Mujeres ancianas en la bíblia

No son pocas las figuras de ancianos que aparecen en las Sagradas Escrituras, si se trata de varones, pero cuando se trata de detenernos en la figura de la mujer, da la impresión de que estuviesen relegadas a un segundo plano. Primero se habla del varón y después de la mujer; el esposo precede a la esposa. Cuando se trata de parejas, se habla de él y aparece ella como acompañante y como figura complementaria. Todo ello es fruto de la cultura semítica, del mundo oriental que aún prevaleciendo el hombre sobre la mujer, ésta, no deja de ser un punto de referencia significativo, iluminador y modélico en todos los aspectos.

Publicado en abril 2004

Con el paso de los años la naturaleza humana se resiente y va perdiendo una gran parte de sus capacidades de percepción y de reacción. Pero también es verdad que, a lo largo de los siglos, los seres humanos se han considerado a sí mismos de formas diferentes.

La ancianidad no sólo constituye una etapa de la vida humana. Conlleva también una situación social y un entramado de relaciones modificadas, y un cambio notable, que a veces puede resultar verdaderamente traumático como puede ser una jubilación anticipada, un vagabundeo forzado y recurrente por las casas de los hijos, una pérdida de protagonismo en la educación de los nietos, un aparcamiento muy razonable en una residencia, una pérdida notable de ingresos y, sobre todo, la pérdida de voz y de relevancia en la marcha de la sociedad. Todo eso hace que el problema de la ancianidad sea muy distinto, si se lo considera en una sociedad industrial y urbana, de cómo se planteaba y se plantea todavía hoy en culturas rurales o en todo caso en una cultura patriarcal como sucede en la Biblia. Nos detendremos en alguna figura de mujer anciana en la historia del Pueblo de Dios.

Sara, mujer del padre en la fe
En el libro del Génesis, el anciano Abraham es presentado como una persona que se fía de Dios y le permanece fiel, a pesar de todo. Abraham en su ancianidad, es capaz de imaginarse a sí mismo en un mundo nuevo. Está dispuesto a una creatividad que parece desmentir su larga edad. Este nómada es capaz de dialogar con Dios, de regatear con él, como un buen beduino, con lo que demuestra la grandeza de su corazón así como la capacidad para descubrir el corazón misericordioso de Dios. Junto al éxito y la prosperidad de Abraham, aparece Sara, los textos no dejan de alabarla, junto a su marido.

Sara es muy anciana cuando logra ser madre y a partir de ahí le queda muy marcada la gratuidad del don de la vida. Es cierto que se recogen detalles sobre ella que nos revelan la rudeza del ambiente cultural, como las decisiones tomadas sobre Agar (la esclava) (Gen 16, 1-6; 21, 1-21); pero en términos que nos resultan curiosos, se nos dice por dos veces que ha sido apetecida por reyes y faraones (Gen 12, 10-20; 20, 1-18; 26, 1-11).

La muerte de Sara a los ciento veintisiete años parece engarzar la ternura con una cierta intencionalidad política. La anciana madre del pueblo es la primera semilla plantada en la nueva tierra. Su tumba es la primera propiedad del pueblo. La memoria de la anciana es promesa de esperanza (Gen 23). En Sara tenemos a la mujer del patriarca, a la fundadora de un nuevo clan que da legitimidad a los hijos de Jacob, al pueblo de Israel, a David y a todo su linaje.

La suegra y la nuera
Otro caso de mujer anciana en la Biblia que se contempla en el libro de Rut. Es el de Noemí que junto a su marido Elimelek de Belén, fueron hasta la región de los Moabitas, con sus dos hijos varones, después de un tiempo Elimelek murió y los hijos se casaron con mujeres de aquella región. También murieron los hijos y queda Noemí mayor y viuda junto a sus nueras Orpá y Rut (Rut 1, 7-13).

