Qué significa pensar
Norberto Alcover
Publicado el 01 de
octubre de 2007
En una conversación entre Emilio Lledó, maestro entre los maestros, y su joven colega Carlos García Simón, publicada en EL PAÍS este pasado verano, decía el filósofo maduro que el pensamiento debe ser maduro, que el pensamiento debe ser intempestivo, en el sentido un tanto inesperado de que “lo intempestivo es lo que no se puede pensar, y puede que nunca se pueda pensar. Niestzsche nunca se podrá pensar del todo”.
Seguramente,
Lledó establecía una soterrada relación entre el oficio
del pensador y el del creyente: ambos tienden a relacionarse con una realidad
que les sobrecoge y, por explicarlo de forma asequible, se les echa encima
sin poder evitarlo, intempestivamente. Pero una vez que esta realidad se les
ha echado encima, jamás podrán quitársela de en medio
en su vida porque ya formarán parte de la misma. Como si lo llegado
intempestivamente se convirtiera en algo personal, consustancial, propio.
Una reflexión no menos ineludible
Tras tantos años enfrentados al enigma de la miseria del mundo, parece
que nos hemos habituado a esta miseria: ha dejado de resultarnos intempestiva,
en palabras de Emilio Lledó. Ya no se trata de una realidad que nos
sobrecoge como algo absolutamente inesperado, desconocido y apabullante, porque
de tal forma es parte de nuestro imaginario social que, ahora ya, apenas le
dedicamos tiempo relevante a “pensarla en cuanto tal”: forma parte
de esta zona de la sociedad más allá del interrogante, casi
una fatalidad instaurada en un planeta de ricos y de pobres, de poderosos
y de indigentes, de libres y de esclavos. Si lo intempestivo llegaba a formar
parte de nosotros mismos porque nos golpeaba hasta hacernos sangrar, la miseria
humana forma parte de nuestro ser social porque en absoluto nos inquieta.
Tres ejemplo lacerantes
Turismo extranjero, en particular el turismo español que persigue cubanitas
y cubanitos como tarea sexual. Pero nos hemos acostumbrado a la situación
de Cuba. En todo caso, pensamos/imaginamos que Raúl Castro enderezará
las cosas un tanto mejor que su hermano enfermo, ése Fidel al que todos
los demócratas europeos aplaudimos hace años y que se ha transmutado
en un dictador implacable. Pero no movemos un pelo a favor del cambio cubano.
Que todo siga su curso, en paz, sin aspavientos. Exactamente lo mismo que
las potencias europeas hicieron con la España de Franco. Melancolías
de unos demócratas de pacotilla. Nada más.
China organizará los Juegos Olímpicos de 2008. Mientras tanto, unas 1.500 personas son ejecutadas anualmente por las autoridades chinas y existen campos de reclutación para los ciudadanos disidentes, además de un sistema abortista estatal que hunde en la miseria moral a las mujeres del nuevo imperio del sol asiático. Algunas voces claman contra esta esquizofrenia occidental, pero pocas, esas ONG que cada vez más se parecen a la mosca impertinente del ganado, que pica siempre donde más escuece, pero que, a fin de cuentas, forma parte del conjunto. De vez en cuando se le espanta. Y nada más. Y es que China es el gran negocio del momento para todos. Y a todos nos gusta comprar en los supermercados chinos, tan baratitos y tan a mano. Qué gusto.
Darfur es un semillero de asesinatos en estado puro y duro. Es un genocidio larvado so capa de guerra civil. Ahí está, en esa África perdida una vez más para las conciencias europeas y norteamericanas, es cierto que con un mandato de la ONU para aumentar las tropas de intersección en la zona. Punto. Si mueren algunos africanos más, pues paciencia. Y es que son como son. Imposibles. Hablamos y mueren. Condenamos y mueren. Determinamos y mueren. Darfur es Darfur y nosotros estamos donde estamos. Digamos lo que digamos, la muerte ajena sigue sin ser nuestra propia muerte. Y un niño africano esparcido por las calles de Darfur nunca será lo que una niña europea secuestrada por cualquier perturbado. Nunca jamás.
Qué significa pensar
Pensar significa, recogiendo las palabras de Emilio Lledó al joven
García Simón, convertir estos ejemplos en materia intempestiva,
como si nos parecieran tan novedosos que nos resultara casi imposible encajar
su existencia, como si su naturaleza nos superara. Pensar la miseria del mundo
en que vivimos debiera ser algo tan sorprendente que nos obligara a permanecer
en el silencio, abstraídos ante la brutalidad del notición por
el que llegamos a conocer que unos hombres abusan de otros hombres, y llegan
a matarlos o permiten que mueran como si tal cosa. Pensar la miseria del mundo
en que vivimos debiera ser una incorporación de esa misma miseria a
nuestra propia vida en función del trallazo experimentado al conocer
su auténtica naturaleza. Ni más ni menos.
Esta sociedad nuestra , tan vulgar, tan de escaparate, tan de spot publicitario, lo convierte todo en cosa sabida y para nada sorprendente. Todo está previamente incorporado a nuestro paradigma materialista, en el que el dolor humano y su consecuente miseria nada cuenta. Pensar hoy día significa dejarnos sorprender por la realidad de tal manera que nos resulte intempestiva, lacerante, inaguantable. Hasta el punto de convertir nuestra sorpresa en acción comprometida. Porque de lo contrario, estamos siendo tan responsables de la miseria que nos rodea como los asesinos a sueldo en las películas de gángsters. Una indignidad para seres tan civilizados como nosotros.