Terminó el viento del norte
La misión es, en cierto sentido, como el viento.
Hasta no hace mucho -y aún quedan residuos- ese viento tenía
una dirección clara. Era viento del norte hacia el sur.
Son muchas las cosas que, poco a poco, van cambiando en la misión.
Una de ellas la dirección del viento. Y ciertamente no es de las menos
importantes, porque le da un nuevo rostro y un nuevo contenido a la misión
de la Iglesia.
Por P. Santiago Fernández
Publicado el 01 deAgosto
de 2004

Si nosotros no cambiamos, el cambio nos cambiará”. Lo decía
hace casi treinta años un franciscano, Walter Bultman, en su libro
“La Tercera Iglesia a las puertas”. Se refería a la misión.
Y lo que entonces sonaba a ciertos oídos como “herejía”
–de hecho le prohibieron seguir dando clase en una facultad- hoy se
convierte en una realidad. Algo que nos obliga a repensar la forma y el estilo
misionero de la Iglesia.
Misión en una dirección
Prácticamente desde sus inicios la misión era como un viento
que soplaba en una única dirección. Provenía del norte,
de los países tradicionalmente cristianos, e iba dirigido hacia el
sur, los países no cristianos. El “viaje” de los misioneros
era de norte a sur.
Era como un viento. No siempre como una brisa suave tal como la escuchó
Elías en el monte Horeb al encontrarse con Dios (ver 1er libro de los
Reyes, 19, 11-13). Con frecuencia un viento fuerte, huracanado… que
llevaba consigo no sólo el mensaje evangélico, sino que arrastraba
todo lo que encontraba a su paso, incluidos ancestrales árboles con
hondas raíces.
Durante siglos, llevar el mensaje evangélico, implicaba arrasar con culturas milenarias, con valiosas tradiciones religiosas, con pueblos y etnias enteros. Y todo en virtud de profundas justificaciones religiosas. Un proceso que se dio en África, en Asia, en América Latina…
El Concilio Vaticano II nos invitó a repensar
la misión de otra manera. Se empezó a hablar de la inculturación
del Evangelio: cómo llevar los valores evangélicos al corazón
de cada cultura, desde una actitud de profundo respeto a la historia de cada
pueblo.
No podíamos arrasar culturas y religiones. En cada una de ellas estaba
presente la Palabra de Dios (lo que el Concilio llamó “Semillas
del Verbo”) antes de la llegada del cristianismo.
Cada persona, cada pueblo era, y son, tierra sagrada, como aquella en la que Dios ordena descalzarse a Moisés antes de ir a su pueblo para anunciar un mensaje de liberación y ayudarlo a ponerse en marcha.
Se nos inviba a dejar atrás las seguridades del pasado. A adentrarnos en el desierto y caminar guiados por el aire del Espíritu. A descubrir el rostro de Dios a partir de otras experiencias religiosas.
La propuesta, que nos venía del seno de la misma
Iglesia, era ambiciosa.
Abrirnos a un diálogo sincero donde todos teníamos algo que
aportar y algo que aprender.
Pero nos costó superar años de inercia. Y como no fuimos capaces de cambiar… el cambio nos empezó a cambiar.
Paró el viento norte
La realidad se fue imponiendo. Aunque a veces no la quisiéramos acompañar.
El primer signo de esa nueva realidad fue la brusca caída de las vocaciones
misioneras en los países del norte. Cada día escasean más
los misioneros dispuestos a ir del norte hacia el sur. Y con frecuencia gastamos
gran parte de nuestras energías en intentar revivir el pasado, sin
darnos cuenta de que el viento ha cambiado de dirección y ser capaces
de caminar con los nuevos vientos del Espíritu.
Hoy en un hecho que la mayoría de las vocaciones misioneras proceden de los países del sur: América Latina, África, Asia… El viento hoy corre de sur a sur y de sur a norte.
La misión ha dado un vuelco fundamental en estos
años y, la verdad, que nos cuesta digerirlo. La realidad hace que el
norte pierda protagonismo, pero nos negamos a perder “poder”,
la capacidad de decidir sobre el cómo de la acción misionera.
La realidad de la misión nos exige insertarnos en una realidad nueva
en la que ya nos somos quienes mueven los hilos.
En el fondo es reconocer que el protagonista de la misión no somos nosotros, es el Espíritu. Que continuamente abre caminos nuevos e inesperados.
Un caso concreto
Sirva sólo a modo de ejemplo. Los Misioneros de la Consolata nacimos
en Turín hace 103 años como un Instituto Misionero “Regional”,
es decir, enviaba misioneros de la región italiana de Piamonte a África.
Pronto nos abrimos al resto de Italia y en pocos años nos convertimos
en una comunidad internacional.
Pero nadie pensaba que aquella primera apertura iba a dar lugar a la realidad que vivimos hoy. No sólo una realidad internacional, sino una realidad intercultural.
En estos momentos, los Misioneros de la Consolata somos 974 en total; de ellos 416 nacieron en países de África, América Latina o Asia. Provenimos de 22 países y trabajamos en 20 naciones. Los números hablan por sí solos.
Pero no basta constatar las estadísticas. Esa realidad nos obliga a replantearnos nuestra identidad y nuestra forma de realizar la misión. La pluralidad cultural es signo de que se mezclan vientos distintos. Si somos capaces de asumirlos, en el respeto a la diversidad, podremos ofrecer una importante riqueza a la misión de la Iglesia.
Es el desafío con el que nos enfrentamos hoy.