No es difícil leer en las palabras de Noemí su amor por las dos nueras: ella es infeliz, viuda, pobre y anciana; ¡Sería tan natural pedir la compasión, el consuelo la compañía y la ayuda de las nueras! Sin embargo Noemí no tiene mayor preocupación que pensar y que puedan arreglarse felizmente sus nueras.

Pedir el apoyo de las jóvenes mujeres significaría, sacrificar su libertad, y Noemí quiere que sean libres, que vuelvan a su pueblo, que reconstruyan sus vidas, que no estén implicadas en la dolorosa prueba que el Señor le ha reservado.

La generosidad de Noemí va más allá, ella podría permanecer con sus nueras, si todavía pudiera serles útil, si pudiera dar, si pudiera servir. Pero la edad avanzada y la desconfianza hacia el futuro, que podría ser amargo, le dan la sensación de no tener nada que dar, y de un desolado sentido de inutilidad.

Al amor desinteresado de Noemí, responden con igual amor, las nueras. El llanto de ellas no es sólo por la infelicidad del momento que viven sino que es también por el dolor de una separación que rechazan:
“Ellas rompieron a llorar de nuevo; después Orpá besó a su suegra y se volvió a su pueblo, pero Rut se quedó junto a ella.
Entonces Noemí dijo: “Mira tu cuñada se ha vuelto a su pueblo y a su dios, vuélvete tu también con ella.”

Pero Rut respondió: “No insistas en que te abandone y me separe de ti, porque donde tú vayas, yo iré, donde habites, habitaré. Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios. Donde tú mueras moriré y allí seré enterrada.”

De esta manera emprendieron el camino hacia Belén, y allí, Noemí es reconocida pero no quiere que la llamen por su nombre que significa “Mi dulzura” sino que quiere que la llamen “Mará” que significa “Amargura” porque he sido probada. “Colmada partí yo, vacía me devuelve Yahveh”

El sufrimiento de Noemí se convierte en alegría cuando Rut va a trabajar a casa de un pariente de su difunto marido, Obed, que se casa con ella y le da descendencia. Entonces las mujeres del pueblo dicen a la anciana Noemí: “Bendito sea Yahveh que no ha permitido que te falte hoy uno que te rescate para perpetuar su nombre en Israel. Será el consuelo de tu alma y el apoyo de tu ancianidad, porque lo ha dado a luz tu nuera que te quiere y es para ti mejor que siete hijos.” Tomó Noemí al niño y le puso en su seno y se encargó de criarlo. (Rut 4, 16-17).

El sufrimiento de la viuda Noemí, ha entrado en este designio de salvación. Lo importante es mantener la fe que la consolación de Dios no faltará.
Qué desolador es el cuadro de Noemí y de las nueras llorando en el momento de la prueba, del modo que es alegre la imagen de la abuela feliz, rejuvenecida por el nieto que aprieta entre sus brazos.

Isabel, estéril, anciana y madre
En el Evangelio de Lucas, aparece ya en el primer capítulo la puesta en escena de un matrimonio mayor, sin hijos, y perteneciente al pueblo elegido. El evangelista nos presenta la fisonomía espiritual de esta familia:

“En tiempos de Herodes, rey de Judea, hubo un sacerdote, llamado Zacarías, del turno de Abías, casado con una mujer de la descendencia de Aarón, llamada Isabel. Ambos eran irreprochables ante Dios y seguían escrupulosamente todos los mandamientos y preceptos del Señor. Pero no tenían hijos, porque Isabel era estéril, y los dos eran ya de edad avanzada” (Lc 1, 5-7).

En los datos que nos proporciona el evangelista, nos pone de relieve la falta de hijos de la pareja, la esterilidad, y la edad avanzada, en la que ya no hay esperanzas ni ilusiones. Ante la afirmación de una vida justa y obediente a la ley del Señor, llama la atención que Dios no los bendijera con la descendencia, que era considerada en gran estima por todo el pueblo de Dios. Isabel podía considerar su esterilidad como una vergüenza ante los demás, experimentando el sufrimiento y con todo y con eso junto a su marido Zacarías permanecen justos y serenos ante los designios de Dios.

