La mujer en la Iglesia
En el número anterior analizábamos el tema “Jesús y las mujeres”. Si comparamos la actitud de Jesús con la actitud de la Iglesia frente a la mujer, hasta hoy día, y el papel que se le otorga nos encontramos frente a un abismo difícil de justificar. El trabajo de la mujer en la misión sin duda nos acerca mucho más a los tiempos de Jesús.
Publicado en: octubre 2004
Mulieris
Dignitatem
Es el título en latín de la carta apostólica que en 1988
escribió el Papa con motivo del Sínodo y el Año Mariano.
En castellano se llama “Carta Apostólica sobre la Vocación
y Dignidad de la Mujer”. (La citaremos como M.D.).
La carta del Papa se basa en documentos anteriores y en textos bíblicos, especialmente en torno a la figura de María.
Según el Génesis, dice la carta, Dios creó la primera pareja en perfecta igualdad, con características diferentes, pero creadas iguales. La relación entre ellos no era patriarcal. Leemos que Eva, hecha del cuerpo de Adán, estaba destinada a servirle. Y de acuerdo con la carta apostólica, también el hombre depende de la mujer y está destinado a servirla (M.D. 5). Dios creó al hombre y a la mujer en igualdad, libres de subordinación, en perfecta reciprocidad. Tal es, dice la carta, la verdad eterna.
El patriarcado es consecuencia del pecado humano. En la caída, el hombre y la mujer perdieron su igualdad (M.D. 10). Y este sometimiento patriarcal de la mujer, desde el principio, siempre fue acompañado por la promesa de la redención. Los profetas suspiraban por esta redención, por el retorno del plan divino original de igualdad, corresponsabilidad y amor, por encima de todo patriarcado.
Este nuevo orden llegó con Jesús. En el Nuevo Testamento, la Palabra de Dios, que inaugura la redención, se dirige a María, una mujer (M.D. 11). La carta afirma que Jesús promovió la verdadera dignidad de la mujer. Sus palabras y acciones no reflejaban la discriminación dominante en su cultura. El mismo Jesús consideró a la samaritana (Jn. 4) como discípula y evangelista, “acontecimiento sin precedentes” (M.D. 15). Las mujeres fueron las primeras testigos de la resurrección. La carta llama a María Magdalena “apóstol de los apóstoles” (M.D. 16).
La M.D. lee las cartas de San Pablo a la luz de esta nueva dimensión. En Cristo desaparece toda discriminación. Incluso los pasajes donde las cartas hablan de subordinación de la mujer, deben ser interpretados a la luz de la nueva dimensión, ya que ésta nos hace comprender que los maridos también deben someterse a sus mujeres (M.D. 24).
Este planteamiento, decididamente afirmativo de la igualdad de la mujer, nos lleva a esta reflexión: si la mujer ha sido creada a imagen de Dios y mas tarde redimida en Cristo, esto quiere decir que no se trata de conceder a la mujer lo que ya posee en el origen, su dignidad humana, sino de reconocerle el derecho a ser considerada y tratada como persona humana plena; se trata, pues, de una cuestión de justicia y no de hacer concesiones; se trata de asumir y aceptar la dignidad que la mujer tiene como criatura de Dios, por naturaleza y origen y que la hace apta para ser sujeto de derecho. En consecuencia, esta situación de hecho y de derecho debe tener una traducción concreta en la igualdad de derechos sociales, económicos y políticos. Pienso que ésta es la orientación de fondo que se encuentra en el documento M.D. presentando la igual dignidad y responsabilidad del varón y de la mujer.
Si bien, hay que reconocer que la carta en sí, no llega a afirmar taxativamente que esta nueva situación se traduzca en una expresión visible institucional y sacramental dentro de la Iglesia, que era lo que se esperaba cuando salió este documento. Así, la carta no concluye que la ordenación de la mujer haga que la Iglesia sea un signo y un símbolo más autentico del futuro Reino de Dios. ¿Por qué no?
El tema de la maternidad
Para clarificar la esencia de la mujer, la carta medita sobre la Virgen María,
destinada a desempeñar un papel esencial en la venida y en la redención
de Cristo. Para Juan Pablo II, María es el arquetipo más completo
y perfecto de la mujer. Y desde aquí, trata de clarificar el papel
que le corresponde desempeñar a la mujer en nuestro mundo.
Ve como lo esencial de lo femenino la maternidad o la capacidad para la maternidad
(M.D. 18). La mujer recibe el don de dar a luz el hijo.
Algunas mujeres viven esta capacidad para la maternidad de forma espiritual, en estado de virginidad: en este caso, el don es la Palabra de Dios.
Este planteamiento del Papa puede llevar a que se interprete la maternidad como una necesidad para justificar la existencia de la mujer. Y hay que tener cuidado con esto, pues cuando se identifica al ser humano, sea varón o mujer, con una función que tiene o que debe desempeñar, se le está reduciendo a esa función, y esto no se puede hacer con una persona humana. Las funciones se dignifican al ser ejercidas por una persona, y no es la persona la que adquiere dignidad humana según la función que desempeña. Y esto vale para el caso de la maternidad o de la virginidad.
