Vuelve el islamismo en Argelia
Reportaje especial desde Perú
Argelia ha entrado, una vez más, en una época turbulenta. El conflicto desatado en los últimos días en el seno del Frente de Liberación Nacional (FLN, antiguo partido único) y el auge y popularidad de los islamistas complican sobremanera un panorama político marcado por las elecciones presidenciales previstas para abril de 2004.
Por Juan Carlos Galindo
Periodista
Agencia de Información solidaria
Fecha Publicación:
08/04/2004
La destitución, a mediados de 2003, del gobierno de Ali Benflis y su
sustitución por Ahmed Ouyahia inauguró una crisis en la coalición
gubernamental que amenaza con desintegrarla y arrastrar en su debacle al FLN.
Dividido entre quienes apoyan a Benflis y los partidarios del presidente Buteflika
(cada vez más débiles), el FLN se encuentra al borde del colapso.
La prohibición, a partir de un dictamen judicial, del octavo congreso
nacional del FLN el pasado 1 de enero ha desatado la tormenta. Poco después,
los miembros del FLN contrarios a la línea oficial, dirigidos por el
candidato presidencial Ali Benflis, tomaron las calles para pedir la dimisión
de Buteflika, a quien se responsabiliza de protagonizar un golpe de estado
interno para acabar con el poder de Benflis. La brutal represión policial
no ha hecho sino acentuar la crisis.
En este contexto, partidos islámicos e islamistas tratan de sacar ventaja. Para ello han iniciado una ofensiva política sin precedentes desde diciembre de 1991. Fue entonces cuando el Frente Islámico de Salvación (FIS) venció en la primera vuelta de las elecciones. Poco después, en enero de 1992, el gobierno disuelve el parlamento y el FIS llama a la sublevación. A partir de ese momento se inicia una guerra civil que ha llegado hasta nuestros días. El resultado: más de 100.000 muertos, pueblos enteros abandonados, 7.000 desaparecidos y decenas de miles de desplazados.
Desde entonces, los movimientos islámicos argelinos, radicales y moderados, han sufrido importantes transformaciones. En la actualidad existen dos partidos islámicos con representación parlamentaria y dispuestos a participar en las presidenciales de abril. Es en este contexto en el que hay que interpretar su estrategia actual. El primero, el Movimiento de Reforma Nacional (MRN-Islah) dirigido por Abdallah Djaballah, forma parte de la oposición. Durante los últimos meses ha conseguido la aprobación de importantes leyes, entre ellas aquella que prohíbe la importación de bebidas alcohólicas. Por otro lado, el Movimiento Social por la Paz (MSP) cuenta con tres carteras en el gobierno actual. Sin embargo, eso no le impide a su líder, Buguerra Soltani, mantener una postura beligerante hacia el gobierno. Así, Soltani se ha expresado en contra del endurecimiento del estatuto profesional de los periodistas y a favor del levantamiento del estado de emergencia -vigente desde 1992- como elemento esencial para la celebración de elecciones “honestas”. El doble lenguaje, su participación -tanto desde la oposición como en el gobierno- en un sistema desacreditado a ojos de la mayor parte de los argelinos y la falta de un programa definido y realizable restan capacidad electoral a estas dos formaciones “moderadas”.
Nada quiere saber de ellas el antiguo FIS (prohibido como tal en 1992). Diezmado y sin posibilidad de presentarse a las elecciones, el FIS busca su espacio en la escena política argelina. Sus líderes, Abassi Madani (presidente) y Ali Benhadj (condenados a doce años de prisión en 1992 por atentar contra la seguridad del Estado e incitar a la desobediencia civil y a la insurrección armada) salieron de la cárcel en julio de 2003. Sin embargo, pesa sobre ellos una prohibición para realizar actividades políticas, sociales o religiosas durante los próximos cinco años. Además, el otrora temido y temible Madani, el desafiante y temerario líder que declaró la guerra al estado, ha quedado ahora como un personaje sin carisma ni fuerza. Su propuesta para conseguir la paz (basada en conceder la libertad a todos los presos del país) le ha dejado en evidencia.
Pero el FIS tiene aún una carta por jugar. Se llama Ahmed Taleb Ibrahim. Diplomático de carrera, este antiguo ministro de Exteriores famoso por su carácter ultraconservador, saltó al escenario político en 1999 (después de 10 años de ostracismo) para disputar las presidenciales contra Buteflika. A pesar de que en el último momento se retiró, Ibrahim consiguió más de un millón de votos. Ahora, pretende formar un nuevo partido (Wafa, constituido por ex dirigentes del FIS) y concurrir a las presidenciales. Su estrategia está bien definida: conseguir ser la opción islamista más votada y forzar una segunda vuelta en la que la movilización del voto islamista -radical y moderado- pudiera darle la victoria.
Desintegrado el FIS, la única organización
islamista armada (amén de grupúsculos del Grupo Islámico
Armado) es el Frente Salafista de Predicación y Combate. Sus acciones
terroristas les califican por sí solas. A pesar de su debilidad y de
su escasa infraestructura, son capaces de mantener la inestabilidad y el terror.
Sólo durante el mes de diciembre más de treinta personas (entre
ellas 22 terroristas) han muerto en Argelia.
Hartos de violencia y muerte, los argelinos han dado la espalda a estos grupos
terroristas y su base social ha disminuido de manera considerable. No ha ocurrido
así con el islamismo como opción política. La corrupción
generalizada, la violación de los derechos humanos por parte de las
fuerzas gubernamentales, el estado de emergencia y la ausencia de libertades
y, sobre todo, las desigualdades sociales crean un fuerte sentimiento de rechazo
hacia la clase política y abren un nuevo espacio al radicalismo. Tan
sólo un dato: el 80 por ciento de los menores de 30 años se
encuentran en paro y más de dos tercios de la población vive
por debajo del umbral de la pobreza.
El islamismo ha lanzado su envite. Queda por ver cómo se articula y cuál es el resultado. En cualquier caso, el avance de cualquier fuerza política islamista es tan perjudicial como el mantenimiento de la clase política actual, caracterizada por su incompetencia y falta de respeto de los derechos humanos.