A Isabel le falta la alegría de la maternidad, los años que han ido sucediéndose le han quitado la ilusión, y cuando la soledad se hace pesada y miedosa, vuelve la amargura.
Otras veces la alegría de la maternidad ha sido experimentada por el don de los hijos, pero más tarde se experimenta otra esterilidad: la de ser abandonados por los hijos. Es una esterilidad más amarga, cuyo sufrimiento es proporcional al amor de donación y de sacrificio, vivido por y para siempre en los hijos. Se ha llegado incluso a decir: si no estuvieran los hijos, sufriríamos menos.

A todo esto Zacarías rezaba, más allá de toda esperanza humana, la espera del hijo. Nos dice en Lc 1, 13: “No temas, Zacarías, tu petición ha sido escuchada. Isabel, tu mujer, te dará un hijo al que pondrás por nombre Juan.”

Cuando Zacarías volvió a su casa, Isabel concibió. Así se lo hace entender el ángel Gabriel a María: “Mira, tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que todos tenían por estéril; porque para Dios nada hay imposible” (Lc 1, 36-37).

Una vez que Isabel da a luz y pasa de la humillación a la alegría, al júbilo y al sentirse bendecida, es felicitada. Lc 1, 57-58: “Se le cumplió a Isabel el tiempo y dio a luz un hijo. Sus vecinos y parientes oyeron que el Señor le había mostrado su gran misericordia y se alegraron con ella”.

Ana, profetisa y misionera
También en el Nuevo Testamento y en el mismo Evangelio de Lucas, encontramos otra mujer, llamada Ana, muchos años viuda, sin hijos, pero que había hecho del templo su casa. En aquel entonces, Ana tenía ochenta y cuatro años (Lc 2, 37).
Su vida profundamente religiosa, es donación y amor total desde hace muchos años. La longevidad es un gran don del Señor porque sirve para revelar y vivir, mientras pasa el tiempo, la fidelidad a Dios y a su proyecto de amor.

El Niño Jesús, la ha recompensado. Ha puesto al final de sus días esta piedra preciosa, ha penetrado entre sus viejos brazos cansados con su peso de bebé vivaz de creatura apenas sacudido por el aire. Y Ana lo ha olido a ojos cerrados: su nariz ha reconocido entre aquellos pañales, oscuro y extranjero, el olor de Dios.

Ana es mujer, no puede tener para si misma la alegría entusiasmante de este encuentro, quiere hacer partícipe a los demás de ello, (sentido misionero del anuncio) quiere dar este Niño reconocido a cuantos esperaban la redención de Jerusalén. Hablaba del Niño. (Lc 2, 36-38).

El testimonio que da Ana, está inspirado por el Espíritu Santo y tiene la misma validez que el de Simeón. Dedica su vida a Dios, lo escucha en el silencio y atisba el sentido de los acontecimientos que contempla para proclamar con voz alta los designios de Dios sobre la historia. La que ha pasado una larga vida sirviendo a Dios en el silencio de la oración y del ayuno, lo sirve ahora en la alabanza de su gloria y en la proclamación de la presencia de Jesús.

Hay ancianos taciturnos, y cuando desean hablar, no siempre encuentran al interlocutor paciente y solícito. Otras veces la palabra no quisiera conocer nunca el descanso. Lo esencial es, que no falte la palabra que edifica, la palabra que hace conocer y amar al Señor.

REFLEXIÓN EN GRUPOS

1- Leer el libro de Rut, analizar el diálogo y las actitudes de cada una de las personas que aparecen.
2- Abrir el libro de los Proverbios capítulo 31 vv. 10-31 ¿Qué tipo de mujer presenta el autor? ¿Cómo la valora? ¿Qué resalta?
3- De entre las historias de las mujeres más arriba mencionadas cuál te llama más la atención ¿Por qué?


VOLVER   IMPRIMIR