Iglesia local e Institutos misioneros
Una historia de encuentros y desencuentros
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Pablo VI, en ya lejano 1975, escribía: “Evangelizar constituye la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar”. Lo hacía en su exhortación sobre “la evangelización en el mundo actual”.
En 1990, Juan Pablo II afirmaba en la encíclica “la Misión del Redentor”: “La formación misionera del pueblo de Dios es obra de la Iglesia local con la ayuda de los misioneros y de sus institutos, así como de los miembros de las Iglesias jóvenes. Esta labor ha de ser entendida no como algo marginal, sino central en la vida cristiana”.
Son dos frases donde la Iglesia está llamada a reconocerse en la razón de su ser y la finalidad de presencia en nuestro mundo.

Dentro de la comunidad eclesial, los Institutos misioneros nos sentimos especialmente identificados en nuestro motivo de existir en estas afirmaciones del magisterio.
De hecho, buena parte de los Institutos misioneros nacimos en el ámbito de una Iglesia local, de una diócesis, y surgimos como la expresión práctica de la inquietud misionera de esa Iglesia diocesana.
Muchos de nuestros fundadores eran sacerdotes diocesanos que, contando con el apoyo de sus obispos, buscaron cauces para que esa inquietud misionera se hiciera realidad.
Recordemos que eran tiempos en los que no faltaban las vocaciones religiosas y sacerdotales.
El gran auge misionero en la Iglesia se dio a finales del siglo XIX y principios del siglo XX. En aquel tiempo la comunicación con los misioneros que se enviaban a África, América y otros continentes era muy complicada.
Faltaban muchos años para la aparición de internet y otros medios de contacto. Los misioneros quedaban aislados de sus diócesis de origen.
Eso llevó a que la Iglesia, para garantizar la regulación y continuidad en la misión, fue imponiendo que los sacerdotes diocesanos en países de misión se organizaran en Institutos misioneros, asumiendo el modelo de las Congregaciones religiosas.
La nueva realidad suponía que ya no estaban atados a una diócesis. Dejaban de depender de un obispo para hacerlo de un superior religioso. Sus miembros provenían de distan diócesis, más tarde de distintos países y con el tiempo se fueron sumando los laicos misioneros.
El proceso implicaba una mayor independencia de los nacientes Institutos misioneros respecto a las Iglesias locales.
Nuevos cauces
No por ello las Iglesias locales perdieron su protagonismo en la misión universal. Así nacieron nuevas formas jurídicas que ampliaban la diversidad de la misión.
Así fueron naciendo el IEME en España, el PIME en Italia, los sacerdotes Fidei Donum, y otros que se constituyeron en asociaciones de sacerdotes diocesanos para la misión ad gentes, con unas reglas y normas, pero sin dejar de ser sacerdotes diocesanos. Todos ellos pudiendo hacerlo por unos años o si quieren de por vida, pero sin dejar de ser diocesanos.
Últimamente, han nacido lo que se ha dado en llamar los hermanamientos de una Iglesia local, de antigua raigambre con una Iglesia local joven. Donde participan sea sacerdotes de la diócesis por unos años, y a veces, también laicos.
Todo esto es expresión de la viveza actual del Espíritu en su Iglesia, a pesar de estos “tiempos recios” para la Iglesia en algunas partes del mundo.
El difícil camino de la comunión
El proceso tendría que haber sido un enriquecimiento en la diversidad de la misión, vivida como comunión.
Pero en la Iglesia, como en cualquier institución los procesos de cambio son ambiguos y crean conflictos.
El problema surge cuando en algunas Iglesias locales, tanto de vieja raigambre como jóvenes, por tener a sus propios misioneros, (diocesanos) empieza a soportarse o a aceptar, sin calor e interés a los Institutos misioneros.
Nacen una serie de acusaciones de un lado y de otro, a veces de una manera subliminar y otras abiertas.
Entre ellas podemos señalar:
Por parte de la iglesia local:
* Ya tenemos a nuestros misioneros (diocesanos).
* Hay escasez de vocaciones en la diócesis, no os la vais a llevar vosotros.
* Aportáis lo especifico vuestro, y eso son dos campañas al año, se os llama cuando os necesitamos.
* No tenéis raíces en la diócesis, vais a lo vuestro.
* No os sentimos como algo nuestro, ni enraizado en la diócesis.
De otro lado los Institutos misioneros:
* Las diócesis nos acogen y dejan trabajar sólo cuando a ellos les interesa.
* Nos sentimos usados, incluso si somos admirados y queridos por la gente.
* A pesar de los esfuerzos no entra en los planes de pastoral diocesana la dimensión misionera “ad gentes”.
* En los planes de formación diocesana no se cuenta con los Institutos misioneros para integrar la dimensión misionera “ad gentes” aunque sea de manera trasversal.
* No se nos hace sentir parte de la diócesis.
A causa de esta situación se nota un cierto malestar de un lado y otro, no en todas la diócesis, ni en todos los Institutos misioneros, pero sí que se dan más de lo deseado dificultando la colaboración en un trabajo que ha der ser común.
Pasos esperanzadores de cara al futuro
Ante esta realidad se están dando pasos hacia una nueva relación esperanzadora y una mayor cooperación entre Iglesias locales e Institutos Misioneros.
Algunos ejemplos ya presentes en diversas diócesis y arciprestazgos:
* Los delegados de misiones son miembros de los Institutos misioneros aportando su experiencia.
* Los Institutos están colaborando en muchas delegaciones diocesanas que están en consonancia con su carisma: misiones, emigración, ecumenismo, juventud, etc.
* Participación conjunta en las programaciones de las delegaciones diocesanas.
* Algunos Institutos misioneros han asumido en ciertas diócesis alguna parroquia de periferia y entre emigrantes y otros están en algunas parroquias como coadjutores o agregados, lo que supone una mayor integración en la pastoral local.
* Participación y colaboración en las escuelas diocesanas de teología para seglares.
Estos signos de esperanza, de colaboración y participación entre Iglesias locales e Institutos misioneros son el reflejo de la comunión y el enriquecimiento mutuo que se ha de dar entre ambas instancias eclesiales, como decía Juan Pablo II en la encíclica Redemptoris Missio: “Que los I.M. se sientan parte activa de la comunidad eclesial y que actúen en comunión con la misma. De hecho, “todos los institutos han nacido por la Iglesia y para ella; obligación de los mismos es enriquecerla con sus propias características en conformidad con su espíritu peculiar y misión específica”, y los mismos obispos son custodios de esta fidelidad al carisma originario”. (R.M.66).
En definitiva, la necesaria comunión en la misión universal nacerá cuando nadie olvidemos que “la Iglesia está efectiva y concretamente al servicio del Reino”. (R.M.20).
P. Manuel Loro Jover
03/10/2011
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