Jesús y el Reino en la misión
de la Iglesia primitiva

La misión cristiana primitiva estaba centrada en la persona misma de Jesús.
Era un mensaje difícil de aceptar.
Lo que Jesús dijo e hizo sacudió a todos sus contemporáneos.
Habrían comprendido y tolerado a un asceta que diera por perdido el mundo. Habrían entendido y tolerado a un profeta apocalíptico que viviera en función de la esperanza y totalmente indiferente a los asuntos del mundo... Habrían entendido y tolerado a un fariseo que urgentemente llamara a la gente a aceptar el Reino de Dios aquí y ahora en obediencia a la ley, para participar en ese Reino futuro. También habrían podido comprender y tolerar a un realista o un escéptico con convicciones firmes y ambos pies en la tierra que se declarara agnóstico en términos de cualquier expectativa futura.
Pero no podían comprender a un hombre que afirmaba que el Reino de Dios llegaba a las personas por medio de lo que Él mismo decía y hacía; que sanaba a individuos, pero rehusaba poner fin a la miseria de la lepra o de la ceguera en general; que hablaba de destruir el antiguo templo y edificar uno nuevo, pero ni siquiera boicoteaba el culto en Jerusalén; y, sobre todo, que hablaba de la impotencia de los que solamente pueden matar al cuerpo al tiempo que se negaba a expulsar a los romanos del país.

Elaborado por P. Vicente Pellegrino

Publicado el 01 de octubre de 2007



Una misión política y revolucionaria
La misión cristiana primitiva, juzgada en términos de las alternativas que ofrecía, fue a todas luces política y revolucionaria. De distintas maneras los cristianos confesaban a Jesús como Señor de todos los señores. No se puede concebir una afirmación política más revolucionaria, bajo el imperio romano de los primeros siglos de la era cristiana, que semejante declaración.

La naturaleza revolucionaria de la misión primitiva se manifestó, entre otras cosas, en las nuevas relaciones que se formaron en la comunidad. Judío y romano, griego y bárbaro, esclavo y libre, rico y pobre, mujer y hombre aceptaban al otro como hermano y hermana.

Fue un movimiento sin analogía, una verdadera imposibilidad sociológica. No es de extrañar que las primeras comunidades cristianas causaran tanto asombro en el imperio romano y fuera de él. El actuar y la manera de pensar de los cristianos simplemente no cabían en el marco de referencia de muchos de los pensadores del tiempo. Recordemos también que durante el primer siglo los cristianos recibieron más críticas por razones sociales que políticas. Únicamente cuando los cristianos comenzaron a asumir una identidad distinta – la de un poderoso movimiento – se tomaron medidas políticas en su contra.

Su manera de preservar el mundo consistía fundamentalmente en su práctica de amor y servicio hacia todos.

Este “evangelio de amor y caridad” fraguado en el compromiso con los pobres, huérfanos, viudas, enfermos, mineros, prisioneros, esclavos y viajeros fue el lenguaje que revolucionó el mundo pagano. Fue un “evangelio social” en el mejor sentido de la palabra y no se practicó como una estrategia para atraer adeptos a la iglesia sino como una expresión natural de la fe en Cristo y una imitación de lo que Él había hecho.

La misión de los primeros cristianos no alcanzó ninguna utopía y tampoco pretendían hacerlo. Su invocación “¡Marana tha!” (¡Ven Señor!) expresaba una intensa esperanza todavía por cumplirse. La injusticia no se había desvanecido, la opresión todavía no se había eliminado, y la pobreza, el hambre e incluso la persecución seguían formando parte de la vida cotidiana.

Lo mismo había sucedido con el ministerio terrenal de Jesús. No sanó ni liberó a todos los que se le acercaron. De ninguna manera el paraíso terrenal empezó con Él, y lo que sí logró lo llevó finalmente a la cruz. Por medio de Él el Reino de Dios penetró en el reino demoníaco, pero no completó definitiva y universalmente su obra allí.

Lucha y martirio
Jesús había establecido señales que demostraban la cercanía del Reino y el comienzo de la lucha con los poderes y potestades de este tiempo.

A través de su ministerio terrenal, su muerte y resurrección y por medio del derramamiento del Espíritu Santo en el día de Pentecostés, las fuerzas del mundo futuro comenzaron a irrumpir. Pero también irrumpieron las fuerzas contrarias –las fuerzas destructivas de alienación y rebelión humana– e intentaron impedir la irrupción del nuevo mundo de Dios. El reinado de Dios no vino en toda su plenitud.

La Iglesia primitiva continuó el ministerio de Jesús en el sentido de plantar señales del incipiente Reino de Dios. Los cristianos no habían sido llamados a algo más que erigir signos, pero tampoco a nada menos.

Según Lucas, en la presentación de Jesús a Dios en el templo de Jerusalén, el anciano Simeón lo bendijo diciendo a María: “He aquí, éste está puesto como señal que muchos rechazarán “(Lc 2, 34). Así que las señales erigidas por Él, y aún la señal de su misma persona, fueron ambiguas y controvertidas. Fue imposible convencer a todos de la autenticidad de Jesús.

Realizó su ministerio en debilidad como si estuviera bajo una sombra. Sin embargo ésta es siempre la manera en que se presenta la misión auténtica: en debilidad, como dice Pablo desafiando toda lógica: “Cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor 12,10). Los discípulos identificaron al Jesús resucitado por las marcas de su pasión (Jn 20, 20). El Señor resucitado todavía carga en su cuerpo las cicatrices de su pasión. La palabra “testigo” en griego es martis, de la cual viene nuestra palabra “mártir”, porque en la iglesia primitiva el martis muchas veces tenía que sellar su martyria (testimonio) con su sangre. El martirio y la misión se pertenecen. El martirio se siente en casa en el campo de la misión.


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