Pigmeos

Misión entre los refugiados

Andrés García

Pasar de trabajar en un campo de refugiados en África a trabajar en una ciudad como Madrid, no es fácil.
Es el camino que le tocado hacer a la hermana Marisa Soy, misionera de la Consolata, nacida en la provincia de Corrientes (Argentina) y que desde hace unos meses se encuentra entre nosotros para trabajar en la Animación Misionera.
En estas líneas nos cuenta algo de su experiencia.

Publicado el 01 de octubre de 2007

A los veinte años conocí a las misioneras de la Consolata que me cautivaron por su alegría y celo misionero. Desde entonces, formo parte de esta familia religiosa misionera.

Terminado el tiempo de formación, estuve trabajando en Argentina durante unos años. En 1990 abrimos, con otras tres hermanas, la misión en Poopó, situada en el altiplano boliviano, en la diócesis de Oruro. Allí compartí la vida dura de los mineros (que “sobreviven” con seis dólares al mes) y el camino de la iglesia local, en el acompañamiento de los jóvenes y comunidades campesinas.

Bolivia me abrió al fascinante y olvidado mundo aborigen, con su respeto a lo sagrado en la naturaleza, especialmente a la “pachamama”, madre tierra y todo lo que de ella proviene. Pensaba que transcurriría allí muchos años, pero el Señor me cambió los planes, llamándome a otro continente: África.

...a Liberia
Después del estudio del inglés, fui destinada a un pequeño país en la costa oeste africana: Liberia.

Recuerdo que, llegada a Monrovia, la capital, en 1998, el aeropuerto quemado por los bombardeos me introducía en el “paisaje” devastado que habían dejado como secuela 15 años de guerra. Como el desarme no se cumplió, según lo estipulado, grupos de rebeldes comenzaron a atacar los poblados del norte, saqueando y cometiendo toda clase de abusos, de tal manera que la gente se veía obligada a dejar sus propiedades y huir a otros lugares.

En junio de 2003 estos mercenarios llegaron a Monrovia provocando sangrientos enfrentamientos, lo que causó la intervención de las Naciones Unidas (ONU) y el derrocamiento de Taylor. Como nuestras misiones habían sido tomadas por los rebeldes, nosotras vivíamos en la casa central de Harbel, situada en una plantación de caucho a pocos kilómetros de Monrovia.

Entre los refugiados

Una de las experiencias más fuertes en este período ha sido el trabajo con las mujeres desplazadas de los campamentos de Totota. Los refugiados en los tres campamentos de Maimo eran alrededor de 7 mil, hacinados en pequeñas chozas de barro y paja, en donde no podían vivir más de tres personas. La ONU les había provisto de nylon para cubrir los techos en tiempo de lluvia.

Esta gente hacía tres años que vivían en esas condiciones y no veían la hora de volver a Lofa, su lugar de origen. “En Lofa, me decía una mujer, hemos dejado todo: nuestras casas, campo, con abundancia de aceite de palma y toda la riqueza natural del bosque, para venir a vivir aquí de la comida extranjera que nos reparten”. Y esto porque en los campamentos, la Organización de las Naciones Unidas para la agricultura y la alimentación (FAO) repartía raciones de polenta y trigo que los liberianos no están acostumbrados a comer, y ni siquiera lo saben preparar.

Colaborando en un proyecto que el Servicio de los Jesuitas para Refugiados (JRS) trabajábamos preparando a las mujeres con cuatro cursos que les dieran una salida laboral: cocina, costura, pintado de telas y preparado de jabón. Si bien para llegar al campamento teníamos que hacer unos 135 kilómetros, lo asumimos con tal de acompañar a nuestras mujeres más necesitadas.

Cada trimestre, teníamos alrededor de cien mujeres, alrededor de unas treinta por curso, en su mayoría madres de familia, algunas muy jóvenes. Todas venían con profundas heridas, con horrendas historias de pérdidas de seres queridos, matanzas, abusos sexuales…

Recuerdo a Yanyi que me contaba llorando: “después que los rebeldes abusaron de mis dos hermanas menores frente a mí, me obligaron a desnudarme y tirarme boca abajo en el suelo. Luego, ellos pasaban uno por uno, caminando sobre mi cuerpo, burlándose… ¡nunca en mi vida me he sentido tan humillada!”.

La salud era otro problema a enfrentar. Si bien el campamento contaba con la presencia de Médicos sin fronteras, la atención dejaba a veces mucho que desear. Las ambulancias para transportar los pacientes a los hospitales de Monrovia, eran usadas sólo para casos de emergencia, y así muchos quedaban excluidos de los tratamientos.
La cercanía personal

El acompañamiento personal y la oración grupal eran parte diaria de la formación integral de nuestros cursos. Todos los días las mujeres nos esperaban al ritmo de tambores para la oración. La enriquecíamos tomando las historias de mujeres en la Biblia, animándolas a seguir su ejemplo de fe y coraje. Como el 90% de las mujeres eran analfabetas, JRS ofrecía cursos gratuitos en las dos escuelas de la aldea. Al inicio no veían necesidad de aprender, pero cuando se daban cuenta de los beneficios que traía, se entusiasmaban.

Recuerdo a Miti que me decía: “desde que estoy aquí he aprendido muchas cosas que en mi pueblo no sabía ni siquiera que existían por ejemplo cuando huíamos de los rebeldes, después de haber caminado muchos kilómetros atravesando la selva, nos encontramos con la carretera pavimentada. Como nunca la había visto, me descalcé como lo hacemos cuando entramos en las casas. Ahora que sé leer y escribir puedo pensar con mi propia cabeza”.

Al final del trimestre, recibían el diploma y los elementos necesarios para empezar a trabajar. Era un día de fiesta para todos. Nosotras terminamos nuestro contrato con JRS a mitad del 2004. Poco después, la ONU dio el permiso a los desplazados para volver a sus tierras acompañándolos en sus camiones. También para nosotras llegó el momento de retornar a nuestra misión de Ganta.


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