Lágrimas que no ciegan

Recuerdo que hace unos años pateaba los colegios e institutos dando charlas sobre mi experiencia misionera. Exponía en cifras cuál era la situación de millones de personas que a causa de la injusta distribución de la riqueza estaban en situaciones de desnutrición, analfabetismo, carencia de agua potable, y tantas otras miserias y lo que esto producía en ámbitos como la salud y la calidad de vida. De pronto uno de los chicos de la clase por lo bajo le dice a su compañero de pupitre:
“Pues que se jodan”.
Me paré en seco y, con una mezcla de rabia y de pena frente a la insensibilidad ante el dolor ajeno, lo miré, a la vez que él bajaba la vista. Comprendió que lo había escuchado.

P. Manuel Loro Jover

Publicado el 1 de abril de 2005

Una mirada al mundo
Esto por desgracia no es un hecho aislado, sino que se ha metido en nuestra sociedad en una forma bastante difusa y así tantas veces se oye decir: “mientras yo esté bien los demás que se arreglen”, o “los demás me importan un bledo”.

Algo distinto
Jesús nos dice: “Bienaventurados los que lloran”, y podríamos pensar que esté beatificando la tristeza, o que para ser discípulo suyo hay que estar con el corazón compungido y todo lo que signifique alegría y ganas de abrirse a la vida sea condenado.

Nada más lejos de lo que quiso decir.
Jesús no beatifica cualquier tipo de lágrimas. Ya en el Antiguo Testamento el profeta Isaías, que es el profeta del exilio en Babilonia, y por tanto tiempo de lágrimas objetivas por la humillación y por el sufrimiento, anuncia un Mesías que será consolador universal: “para consolar a los tristes y dar a los afligidos de Sión, en vez de ceniza, una corona” (Is 61, 3).

No se beatifican las lágrimas de los que lloran por envidia de lo que no han podido conseguir, ni las producidas por la rabia de su fracaso, ni las producidas por cobardía y mucho menos las producidas por mimos infantiloides.

No se elogia a los pesimistas, ni a los morbosos que gozan revolcándose en sus propias heridas.

A quien está dirigida esta Bienaventuranza
Pienso que no podía describirse mejor que lo ha hecho Giovanni Papini, escritor italiano del siglo pasado convertido al catolicismo: “(...) está dirigida a los que sienten compasión del mundo y no viven en la supina estupidez de la vida corriente y lloran la felicidad propia y lloran los esfuerzos fallidos y la ceguera que retrasa la victoria de la luz – porque la luz del cielo no aprovecha a los hombres si éstos no la reflejan - , y lloran la lejanía de ese bien infinitas veces soñado, infinitas veces prometido y, sin embargo, por culpa nuestra y de todos, cada vez más lejano; los que lloran las ofensas recibidas, sin aumentar los problemas con la venganza y lloran el mal que han hecho y el bien que hudieran podido hacer y no han hecho; los que no se desesperan por haber perdido un tesoro visible, sino que ansían los tesoros invisibles; los que así lloran, apresuran con las lagrimas la conversión y es justo que un día sean consolados”.

En nuestro hoy
Son las lágrimas, aunque no afloren hasta nuestros ojos, de los que sienten y sufren mirando a nuestro mundo viendo cómo más del 80% de la población mundial vive con sólo un 20% de los recursos de nuestro planeta mientras el otro 20% de la población mundial disfruta con más del 80% de la riqueza de nuestro mundo. Son las lágrimas de aquellos a los que se les rompe el corazón cuando las televisiones nos muestran los rostros de los que padecen estas situaciones. Son las de aquellos que sufren en sí mismos la tragedia de las víctimas de las mafias del contrabando humano sea de los emigrantes, del negocio del sexo o del sicario comprado para hacer un trabajo. Son las del que ve cómo la justicia es violada en nombre de la justicia legal, en definitiva del que ante el dolor y el sufrimiento no se queda impasible sino que llora en su interior y a veces aflora al exterior.

Un estilo
Estas son las lágrimas que se bendicen y beatifican porque nacen de lo mejor que los seres humanos llevamos en nuestro interior a semejanza del que nos creó y por eso nos hacen más humanos, más solidarios, más generosos, y hacen que al aflorarnos a los ojos, nuestras manos y nuestros pies y todo nuestro ser se ponga en movimiento para quitar el sufrimiento y el dolor de allí donde nos es posible, y abrazar y acompañar cuando no se puede hacer otra cosa.

Son lágrimas que no impiden ver la luz, porque no nos ciegan en el odio, la venganza o el rencor, sino que limpian nuestros ojos para que veamos mejor y seamos más sensibles a todo aquello que afea a nuestra humanidad y le produce sufrimiento.

Recordando a aquel muchacho del instituto espero que haya cambiado de criterios, porque ante el dolor y el sufrimiento no hay otra actitud que la de nuestro Dios y la de Jesús, como no podía ser de otra manera, y son la ternura, la compasión y el remangarse para inclinarme sobre los caídos en el camino de la vida que son millones.
Y tú, ¿qué piensas, por qué lloras?


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