Superando fronteras
Recuerdo que al poco tiempo de llegar a España fui a comprarme una gaseosa. Con toda naturalidad le pedí al camarero que me sirviera 'gasolina'. Poco tiempo después entré en una cafetería, quería un pincho de tortilla caliente, pedí 'una tortilla de calor'. En las dos ocasiones los que me escucharon se reían de mí. Evidentemente, todos los que me escucharon se reían de mí...
P. Anthony Icluloi
imcelx@medtelecom.net
Publicado el 01 de agosto
de 2005
Como misionero nacido en Kenia y trabajando en España, me acordé
de tantos errores de los misioneros que llegaban por primera vez a mi país
y cómo el aprender una nueva lengua es un desafío para el misionero
que se encuentra en una nueva realidad.
Son experiencias vividas que exigen prontitud y capacidad
de aprender de los errores, aunque uno se ponga nervioso al equivocarse. Pueden
reírse de ti porque hablas mal, pero no puedes perder la calma. Fuiste
enviado a otro pueblo, a otra cultura para manifestar el amor universal de
Dios. Es la misión que se te ha encomendado.
Más difícil que aprender la lengua es la inserción cultural.
En la cultura se vive la riqueza de los pueblos: sus costumbres, creencias,
valores… Con el tiempo he aprendido a estar abierto y no caer en la
subjetividad a la hora de juzgar las realidades culturales. La vida de Jesús,
su inserción sin prejuicios en la vida del pueblo, nos interpela a
los misioneros.
Todos tenemos la tentación de caer en la trampa de valorar demasiado nuestra cultura de origen, a veces hasta imponer nuestro modo de ser a los pueblos a los que hemos sido enviados.
Nuestro punto de referencia siempre será la persona de Jesús: el Dios que se hace hombre entre los hombres. Esa inserción es el estímulo permanente en la renovación de nuestra vida misionera ante los desafíos que nos presenta la sociedad de hoy, sobre todo el desafío de la gran mayoría de pobres y excluidos.
Que el misionero-enviado se inserte en una realidad cultural supone tres actitudes basadas en el testimonio de la sencillez de Cristo:
* La presencia física –no sólo puntual u ocasional– en medio de los pobres.
* Compartir con ellos los bienes materiales como muestra de la paternidad de Dios.
* La solidaridad y el compromiso con ellos en sus luchas: ser voz de los sin voz.
Pensando en ello, me viene a la memoria un misionero de la Consolata, africano, en Colombia, en la zona de guerrilla. El pueblo le dijo: “Padre, tú eres uno de nosotros, eres nuestro, no eres como otros curas”. Cuando el misionero les preguntó el porqué, le contestaron: “Porque cuando nos atacó la guerrilla, no huiste como los demás curas, te quedaste con nosotros”. Esta respuesta es el alma de la misión en el corazón de los pueblos.
El camino de inserción es fascinante, pero también difícil. Desde mi experiencia puedo decir que surgen distintas tentaciones:
* La tentación de absolutizar los proyectos concretos de desarrollo, olvidando la referencia constante a lo trascendente.
* El peligro de perder la propia identidad y que se debiliten las motivaciones evangélicas.
* El querer imponer nuestros esquemas a los que misionamos, sin darnos cuenta de que ellos, los sencillos, tienen mucho que aportarnos.
Son muchos los valores evangélicos que nos enseña la gente sencilla, a pesar de las limitaciones y carencias de todo tipo en que viven. El pueblo es una reserva de vida evangélica.
Mi experiencia africana como africano comprueba que el pobre enseña el amor a la vida, la alegría en el sufrimiento, la esperanza, la resistencia y la paciencia ante los problemas, el convencimiento de la fuerza de la oración, la fe en la providencia de Dios. El pobre también enseña el calor humano, la gratuidad, el respeto natural a la persona del marginado, el compartir y la solidaridad en el dolor especialmente en los momentos de lucha.
Por eso quiero afirmar que el lugar de la religión, el lugar teológico donde se vive el sentimiento, el deseo y la realidad, el mundo de imaginación y de marginación es el mundo de las misiones y las experiencias misioneras. A partir de ahí la vida tiene sentido, se unifica, crece en dignidad. Gracias a Dios, que nunca nos abandona, siempre uno encuentra sentido, incluso en medio del absurdo social.
Los misioneros estamos llamados a beber en esta fuente y, al mismo tiempo, a ayudar al pueblo a unir, en lo cotidiano de la vida, la riqueza espiritual y los proyectos concretos del cambio social.
Estando aquí en Europa, esta exigencia misionera a veces da la impresión de que no es palpable dada la cara oculta de la realidad donde el denominador de vida ya no es el ser sino el aparentar, que tristemente lleva en su seno el ahogo de los valores, la asfixia interior de sus miembros. Me gustaría decirles que dentro de esa misma realidad occidental se puede vivir plenamente la experiencia parecida a la de las primeras comunidades cristianas de la Iglesia primitiva en los Hechos de los Apóstoles.
Lo que a mí me parece es que nos hace falta el rejuvenecimiento de las experiencias vividas y el rejuvenecimiento de vida material de los enviados. ¿Cómo hacerlo? Parece que no tengo la respuesta pero los auténticos jóvenes y la gente con inquietudes misioneras tienen la respuesta.