La mujer vista desde el corazón de Dios
Dios es Padre y Madre. Cuando se habla de Dios en la Biblia se habla de un Dios de amor entrañable y que no puede olvidarse de sus hijos. Es un Dios que nos hizo a su imagen y semejanza. (Lc. 1,18) (Gen.1,26)
Publicado en: marzo 2004
Dios
mira al interior
Él nos comunicó su vida y su espíritu,
nos quiere portadores de vida, de alegría y esperanza. Dios mira más
desde las entrañas que desde el corazón y la cabeza. Nadie ha
mirado nunca a la mujer con una mirada pura, dignificante y personalizante
como Dios, transmitiéndole su vida y su espíritu creador. Dios
Padre , y después su Hijo Jesucristo, han tenido siempre para la mujer
una mirada de amor, comprensión y valorización a lo largo de
la historia de la salvación. Él mira a la mujer con preferencia,
por su sensibilidad, por ser receptiva y transmisora de la vida.
Cuando Dios presenta la mujer al hombre, después de poner el nombre y dar existencia a los demás seres creados, dijo: “Ésta es carne de mi carne y hueso de mis huesos” (Gen.2, 22-25). Adán se sintió reflejado y complementado en Eva, madre de todos los vivientes. La mujer es llamada por gracia a expresar la maternidad de Dios, a generar y a promover la vida. Es propio de la mujer el ser persona de profunda compasión, de aguda intuición, de cálida acogida, de atención recíproca y de capacidad para crear comunión. Todo esto nos hace pensar en mujeres del Antiguo Testamento, Débora, Ruth, Judith, Ester... sobre quienes Dios puso su mirada. Fueron mujeres fuertes y significativas, verdaderos instrumentos de salvación en la historia del pueblo de Israel.Isabel y Maria: la maternidad en relación con la Alianza.
En María, tenemos una mujer tocada y transformada por la mirada de Dios para realizar su plan de salvación y bien de toda la humanidad. Dios realiza obras grandes a través de Ella. La imagen bíblica del encuentro de Isabel con María abre nuevos horizontes. Son dos mujeres que gracias a la fe engendran en su seno a dos niños y salen al encuentro la una de la otra. María ofrece diligentemente su servicio e Isabel la acoge con alegría en su casa. Son dos generaciones: la joven llena de alegría es portadora de una nueva vida, la anciana es fecunda a pesar de la edad, pero llena de entusiasmo por el nuevo ser. Dos madres llenas de alegría y sorpresa por los dones que cada una reconoce en la otra y que se intercambian recíprocamente; además, el fruto de sus entrañas no es para ellas mismas sino para la misión a la que han sido llamadas. María estará presente y firme al lado de Jesucristo, desde el principio hasta el final y también después de su ascensión para dar continuidad a la misión de Jesús. (Lc. 2,39-45)
Las mujeres del Evangelio
Hoy en día no podemos ni debemos reducir el papel social que protagoniza
la mujer sino más bien extender su papel de identidad de maternidad
humana, social y espiritual. A los pies de la cruz, momento clave en la vida
de Jesús, la mayoría de los presentes son mujeres. Ellas habían
sido testigos de la vida y de las enseñanzas del Maestro. (Jn.19,25).
En el Evangelio vemos a Jesús, como amigo y maestro, con una mirada penetrante, que sana, transforma, resucita y salva física y espiritualmente. Con esa mirada se encontraron un grupo de mujeres que conocieron y amaron profundamente a Jesús. Esa mirada cambió sus vidas, hasta tal punto, que no les importaba escandalizar a sus vecinos por ser servidoras fieles de Jesús. Permanecían a su lado, incluso le ayudaban con lo que tenían aunque fuese escaso. (Lc. 23, 49/55-56).
“Se sorprendían de que hablara con una
mujer”
Podemos recordar a la mujer samaritana en su encuentro casual con Jesús
y en el diálogo humano, cultural y religioso que mantuvo con Él.
Jesús la sabe acoger, la comprende y no la condena, más bien
la valora y la convierte en mensajera. La samaritana siempre en la búsqueda
de la verdad y del amor, desbordante de vida y esperanza después del
encuentro con Jesús, es un verdadero apóstol y evangelizador
de los samaritanos incrédulos e impuros. Esta mujer que abandona el
cántaro y a Jesús y corre hacia la ciudad y el mundo, podría
ser el icono de toda persona y de la iglesia misionera que para evangelizar
debe abandonar y desprenderse de muchas cosas y después transmitir
la experiencia vital con Cristo. Mirándola a ella y a muchas otras
santas mujeres podemos afirmar que “la mujer constituye un elemento
inestimable y esencia en todos los aspectos de la misión, antes, durante
y después, y sobre todo, esta no puede prescindir de la religiosa misionera
por ser la hermana una defensa y una garantía para el misionero”
S.D.C. (Jn.4,1-44).
Fijemos nuestra mirada sobre “ la mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años; además, lo había gastado todo en manos de médicos y no había podido ser curada por nadie. Ella se le acercó por detrás y le tocó el borde del manto y al punto se le detuvo el flujo de sangre” (L.8, 43-49)
Las primeras testigos de la resurrección
Maria Magdalena es otro ejemplo de mujer cercana a Jesús. En ella percibimos
la debilidad y la sensibilidad; ella ha vivido la exclusión, la sumisión
al arrodillarse, la debilidad de llorar; ella ha caminado por la dirección
equivocada, pero después de encuentra con Él que es el Camino,
la Verdad y la Vida. A María de Magdala podemos definirla como “la
mujer herida por el pecado pero también herida por el amor renovador
de Jesús”. “A quien mucho ama, mucho se le perdona; dondequiera
que se proclame esta Buena Nueva, en el mundo entero, se hablará también
de lo que ésta ha hecho para memoria mía”. (Mt. 26,13).
