Del decreto del Rey a la ciudadanía Ética
La delicada tarea de construir una ética civil
Miguel Ardanaz Ibáñez
Cuentan que un rey obsesionado con los conceptos de verdad
y mentira, impuso un decreto en su país por el cual todo aquel que
no dijera la verdad sería ahorcado. Un santo un poco loco se presentó
un día al rey y le dijo:
- Majestad, según tu decreto hoy me ahorcarás.
Y riéndose a carcajadas se marchó.
El rey se quedó consternado. Si lo ejecutaba, estaría matando
a alguien que dijo la verdad, pero si no lo hacía dejaría con
vida a alguien que había mentido.
Inmediatamente derogó el decreto.
Publicado el 01 octubre
de 2007
Ese
debatir, hablar, dialogar los valores y consensuar alguno de ellos, es en
torno a lo que se articula la llamada ética civil. La filósofa
Adela Cortina la define como “el conjunto de valores y normas que comparten
los miembros de una sociedad pluralista, sea cuales fueren sus concepciones
de vida buena, sus proyectos de vida feliz”. Ésta tiene pues
unas características que en sociedades como la nuestra pueden resultar
llamativas. Veamos algunas:
- Supone que la sociedad no ha de ser confesional. Es decir, no hay un relato único, una respuesta única que viene de fuera, que dogmatiza la sociedad (sea religiosa o no). Es decir, que surge de la racionalidad: lo que pensamos, lo que reflexionamos, lo que intuimos y nos convence “como lo más importante y básico” está en el nivel de la ética cívica.
- Supone que la sociedad ha de ser moralmente plural, o dicho de otra manera, tiene una gran diversidad de proyectos humanos. Esto no significa relativismo, pues que haya pluralidad no significa que todo proyecto sea válido. Encajar esa pluralidad de manera adecuada por parte de cada sociedad es un acto de madurez. Marciano Vidal lo expresa con una correlación interesante: “Mientras que el pluralismo moral expresa la madurez de la libertad, la ética civil pone de manifiesto la madurez de la unidad”. Y lo aclara un poco más: “La libertad es madura si se realiza en la búsqueda del bien social; la unidad sólo tiene sentido si surge del juego libre y democrático”.
- Supone que no tiene porqué haber una ética religiosa. Aunque esto no quiere decir que no la haya. Simplemente remarca que el nivel de la ética civil es el humano, el de la racionalidad. Para los que somos religiosos podríamos decir que es el nivel en el que Dios nos invita a descubrir por nosotros mismos el sentido básico y profundo del ser humano, a la luz precisamente de esa experiencia de Dios. Al considerar que con los que no son religiosos podemos elaborar ese proyecto de ser humano, estamos admitiendo además la presencia de Dios sutil, constante y “todoamorosa” en todos y todo.
Encontrarnos en lo mínimo
Desde esta perspectiva la ética civil sería la convergencia
moral de las diversas opciones morales de la sociedad, el mínimo común
moral de la sociedad. De todo aquello se sigue que una ética cívica
es una ética laica. Maticemos:
- Una ética religiosa es aquella que apela a Dios como referencia indispensable para conformar nuestras decisiones personales y comunitarias.
- Una ética laicista es aquella que exige eliminar lo religioso, por inexistente, de nuestra decisión moral.
- Una ética laica es aquella que no hace
ninguna referencia a Dios para elaborar la moral, ni incluyéndolo ni
excluyéndolo, que puede ser tomada como válida tanto por una
persona creyente como no creyente.
La ética cívica se considera una “ética de mínimos
en el sentido de que es común denominador ético. A partir de
ahí cada persona o grupo humano desarrolla su “ética de
máximos”. Éstas son las que hacen propuestas para una
vida feliz (las de mínimos serían para una vida con justicia).
Sin embargo, que la ética civil sea mínima o de mínimos
no significa que sea siempre la misma. Las sociedades, al igual que las personas
van desarrollando y ampliando esa ética mínima.
La esclavitud: un tema ejemplar
Un ejemplo muy claro es la esclavitud. Hasta hace relativamente poco la esclavitud
era un aspecto de la vida normal y aceptado en nuestras sociedades. De hecho
la moral cristiana ha aceptado y justificado la esclavitud durante más
de dieciocho siglos. San Agustín consideraba que era una consecuencia
del pecado original y Santo Tomás la justificó desde el modelo
de ser humano aristotélico. Personajes muy importantes en la historia,
especialistas en cuestiones de justicia, también le dieron carta de
validez: el filosofo Duns Scoto, el fundador del derecho internacional público
y defensor de los indios Francisco de Vitoria, su compañero en la escuela
de Salamanca Domingo de Soto... Ni siquiera los reformadores Calvino o Lutero
dejaron de justificarla, ni humanistas como el escritor de Utopía,
Tomas Moro o el modernizador Erasmo de Rótterdam...
