Dialogar con el futuro
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Allá por el siglo XIX, el escritor francés Víctor Hugo escribía: “El futuro tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable. Para los temerosos, lo desconocido. Para los valientes es la oportunidad”.
El futuro es algo que hoy no existe. Puede parecer ingenuo pretender dialogar con él. Pero si lo entendemos como la posibilidad que depende de nosotros, ese diálogo se hace necesario y urgente. Y está en el corazón de toda acción evangelizadora.

Vivimos en un momento en el que es difícil prever qué va a pasar mañana en el ámbito político, social y, especialmente, económico. La realidad nos lleva a intentar superar el hoy, esperando a ver qué sorpresa nos trae el día de mañana.
Por otra parte, buena parte de la formación religiosa que nos han transmitido estaba orientada a pensar en un “futuro más allá de la muerte”, ya que esta vida no era más que un “valle de lágrimas”, o “una mala noche en una mala posada”.
En medio quedaba a oscuras, por inalcanzable o desconocido, el futuro más cercano de nuestra vida como personas y como humanidad.
El despertar de la conciencia ecológica y del respeto a la creación ha planteado una serie de preguntas que no podemos eludir. Quizás la más directa es “¿Qué futuro queremos dejar a nuestros hijos y nietos?”.
Ahí encontramos el hueco para dialogar con el futuro como oportunidad.
Nos limitamos a algunas reflexiones desde la fe cristiana.
Dios quiere la vida y la felicidad del hombre
“La gloria de Dios consiste en que el hombre viva”, afirmaba San Ireneo ya en el siglo I. Frente una visión muy extendida de que el hombre debía anularse a sí mismo para poder afirmar a Dios. Ireneo vincula la vida del hombre con la gloria de Dios. Cuanto más y mejor viva el hombre, mayor será la gloria de Dios.
A principios del siglo pasado, el Beato José Allamano fundador de los misioneros de la Consolata, escribía es una carta a sus misioneros en Kenia: “los africanos amarán más una religión que, más allá de las promesas de la vida eterna, los hace más felices sobre la tierra”.
Hemos de desterrar cualquier visión sádica de Dios, como si cualquier tipo de sufrimientos nos diera “puntos para el cielo”, y cualquier planteamiento de que Dios y el hombre son seres en conflicto: Dios quiere, busca y promueve la vida y la felicidad del hombre. Nunca su negación como persona o su sufrimiento.
Vida y felicidad son tareas a construir
La vida y la felicidad no se nos dan hechas. Son tareas y conquistas permanentes. Dependen fundamentalmente de nosotros mismos, del medio que nos rodea, de las personas con las vivimos, de la posibilidad de responder a nuestras necesidades y derechos básicos.
Para un cristiano, y para cualquier persona de buena voluntad, dialogar con el futuro supone transformar el presente para que todo hombre y mujer puede ser, ya a partir de hoy, más feliz y más humano.
Eso se realiza en distintos niveles:
* Cuidar la creación. Nuestra vida y nuestra calidad de vida dependen del medio ambiente. Si seguimos terminando con la tierra nos encaminamos a un suicidio colectivo.
* Respetar los derechos humanos. Se preguntaban nuestros obispos no hace mucho: “¿Qué imagen daríamos de Dios si los cristianos calláramos ante la injusta situación de tantos millones de hombres en el mundo? ¿No facilitaríamos así el ateísmo de tantos hombres de buena voluntad, que no pueden comprender a un Dios que permite que algunos derrochen mientras otros mueren de hambre?”.
* Promover una economía humana. En la que el valor de cada persona esté por encima de la ganancia o cualquier principio económico.
* Defender la libertad. En todos los aspectos, incluido el religioso, como condición para todo hombre y mujer puedan crecer en humanidad.
* Mantener viva la utopía. Sabiendo que utopía es “lo posible aún no realizado”. Y que por tanto “es posible otro mundo” y “es posible otra persona”.
* Abrir a la persona a la transcendencia. Conscientes de que nunca estamos terminados. Siempre tenemos un camino por delante, incluso después de la muerte. Y por eso nunca hemos de perder la esperanza.
Todo esto, y más, forma parte del “diálogo con el futuro” y del compromiso de la evangelización. Para el creyente Dios camina siempre por delante de nosotros invitándonos a dar un paso más.
Nuestro mundo necesita de personas que crean en ese Dios y vayan abriendo camino a los demás.
Ernesto Duque
03/10/2011
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