llevan al extremo se vuelven contra nosotros.
Si quiero asegurar mi vida contra todo peligro, no saldría de casa. Bajar la escalera o coger el ascensor sería el primer peligro. Hay quien lo hace, pero evidentemente son actitudes enfermizas.

De todas formas, ser prudentes, es sano.


La vida del cristiano
Sin embargo ¿te fijaste cuántas veces callamos lo que pensamos o decimos lo que sabemos que los otros quisieran oír? Puede estar el juego nuestro puesto de trabajo, el ser aceptados en nuestro grupo de amigos, no crear conflictos… y por nuestra seguridad nos traicionamos a nosotros mismos.

El cristiano es alguien que sabe dónde está esa línea a partir de la cual uno se traiciona a sí mismo y decide no traspasarla.

Jesús nunca traspasó esa línea. Nadie pudo acusarle de ser incoherente consigo mismo. Buscó la voluntad de Dios: hacer de la humanidad de pueblo reconciliado, un pueblo de hermanos, donde nadie pisara a nadie… hizo suyo ese proyecto, al que llamamos Reino de Dios, lo convirtió en su misión, y fue fiel a él hasta las últimas consecuencias: entregar su vida con la confianza de que el Padre no lo abandonaría.

Para ello, sí que tuvo que saltarse otras líneas que la mayoría consideraban sagradas: pasó por encima de la ley curando en sábado, tocando a leprosos, comiendo con pecadores y prostitutas; pasó por encima de quienes ostentaban una autoridad que supuestamente venía de Dios; desafió a escribas y letrados… por ello tuvo que vivir escondido algún tiempo, no tenía dónde reclinar la cabeza y asumió la muerte bajo la condena de ser “blasfemo”, siendo que el Padre y Él eran una misma cosa.

La vida del misionero
El misionero, en el sentido tradicional de la palabra, deja su casa, su país, su cultura, su ideología, sus proyectos… y va a otro lugar, a otra realidad distinta de la suya. Debe perder todo aquello que le daba seguridad si quiere transmitir el mensaje del Reino en una realidad totalmente nueva y distinta.

Todo cristiano aunque físicamente no se mueva de su casa, su país, su cultura, su mundo diario… está llamado a ser misionero para ir a otra realidad. Esa realidad es el mundo de cada persona con la que se encuentra diariamente. Y cada persona es un mundo distinto. Si quiero transmitir el mensaje del Reino y entrar en el mundo de quien tengo enfrente, deberé renunciar a la seguridad… la seguridad de quedar bien, ser alabado, no ser excluido…

Si asumo el proyecto de Dios, no puedo traicionarme a mí mismo y eso entra frecuentemente en conflicto con nuestro instinto de seguridad.

Ser misionero, a veces, pasa por cosas muy cotidianas en nuestra vida.


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