Débora una mujer al frente de su pueblo

Cuando el Pueblo de Israel llega a la tierra prometida es gobernado por Jueces. Son líderes carismáticos. Que una mujer ocupara ese cargo era impensable. Sin embargo, se dio en el caso de Débora. Más impensable resultaba que esa mujer jugara un papel determinante en un conflicto que afectaba a la identidad del Pueblo de Dios.

Publicado en: junio / julio 2004

Un cambio decisivo
La salida de la esclavitud de Egipto había sido la experiencia fundante del Pueblo de Israel. De hecho no eran muchos los israelitas que vivían bajo la esclavitud del Faraón y fueron liberados por Moisés.

Necesitan un largo camino por el desierto. Se les van uniendo otras tribus. Hacen una alianza con Yahvé. Poco a poco van tomando conciencia de constituir un pueblo y se van dando sus propias normas basadas en esa alianza.

Nacen como un pueblo nómada. En permanente movimiento. El hecho de caminar continuamente les obliga a no acumular riquezas. Serían un peso que les impediría avanzar por el desierto.

Nacen como pueblo en el desierto. Y el desierto no tiene caminos. No pueden guiarse mirando al suelo. Su guía son las estrellas. Tienen que mirar hacia arriba. Es la única forma de avanzar.

Son características que marcan el nacimiento del Pueblo: avanzar continuamente, no acumular, mirar a lo alto.

Después de cuarenta años llegan a la tierra prometida. Y muchas cosas empiezan a cambiar. Se convierten en un pueblo sedentario, tienen una tierra en propiedad, y, al aparecer la propiedad privada, comienza la acumulación de bienes.

Desde ese momento, y hasta que aparezca la monarquía, el Pueblo de Israel es gobernado por Jueces. Son líderes carismáticos, surgidos del pueblo y cuya preocupación fundamental es que no se pierdan las raíces que habían permitido que varios grupos nómadas se constituyeran en una comunidad.

Dos son los problemas que tienen que enfrentar. Uno nace dentro de la misma comunidad: el ansia de poder y riqueza. Otro viene de fuera: los pueblos vecinos, agrícolas y ganaderos, con los que los israelitas se relacionan.

El conflicto de dos proyectos
Uno de esos pueblos vecinos que tendrá mayor influencia será el pueblo cananeo. Se crea el conflicto entre dos proyectos de organización económica y política. Pero en el fondo está también el conflicto entre dos “proyectos” religiosos. La Biblia, con su lenguaje simbólico, lo planteará como un “conflicto entre dos dioses”.

Baal era el dios de los cananeos. Para un pueblo agrícola y ganadero la supervivencia dependía de la fertilidad de la tierra y de los animales. Baal es el dios que debe garantizar esa fecundidad base de la prosperidad del pueblo. Los cananeos deben buscar la forma de que Baal les sea favorable, tienen que comprar su benevolencia. Para lograrlo, su religiosidad se basa en ofrecer sacrificios a Baal a los cuales su dios deberá responder con una generosa producción agrícola y ganadera.

Los sacrificios liberan al pueblo cananeo de todo compromiso ético. Es una religión basada en los ritos que por sí solos han de ser eficaces. El comportamiento moral del pueblo no cuenta.

Yahvé era el dios de los israelitas. Un dios al que poco le interesaban los ritos exteriores. Un dios que miraba el corazón del hombre. Un dios que en su alianza con el pueblo (en el Sinaí) le había pedido que caminara en la justicia, la verdad, el respeto a la vida… como condición para acompañarlo y serle favorable. “Quiero misericordia y no sacrificios”, les dirá con frecuencia.

Los israelitas se encuentran con que ahora necesitan “garantizar” la fecundidad de la tierra… y con algo mucho más “tentador”: una religión donde basta cumplir una serie de ritos es mucho más cómoda que una religión que exige practicar la justicia.

Yahvé suscita en medio de su pueblo Jueces y Profetas que intentan evitar que los israelitas caigan en esa tentación.

