El futuro de la misión “ad gentes”
Ernesto Duque
Publicado el 01 de
noviembre de 2007
Hasta hace unos años la misión de la Iglesia entre los no-cristianos, se identificaba con la expresión “las misiones”. Con el Concilio Vaticano II se nos planteó que la “misión” no es tarea de especialistas, que todos los bautizados somos misioneros. Y también que todos, bautizados o no, somos destinatarios de la misión.
Para
distinguir la misión entre los ya cristianos que necesitan una re-evangelización
y la misión que va más allá de las fronteras eclesiales,
culturales o geográficas (lo que antes se llamaba “las misiones”)
se generalizó para esta última el término misión
“ad gentes”.
Por una parte se constataba la disminución de los cristianos y la pérdida de credibilidad de la Iglesia entre las comunidades de vieja cristiandad y en las nuevas iglesias, como ha constatado la reciente Asamblea de Aparecida en Brasil.
Todos teníamos que ponernos en estado
de misión, como misioneros y como misionados. Pero la Iglesia no podía
perderse en su realidad interna. Tenía que ser fiel al mandato de Jesús
de ir a todos los pueblos y culturas.
Ello ha supuesto replantearse el sentido de la misión “ad gentes”.
Antiguamente su finalidad era clara. Se partía de la idea de que “fuera
de la Iglesia no hay salvación” y por tanto había que
“convertir y bautizar a los infieles” para que alcanzaran la salvación.
Al darnos cuenta de que ese planteamiento exclusivista no tenía sentido, porque no respondía al actuar de Dios, hubo que buscar un nuevo planteamiento de “las misiones”. Una tarea aún no concluida.
Dos miradas simultáneas
Al enfocar el sentido de la misión “ad gentes” hoy vamos
recorriendo dos caminos aparentemente contradictorios, pero que en realidad
son dos miradas simultáneas.
Una es mirar hacia el pasado, hacia los orígenes de la misión para no perder su auténtico sentido, desprendiéndonos de añadidos históricos que de alguna manera la deformaron.
La otra es una mirada hacia el futuro. En un mundo que cambia de forma cada vez más veloz, la misión tiene que dar respuesta, desde el Evangelio, a las nuevas realidades que se van presentando.
Recuperar los orígenes
Después de dos mil años, en los cuales se ha interpretado y
leído el cristianismo desde distintas visiones filosóficas y
teológicas, y en contextos políticos y sociales muy diversos,
no es fácil volver a los orígenes. Es mucha la carga histórica
e ideológica que hay que dejar en el camino.
Recuperar la autenticidad de la misión nos obliga a volver a la misión de Jesús de Nazaret, porque ella es la que determina la misión de la Iglesia.
Volviendo al Evangelio recuperamos elementos imprescindibles de la misión, entre otros:
* la finalidad de la misión es anunciar y hacer presente el Reino de Dios, no se trata de transmitir una ideología o una institución;
* ese anuncio sólo se puede hacer desde la debilidad, nunca desde el poder, una debilidad que es expresión del amor de Dios a todos los hombres, buenos y malos, y que a Jesús le llevó a la entrega de su propia vida en la cruz;
* que tiene como destinatarios privilegiados a los más pobres, aquellos a los que la sociedad, la cultura, la economía o la religión aleja más del Reino de Dios;
* una misión que no es tarea de francotiradores, sino tarea de una comunidad; desde el principio Jesús formó un grupo con el que fue llevando adelante su misión y al que confió su continuidad.
Responder a la novedad
El Reino de Dios supone una forma de vivir en las nuevas situaciones que se
van presentando. De ahí la exigencia de la misión para no anquilosarse
en viejos caminos y abrirse evangélicamente a lo nuevo.
Entre otras actitudes, eso supone para la misión “ad gentes”:
* que la misión ha de estar marcada por el diálogo con otros pueblos, culturas, experiencias religiosas... desterrando toda actitud de imposición ya que nadie es dueño absoluto de la verdad;
* hacer partícipes de la misión a todos los miembros de la comunidad cristiana, ya no es una cuestión de “curas y monjas”, las mujeres, los laicos deben tener un papel protagónico, todos tenemos algo que aportar;
* una misión que es diversa; no se pueden aplicar los mimos métodos en cualquier cultura, pueblo o religión, ya que el Reino de Dios tiene algo específico que aportar en cada situación;
* ha de ser, por tanto, una misión inculturada que además de aportar, aprende de aquellos a los que evangeliza y se deja evangelizar por ellos; Dios llega siempre antes que el misionero, y sólo desde ese intercambio se superará el drama de la división entre fe y vida que señalaba hace años Pablo VI.
Tarea de todos
Podríamos seguir. Pero lo importante es saber que el camino está
abierto, la tarea es de todos y cada uno debemos asumir nuestra responsabilidad
Sólo así haremos presente el Reino de Dios en medio de esta humanidad sufriente que espera de nosotros que seamos signo de consuelo y de esperanza.