Cuando Jesús muere ella está al pie de la cruz, después
de la Resurrección lo busca con obstinación, y cuando Jesús
se le aparece rompe con todos los esquemas religiosos, culturales y sociales
del pueblo judío. Le encarga una misión privilegiada, el anuncio
de su Resurrección gloriosa a los discípulos que se encontraban
asustados, confundidos y dispersos. (Jn. 20, 11-18)La dignidad de la mujer
y el orden del amor.
El pecado nos lleva a no reconocer el plan de Dios y su presencia en nuestra vida. Estamos rotos por dentro y divididos, nuestro amor está manchado. Tenemos ojos y no podemos ver, vemos sólo lo de fuera y las apariencias. ¿Nuestro corazón es puro y sabemos mirar de verdad? (Sal. 113b 115)
Hay que pedirle a Dios, una vez más que vuelva a crear en nosotros un corazón puro y que su espíritu nos renueve por dentro, para que podamos ver con los ojos del corazón. “Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán o sabrán reconocer a Dios en cada uno de sus seres creados”. (Sal.51; Ef. 1,18: Mt.5,8)
Debemos aprender a mirar a la mujer como madre y compañera de camino para que sea buen instrumento de la maternidad y la fraternidad universal, sobre todo, en la sociedad y en la Iglesia en este momento histórico. La mujer es necesaria para manifestar al mundo, la ternura y la misericordia de nuestro Dios.
Debemos empeñarnos en saber educar a la mujer. El mundo y la iglesia conllevan dos dimensiones: lo femenino y lo masculino. Toda comunidad ha de caminar y crecer en estas dos dimensiones de la masculinidad y la femineidad, ejercitándose en un continuo esfuerzo de integración y enriquecimiento. En todo proceso humano hay que formarse en la difícil tarea de acoger y convivir con lo diverso; intentar tener un corazón abierto y sensible, hasta lograr alcanzar la virilidad femenina y la dulzura y ternura masculina. La mujer es distinta por naturaleza pero complementa al hombre. Ella es más sensible a lo humano, lo religioso... consigue hacer el mundo más habitable. Debemos respetar y aceptar la diversidad para una mayor riqueza y plenitud.
Constatamos que al lado de grandes hombres de nuestra historia, en la sombra quizás, ha habido mujeres llenas de paciencia, esperanza y comprensión. Si Dios da su Espíritu a los que se lo piden, le obedecen y se dejan guiar, sabemos también que este espíritu se mueve por doquiera, no dejándose manipular y mucho menos condicionar. Además, nunca debemos olvidar que Dios concede su espíritu para realizar el bien común, no para ser protagonista y mejor que otro. (1.Cor.12,11 ó 13)
Conciencia de una misión
Si nos asomamos al mapa de los Países, podemos comprobar que en muchos
lugares la mujer está relegada de la vida social, cultural y religiosa.
Podemos pensar que Él sigue visitando y habitando en muchas otras mujeres
como María para que hagan de la iglesia un Nuevo Pentecostés.
“Ojalá que todo el pueblo fuera profeta”y no sólo
algunos varones privilegiados de la lista de los inteligentes, buenos y justos.
(Num.11,25-29 I Cor.14,10-12)
En el apostolado misionero debemos reconocer el papel insustituible y el poderoso ministerio de la mujer del evangelio y de la religiosa de la caridad. (S.D.C)
Lo extraordinario de la mujer es que, en la mayoría
de las ocasiones, trabaja sin hacer ruido, en silencio. Sus tareas ocultas,
no valoradas, son vitales para la familia y la sociedad. La mujer ha de tomar
conciencia para no ser un ser sordo, ciego, mediocre y sumiso. Debe estar
comprometida en los desafíos a los que reta nuestro tiempo.
Como mujeres amadas, creyentes y recreadas por Dios en Cristo, tienen una
palabra que decir sobre la suerte y el rumbo de este mundo y sobre la situación
de muchas otras que sufren en su dignidad y son maltratadas, menospreciadas
y marginadas en nuestro mundo. “Ser mujer significa ser protagonista
en primera línea en el esfuerzo por una calidad de vida distinta y
más humana, siendo mujeres en primera fila, mujeres en la frontera
y en el peligro”. La Misión necesita mujeres, que renunciando
a una familia propia, estén dispuestas a abrir su corazón a
toda la humanidad en nombre de Dios, manifestando su amor entrañable
y salvador.
Para la reflexión en grupos
1. ¿Qué opinas sobre la publicidad y el mercado al que es sometida
la mujer, a qué se debe?
2. ¿Tienes una mentalidad integradora y una capacidad de colaboración con la mujer en tu labor apostólica?
3. ¿Te parece que se valoriza justamente a la mujer en la vida social y eclesial?
4. “No basta contar con la mujer, hay que compartir con ella la misión en el mundo” ¿En qué aspectos mejoraría nuestra convivencia y cuales serían sus frutos?