La vocación implica el sacrificio de toda la familia
Cuando, en el evangelio de Juan, Jesús se encamina al momento de mayor sufrimiento y desamparo de su vida, va a evocar y a identificarse con la situación de una mujer al dar a luz. El gozo por el nuevo ser que viene al mundo le hará olvidar el sufrimiento; pero sin dolor no puede producirse el parto (Jn 16, 21); pero todo supone una confianza plena en el Señor. Así es el camino vocacional de un sacerdote. El mismo día de su ordenación sacerdotal, el nuevo presbítero, en una aldea de Kenia narra su camino vocacional.
Publicado en abril 2004
Mi
primer acercamiento al sacerdocio empezó hace 20 años cuando
tenía 15 “Percibí una gran atracción hacia ministerio
sacerdotal”. “Primero sentí una fuerza interior vocacional
cuando estaba en el colegio primario. En este tiempo era monaguillo en mi
Parroquia”.
Este sentimiento y esta inquietud persistieron a lo largo de los años, inconscientemente nutrida y sostenida por mi familia cuya vida se centraba en la Eucaristía y en la oración. “En mi familia siempre rezábamos juntos, recuerdo muy bien los momentos en que rezábamos el rosario”.
También mi familia solía peregrinar al lugar de los primeros veinticuatro Mártires de Uganda. Hacían novenas a la Virgen, visitas a la Iglesia, y todas las fiestas importantes de la familia, nacimientos, aniversarios, exámenes, etc., eran marcadas por una misa de familia.
El 27 de julio de 2001, fui ordenado sacerdote en mi pueblo. En mi primera misa, ya en casa, expresé mi agradecimiento a mis padres que me habían permitido ser sacerdote: “De corazón, muchas gracias por dejarme ser sacerdote y por sacrificar toda vuestra vida y seguridades por mí, siempre habéis hecho considerables sacrificios para que pueda llevar adelante mi vocación sin dificultad”.
Recordé el año 1986 cuando ingresé en el Seminario Menor. Entonces me robaron todo el dinero que mi padre me había dado para pagar mis estudios. Recordé con pena ese momento, por lo que había costado a mis padres conseguir el dinero, incluso cómo después del robo mi padre tuvo que vender todo el ganado que le quedaba para conseguir, de nuevo, el dinero necesario para los estudios.
“Fue una escuela de aprendizaje y maduración para mí, sobre todo, porque tuvisteis (en edad avanzada) que entregar vuestra seguridad y la de mis hermanos más pequeños”. “Lo que más me impresionó fue vuestra confianza en Dios, vuestra devoción a Cristo y a Nuestra Señora”. Emocionado, dirigiéndome a la Congregación dije: “Mi madre siempre me decía, no te preocupes, Nuestro Señor y Nuestra Señora nos protegerán siempre”.
Y dirigiéndome a mis padres dije: “Aunque he estudiado mucho, vosotros sois los que me habéis enseñado realmente a confiar en la Divina Providencia, y a saber lo que significa la familia. Recuerdo perfectamente cuando hice la solicitud para ingresar al Seminario, sabía que como hijo mayor tenía la obligación de cuidaros y de ayudar a mis hermanos pequeños, pero fuisteis lo bastante generosos para dejarme ir. Me dijisteis que lo importante era mi felicidad”. Tuve unas palabras para exponer, que el mayor daño que los padres pueden hacer a sus hijos, es condicionar el descubrimiento del proyecto de Dios en cada uno, porque ahí es donde se fundamenta la felicidad verdadera.
Aquel día di gracias a Dios no sólo por mis generosos padres, sino también porque gracias a Él la familia iba saliendo adelante. Recordé aquellas frases de la Biblia “Mejor refugiarse en el Señor que fiarse de los hombres y en las cosas materiales”. Continué pidiendo a la congregación y a las familias que ayudasen a los jóvenes a descubrir e identificarse con el proyecto de Dios.
El apostolado en el seminario también fortaleció mucho mi vocación. Los años como monaguillo, seminarista y la pasión por la humanidad me llevaron cerca del Señor y participé de forma muy activa en los movimientos eclesiales: la sociedad de los jóvenes cristianos, grupo juvenil de su barrio, Club de Coro Parroquial, Club de seminaristas y monaguillos, etc. Todo me sirvió como base de su vocación.