La mujer es algo más que un acto o una función biológica. La mujer no adquiere su dignidad humana por su capacidad de ser madre, sino que es la maternidad la que se dignifica de una manera especial al ser realizada por una mujer. Es la mujer la que otorga dignidad a la maternidad porque desde el principio y por su origen, la dignidad le viene dada a la mujer por Dios, que la creó a su imagen.
En este tema de la maternidad insiste la carta sobre “La colaboración del hombre y la mujer en la Iglesia y en el Mundo”, publicada por la Congregación para la Doctrina de la Fe en mayo de este año.
En los documentos de la Iglesia existe cuanto menos una cierta ambigüedad. Ambigüedad que posiblemente nazca de la distancia entra la doctrina bíblica y la práctica de la Iglesia durante siglos.
Una práctica discriminatoria
Como señala la teóloga MĒ José Arana: “aunque parecidas,
no todas las épocas han sido iguales para las mujeres en la Iglesia.
Los primeros siglos del cristianismo nos pueden sorprender, por lo que de
libertad suponen para ellas. Las primeras mujeres cristianas supieron, Evangelio
en mano, defender sus derechos y autonomía.
La Edad Media supuso una oportunidad para las mujeres en general, pero más aún en la Iglesia. La Vida Religiosa era un lugar acogedor para ellas, las posibilidades de estudio y formación eran incomparablemente mayores que las de las mujeres del mundo y la influencia de que gozaban las monjas, especialmente las abadesas con su poder de jurisdicción equiparable, en autoridad administrativa, a los obispos…
El siglo XVI supuso un serio e irreversible revés para las monjas con el encerramiento en clausura decretado por el Concilio de Trento. Pero también las laicas vieron reforzadas las cerraduras de sus casa en lo que podemos llamar clausura doméstica, ensalzada por eclesiásticos, pensadores, políticos… en realidad por los varones, y por supuesto, impuesta social y eclesiásticamente, a ellas.
En realidad tenemos que aceptar, como común denominador que atraviesa tiempos y espacios, la situación de sumisión total y generalizado de las mujeres. Y la Iglesia Católica no ha sido excepción sino que ha promovido y fundamentado este estado de cosas. Así las mujeres han permanecido en la Iglesia como las grandes ausentes, una ausencia que perdura hasta nuestros días.
Evidentemente la ausencia de las mujeres empobrece enormemente a la Iglesia en múltiples aspectos y en sí misma; pero además pierde credibilidad ante el mundo que va despertando rápidamente en estos aspectos y ante los cuales la Iglesia, Luz de las Gentes como se llamó a sí misma en el Concilio, debería brillar con su ejemplo y alumbrar caminos nuevos.”
Mujer y Misión. Un botón de muestra
A quienes normalmente trabajamos en los llamados países de misión,
la realidad cotidiana nos va enseñando cosas que van más allá
de los documentos y las reflexiones teológicas.
Baste un botón de muestra.
Hace años estaba trabajando en una misión donde, además
del centro parroquial, teníamos que atender cuarenta y dos comunidades
rurales. Era imposible que los dos sacerdotes que estábamos pudiéramos
llegar a todas partes. Las celebraciones las repartíamos con los laicos
(varones y mujeres) y con las religiosas.
Un domingo voy a celebrar la Misa a una aldea llamada “Monte Lindo”. La semana anterior había estado una hermana misionera haciendo una celebración de la Palabra y distribuyendo la comunión.
Al terminar me quedo charlando un buen rato con la gente. Se me acerca un hombre ya anciano y con toda espontaneidad y sencillez me dice: “Padre, la verdad es que nos gustó más la Misa de la hermanita la semana pasada que la suya”.
No me sorprendió. Hacía tiempo que me había dado cuenta de que muchas veces la mujer, tanto en el contacto personal como en las celebraciones litúrgicas, tenía una mayor capacidad que los varones para llegar a las personas y trasmitir, desde su forma de ser, los valores del Evangelio.
Me quedó, y me queda, la pregunta de cuánto tiempo necesitaremos como Iglesia para superar las actitudes machistas que con facilidad criticamos en otros ámbitos de la sociedad.
Y no se trata de ninguna “revolución”. Es, simplemente, volver a los orígenes evangélicos de nuestra comunidad cristiana.l.
Para la reflexión en grupos
1- Valdría la pena hacer una reflexión abierta, despojándonos
de prejuicios, comparando el papel que Jesús otorga a la mujer en la
primera comunidad cristiana, en el Evangelio (ver número anterior)
y el papel que se le da hoy en la Iglesia.
2- También podríamos preguntarnos hasta qué punto nuestras comunidades están dispuestas a aprender de la experiencia de las iglesias misioneras, en éste y otros aspectos, superando la visión de que siempre somos nosotros quienes damos y enseñamos.