Cuenta M. Vidal que cuando en 1839 el papa Gregorio XVI preparaba lo que luego sería la carta apostólica In Supremo Apostolatus Fastigio, para condenar el comercio esclavista, quiso citar el testimonio de algún santo y ¡no pudo encontrar ninguno! Con la carta apostólica de León XIII In Plurimis (1888) a los obispos de Brasil para felicitarlos por la supresión de la esclavitud en este país, declaraba ésta “infame y cruel” aunque todavía no era declarada “intrínsecamente mala”. Sólo en el Concilio Vaticano II fue incluida en la lista de “oprobios que corrompen la civilización humana y son totalmente contrarias al honor de Dios” (Gaudium et Spes 2, 7).
Aunque hemos hecho el seguimiento dentro de la moral cristiana, bastante mayoritaria entonces, en la sociedad civil la abolición de la esclavitud siguió un proceso similar y hasta el siglo XIX no empezó a demandarse de manera organizada. Personas menos religiosas y no religiosas empezaron a demandarla pues consideraban que éste era un derecho básico. Personajes como Voltaire, los padres Raynal y Gregoire, de la Sociedad de Amigos de los Negros o en Inglaterra los cuáqueros y los metodistas comenzaron a exigir este derecho a la libertad como un componente básico de la ética civil.
Una ética que se consolida desde abajo
Como vemos son los ciudadanos los que impulsan el crecimiento de estas éticas.
Esto es así porque la ética civil no es una ética del
Estado. Antes hablábamos de las éticas de máximos. En
nuestras sociedades se ha abogado por la privacidad de las mismas, pero esto
no puede ser. Todos estos proyectos públicos para ser felices han de
tener vocación pública, de publicidad, aunque no de estatalidad.
Todas están comprometidas con el proyecto de obtener una sociedad mejor.
Para articular la existencia de esta pluralidad de proyectos, hace falta una
dinámica en la que todos ganemos:
* Las éticas de máximos no han de absorber la ética civil, anulando al resto. Ésta se ha de considerar un patrimonio de todos.
* Los máximos alimentan a los mínimos. De manera procesual, poco a poco, va creciendo la ética cívica cuando las diferentes opciones se van dando cuenta de que tienen en común más de lo que creían.
*Los mínimos purifican los máximos. De esta manera el proceso de desarrollo de los máximos se renuevan y se liberan de caer en la rutina por el paso de años y generaciones.
*Los máximos y los mínimos han de estar lo más cercanos posible. Cuando alguno de los lados se considera autosuficiente hay claros peligros. Las éticas de máximos se separan entonces del bien común (la fuga mundi), y en caso contrario, las éticas civiles pasan a considerarse estatales y tienden a eliminar la pluralidad.
Ética y educación
A nivel educativo esto tiene una serie de consecuencias sobre las que merece
la pena reflexionar. ¿Qué valores podemos educar en sociedad?
Desde diversos ámbitos educativos, y ya en sociedades pluralistas como
las de los últimos siglos, se comenzaron a hacer diversas propuestas:
La primera propuesta tiene que ver con lo que se llama la “clarificación de valores”. Dado el autoritarismo existente hasta entonces, era el método que se consideraba más respetuoso. Se trataba, al estilo socrático, de fomentar en los niños y jóvenes la reflexión sobre los valores que les inculcaban en sus familias y culturas, para que, si así lo decidían, les dieran fundamento sólido o lo rechazaran por sinsentido.
Pero la clarificación por sí sola producía una sensación fuerte de relativismo y subjetividad ajena a la vivencia habitual de la moral. Como alternativa surge entonces el llamado “procedimentalismo“. Este propone que las normas morales y los valores ya existen de manera natural en la sociedad. Lo que quedaría sería elaborar entre todos un procedimiento para validarlas y ordenarlas.
Con este movimiento las sensaciones fueron frías,
en el sentido de que por los procedimientos poca gente se mueve. La ética
nos mueve para hacer un mundo mejor, pero no para hacer un procedimiento.
Hacía falta algo más. En este contexto surge la “educación
para la ciudadanía”. Desde esta perspectiva, la escuela debe
educar los valores de la ciudadanía. Ser un buen ciudadano es algo
que se puede exigir a cualquier miembro de una comunidad política.
¿Pero en qué consiste ser buen ciudadano? Aquí empiezan
los problemas o mejor dicho, la complicación.
La primera complicación es elegir qué
modelo de ciudadanía es el que educamos.
La segunda es tener en cuenta las diferentes dimensiones de la ciudadanía:
legal, política, social, multicultural, diversa.
La tercera es el tema de las fronteras ¿educamos en el patriotismo o en el cosmopolitismo? ¿en lo local o en lo global?
Éstas son complicaciones, pero a la vez preguntas apasionantes, que han de tener respuesta desde nuestra ética civil. Algunos autores estiman que en nuestra sociedad tenemos un problema: “la notable carencia del cañamazo de la ética civil dentro de nuestra historia”. Esto quiere decir que en esta asignatura pendiente hemos de esforzarnos especialmente.
La última pregunta tiene mucho que ver con el mundo de la Misión. Adela Cortina da una respuesta que quizá de sentido a nuestro ámbito y al de los lugares del Sur con los que cooperamos:
“La gran asignatura pendiente consiste entonces en educar en una nueva sabiduría: en el saber armonizar las propias identidades, porque cada ser humano se caracteriza por un conjunto de identidades y sólo si sabe vivirlas de manera armónica puede ser una persona situada, como diría Ortega, “en pleno quicio y eficacia vital”.