La cara oculta de la misión

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Normalmente pensamos que la acción misionera en África la llevan adelante sacerdotes, religiosos, religiosas, laicos y ONG llegados de países del Norte.
Con frecuencia nos olvidamos que gran parte del trabajo está en manos de sacerdotes, religiosos, religiosas, ministros, catequistas africanos… aunque sabemos que existen.
Lo que casi nunca tenemos en cuenta es el papel que juegan los laicos de las comunidades cristianas, muchas veces sin gran formación y sin títulos… pero con una profunda fe y una vocación evangelizadora. Desde su sencillez tiene la posibilidad de llegar a muchas personas a las que otros no llegaríamos.
Éste es el testimonio de Metrina, una madre de familia de Kenia… Quizás nos parezca muy “simple”, pero posiblemente llegue más al corazón de la gente de su pueblo.
Su experiencia, desde la pobreza, nos puede ayudar a comprender que nuestro compromiso misionero no pasa por cosas muy complicadas y a valorar el trabajo de los “últimos” en la Iglesia.

 


Me llamo Metrina Wuafula Changalva; nací en 1973 en el seno de una familia polígama y soy la cuarta de cinco hermanos de una misma madre. Provengo de Westen Province, que está cerca a Chebukwa, ciudad natal del fallecido Cardenal Otunga.

 

Mi padre tenía seis mujeres y muchos hijos, mi madre era la segunda mujer. La realidad de una familia polígama, unida a otros aspectos culturales, lleva consigo varios problemas. Y uno de ellos es el de la educación de los hijos, que para nosotros era un sueño casi imposible. Con todo, conseguí estudiar hasta el grado superior, dejando después la escuela y trabajando como criada para ayudar a mi hermana mayor que estudiaba gracias al apoyo económico de un tío nuestro, que se preocupó de nuestra situación.


Mi hermana completó sus estudios en 1992. Y me sustituyó en el trabajo para así yo poder estudiar en una escuela profesional a nivel universitario y especializarme en costura, punto y arte culinaria. Terminé mis estudios superando brillantemente los exámenes hasta el punto que fui considerada una de las mejores estudiantes de esa universidad. Llegué a salir en los periódicos locales.


Por aquel tiempo conocí al hombre que actualmente es mi marido. Él trabajaba como guardia de seguridad en el “Hospital Nazareth” de las Misioneras de la Consolata. Nuestro matrimonio se celebró en la capilla de las misioneras ancianas, preparándonos anteriormente con el cursillo de novios que lo impartió la Hna. Marcolina Sales. Estaban presentes a la ceremonia mi hermana y unos pocos parientes junto con algunos maestros y Hermanas de la Consolata del colegio Nazareth. Fue un día maravilloso y agradecí el sencillo refresco que la Hna. Marcolina preparó para nuestros invitados.


Al año siguiente, después del nacimiento de nuestro primer hijo, conseguí trabajo, primero como aprendiza y después como maestra cualificada en el “Allamano Children Hope School”, una escuela para niños pobres, iniciada por la Hna. Marcolina y hoy llevada adelante por las Misioneras de la Consolata junto con algunos maestros del lugar.


Apenas iniciado mi trabajo, me di cuenta de los muchos desafíos a los que están expuestos los niños pobres de esta zona de Kenia. Al mismo tiempo he descubierto mi pasión y vocación de ayudar a estos jóvenes, educándolos y haciéndome cargo de ellos como una madre y no solo como una maestra.


Intento aliviar las dificultades y frustraciones que han marcado y marcan la vida de muchos de ellos y me preocupo de formarles como personas integralmente. A los padres de los chicos les ofrezco mis servicios de consejera y guía espiritual a partir de mi experiencia. Del mismo modo acompaño a chicas a partir de los diez años. Busco también ayudar a las jóvenes que son violadas por sus familiares o vecinos y de consolar aquellos jóvenes que son desatendidos por sus familias.


Me encuentro con situaciones muy dolorosas y con frecuencia marcadas por viejas tradiciones culturales que cuesta superar. En este tipo de trabajo encuentro muchas dificultades y desafíos, pero con la ayuda de Dios, unida a mi firme determinación, consigo superarlas y seguir adelante.


Mi aspiración es la de ser una fuente de esperanza para todos aquellos que la han perdido e iluminar los momentos de oscuridad en la vida de estos muchachos.


Agradezco a Dios que me ha bendecido con cuatro hijos: tres chicos y una chica. Agradezco también a todas aquellas personas que me han ayudado en mi vida, especialmente a las Misioneras de la Consolata. Le pido al Señor que abra caminos a todos aquellos jóvenes que ha acercado a mi vida, para que puedan crecer espiritualmente y moralmente como personas integras y honestas. Y que sus padres superen viejos prejuicios.


Creo en un Dios que cree en nosotros y nos llama a crecer como personas. Para mí, vivir la fe es hacer presente este mensaje.


 

Metrina Wuafula Changalva

03/10/2011