¿Conflictos o terrorismo?
Después del 11 de septiembre hay una tendencia a interpretar en clave de terrorismo conflictos que tienen otras raíces y motivaciones y que llevan años o incluso décadas en marcha.
Mabel González Bustelo (AIS)
Analista del Centro de Investigación para la Paz (CIP-FUHEM)
Fecha Publicación:
24 de febrero del 2005
Desde Filipinas a Colombia, pasando por Indonesia, la República Democrática
del Congo, Darfur (Sudán) o incluso los movimientos de reivindicación
indígena en América Latina, muchos países y regiones
del mundo han pasado a ser, especialmente en documentos oficiales o no oficiales
de EEUU, focos potenciales del llamado «terrorismo global». De
este modo, los problemas de fondo de los Estados (o para-Estados, como Chechenia
y Kosovo) que han tenido o tienen conflictos armados o alta violencia social
desaparecen detrás de la guerra contra el terrorismo.
El modelo empezó en Afganistán después del 11-S. Sus componentes eran un Estado frágil en el que un grupo fundamentalista islámico, los talibán, alcanzaron el poder y establecieron vínculos ideológicos, económicos y militares con Osama bin Laden y la red Al Qaeda. Esta situación era especial, pero tras los ataques terroristas en Indonesia, Kenia, Marruecos y España se convirtió en una fórmula interpretativa aplicada a otros lugares. Es un modelo flexible: sirve para explicar que hay Estados y conflictos que se han vuelto parte del terrorismo y que se practica desde ellos.
La distinción entre las guerras y conflictos y el terrorismo, especialmente el llamado terrorismo global, es importante. La mayor parte de los conflictos de la posguerra fría se han producido en Estados frágiles de la franja periférica del sistema internacional. En estos lugares, diversos factores han reducido el peso y la legitimidad del Estado y su capacidad para hacer cumplir la ley. A la vez, el declive económico relacionado con su posición relativa en la globalización ha erosionado o hecho desaparecer la economía formal. Surgen así respuestas de grupos sociales excluidos que usan la violencia como forma alternativa de supervivencia, así como conflictos políticos, sociales e intercomunitarios y formas de economía informal e ilegal. En ocasiones estos grupos se refugian en discursos identitarios de etnia, raza o religión. En casos extremos, esto deriva en guerra.
30 guerras cada año
Hay actualmente en torno a 30 guerras cada año que se producen en el
interior de los Estados. Se trata de realidades multidimensionales y complejas
que tienen fuertes vínculos con el sistema internacional mediante la
explotación de recursos naturales (petróleo, diamantes, drogas),
el tráfico de armas y de personas, la corrupción y flujos financieros
ilegales que se blanquean en los mercados internacionales.
En los contextos de fragilidad estatal, donde se combina
la falta de Estado con las economías ilegales y el tráfico de
armas, también es más fácil que puedan instalarse o crecer
grupos terroristas. Identificar los conflictos armados con el terrorismo global
sirve, en cambio, para justificar respuestas de fuerza y para que muchos Gobiernos
justifiquen la represión interna enmarcándola dentro de la «guerra
global antiterrorista».
Colombia es un caso claro. Álvaro Uribe y la Administración
Bush lo han interpretado en clave de terrorismo internacional. Así
no habría un conflicto armado sino un Gobierno legítimo enfrentado
al narcoterrorismo.
El enfoque maniqueo de la actual política internacional no es un marco positivo para la resolución de estos conflictos porque no se enfocan sus raíces estructurales. Se defienden políticas de fuerza porque frente al terrorismo sólo cabe derrotarlo, pero esto puede hacer aumentar las violaciones de los Derechos Humanos y la represión, lo que conducirá a más desintegración.
Hacer frente a la violencia, y también enfrentar de forma eficaz el terrorismo, exigiría atacar la desigualdad, exclusión y ausencia de justicia que les sirven de caldo de cultivo. Esto significa relanzar el debate sobre la necesidad de instrumentos eficaces de protección de los Derechos Humanos; refuerzo de las instituciones de la ONU y fomento de Estados realmente democráticos. En suma, el debate sobre la gobernabilidad global.