La sorpresa de una mujer
La inferioridad de la mujer en el pueblo de Israel era similar a la de otros pueblos y otras épocas.

Su testimonio no era válido frente a un tribunal. Su palabra no era de fiar.
Sin embargo, como siglos más tarde reconocerá Pablo: “Dios ha elegido lo que el mundo tiene por necio, con el fin de avergonzar a los sabios; y ha escogido lo que el mundo tiene por débil, para avergonzar a los fuertes. Dios ha elegido a la gente común y despreciada; ha elegido lo que no es nada para rebajar a lo que es” (1Cor. 1,27-28).

Siguiendo su lógica, Yahvé hace surgir una “sorpresa” en la historia de su pueblo. Esa sorpresa se llama Débora. Una mujer que sentada bajo una palmera resolvía los pleitos que le presentaban los israelitas. Vivía en la tierra de Efraín, lejos de los centros de poder.

Débora tiene una visión y llama a Barac para que dejando en ridículo a los cananeos, los israelitas vuelvan al camino de Yahvé que habían abandonado. Barac se niega a hacer nada si Débora no va con él.

Es así como una mujer se convierte en Juez y Profetisa del pueblo de Israel, en contra de todas las tradiciones, en un mundo donde los varones tenían todas las responsabilidades sociales y religiosas, pero en fidelidad al estilo de actuar de Yahvé.

Ella convoca a las tribus de Israel para emprender una guerra contra Yabín, el rey cananeo, y Sísara, capitán de su poderoso ejército. La intervención de Yahvé da la victoria a las exiguas tropas que comandaban Débora y Barac. El general Sísara encuentra una violenta e impresionante muerte a manos de una mujer.Como consecuencia el país tuvo paz durante cuarenta años.

Un caso único
Ni antes ni después de Débora encontramos en la Biblia el caso de otra mujer a la que acudieran los hijos de Israel, reconociendo su autoridad. Y no acudían para pedir consejo, acudían para someterse a juicio. Alguien que ni siquiera podía ser testigo se convierte en Juez. Ejerce un liderazgo que no se repetirá por parte de ninguna mujer a lo largo de la historia de Israel.

Los varones “recuperarán” pronto su supremacía.
El caso de Débora fue único, pero eso no significa que sea irrepetible.

¿Dónde estaba su “secreto”?
Quizás nos dé una pista el apellido que se le atribuye: Hanevi, que significa profetisa. Los profetas eran personas capaces de conocer el corazón de Dios y trasmitir al pueblo el proyecto de Yahvé. De ahí nace su liderazgo frente a quienes ejercían algún tipo de poder social, político o económico.

Débora y la Misión
Pasaron más de treinta siglos desde la existencia de Débora. Y en nuestra Iglesia no han cambiado mucho las cosas respecto al papel de la mujer. Curiosamente en los lugares donde la mujer adquiere más protagonismo, al menos de hecho, es en los llamados “países de misión”.

Es ahí donde los últimos, los pobres, los que no cuentan –entre ellos las mujeres- van marcando con más claridad los caminos para construir el proyecto de Yahvé, el Reino de Dios.

Convertirnos a los pobres supone, entre otras cosas, reconocer el profetismo de la mujer y su capacidad de liderazgo dentro de la comunidad.

Ésta puede y debe ser una gran aportación de la Misión a la Iglesia universal. La figura de Débora es un buen punto de referencia.

La historia de Débora la puedes encontrar en los capítulos 4 y 5 del Libro de los Jueces.

Para la reflexión en grupos


1- ¿Qué funciones de liderazgo pueden desempeñar hoy las mujeres cristianas?

2- ¿Qué desafíos plantea a la tradicional distribución de roles genéricos la incursión de una mujer en los terrenos de poder?

3- ¿La figura de Débora y el papel de la mujer en las misiones ¿qué exigencias de conversión plantean a nuestras comunidades cristianas?


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