Ateo de la globalización

Publicado el 01 de octubre de 2007

Por J. Altavista

Me acuerdo que hace unos años eran casi un elemento decorativo por las calles que les daban colorido. Me refiero a los inmigrantes. Hoy son una realidad mayoritaria en mi barrio y en el colegio de mis hijos. Tampoco faltan, aunque sean menos, en mi trabajo. Y los colores, las lenguas, las culturas se han multiplicado. Es una realidad que está ahí, pero la convivencia es un proceso largo y con frecuencia complejo.

El primer paso fue dejar de considerarlos algo decorativo para empezar a verlos como personas, con sus derechos y deberes.

Luego vino el superar estereotipos y prejuicios, como pensar que todos los islamistas eran posibles terroristas, que quienes venían del este de Europa eran delincuentes mafiosos y tantos otros que debemos en buena parte a la forma de dar las noticias los medios de comunicación social.

El siguiente paso fue aprender a convivir con ellos; eso sí, cada uno tenía su espacio y uno procuraba que los espacios no se mezclaran.

Y la realidad impuso dar otro paso más: empezar a relacionarnos con ellos, superando nuestro complejo de superioridad y descubriendo que todos podemos aprender de todos.

Cuando hablamos de que vivimos en una sociedad intercultural, estamos diciendo que no sólo vivimos culturas distintas, cada una en su gheto, sino que podemos entablar un diálogo que nos enriquece mutuamente.

Intento ese diálogo, pero confieso que encuentro muchas dificultades.
Por ejemplo me he dado cuenta de que los europeos somos tremendamente cerebrales y racionales. De un principio general sacamos las conclusiones para las situaciones concretas. Y ahí chocamos con la forma de pensar de gran parte de los latinoamericanos. Son mucho más emocionales; el corazón pesa más que la cabeza, de lo concreto van a lo general. Son dos formas de pensar con direcciones opuestas que a veces chocan.

Con los norte-africanos (en su mayoría musulmanes) son tantos los prejuicios que, con frecuencia, damos por inútil el intento de dialogar antes de intentarlo.

Los que vienen del África negra (los que llamamos subsaharianos) provienen de cientos de culturas distintas. Cuando hablo con ellos, frecuentemente su forma de expresarse y razonar me hace pensar que van dando vueltas en círculos. Poco que ver con nuestro pensamiento lineal. Confieso que me cuesta comprender si esas vueltas son cada vez una repetición de la anterior o avanzan como una espiral, y no es raro que llegue un momento en el que me sienta perdido.

Con quienes vienen del oriente asiático, casi no he dialogado. Mi sensación es que viven en un mundo cerrado en sus supermercados, tiendas, restaurantes… y son una permanente incógnita.

Frente a lo que es mi experiencia diaria, cualquiera que haga un análisis del mundo actual pondrá como elemento central la globalización; la afirmación de que vivimos en una gran aldea mundial. Y lo justificarán con el avance de Internet, y la universalización e inmediatez de la información y la opinión.

Me declaro “ateo de la globalización”. No creo en ella. La diversidad en nuestro mundo, en nuestro país, en nuestro barrio, en nuestras escuelas… es cada vez mayor.

Estoy empezando a pensar que eso de la globalización es el invento de unos pocos poderosos que quieren imponer su forma de pensar a todos como si fuera la única.

Prefiero la diversidad, aunque sea difícil, y apuesto por el diálogo intercultural frente a toda forma de uniformarnos desde el poder político y tecnológico.

 

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