El silencio de los buenos
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La frase es de Martin Luther King y dice así: “No me preocupa el grito de los violentos, de los corruptos, de los deshonestos, de los sin ética. Lo que más me preocupa es el silencio de los buenos”.
En verdad es preocupante el silencio de los buenos, de aquellos que no actúan y esperan que otros hagan lo que ellos no están dispuestos a hacer. O aquellos que están dominados por el miedo que los paraliza y otros que están sujetos a presiones e intereses políticos y económicos.
Jesús dijo en el Sermón de la Montaña: “Felices los que trabajan por la paz, porque serán reconocidos como hijos de Dios” (Mt 5, 9). Asumir el compromiso de trabajar para construir la paz es el desafío que hoy, en nuestro mundo violento que margina y excluye a dos terceras partes de la humanidad, se nos plantea no solo a los cristianos, sino a todas las personas de buena voluntad.
Es necesario dejar la pasividad, la intolerancia, el silencio cómplice y tener presente que lo que ocurre en cualquier rincón del mundo nos afecta a todos.
Nadie puede lavarse las manos, encerrarse en una caja de cristal como si no tuviera ninguna responsabilidad con lo que ocurre a su alrededor.
No son pocos los medios de comunicación social que, al depender o estar ligados a grupos económicos o políticos, tratan de ocultar buena parte de la realidad que nos rodea. Todo aquello que resulte contrario a los intereses de los grupos que los manejan, los medios de comunicación se encargan de convertirlo en “invisible”.
Así, una pequeña anécdota los medios la pueden convertir en un debate nacional, mientras que la presencia de actitudes xenófobas puede ir aumentando con el silencio cómplice de los medios.
Se nos empuja a que cada uno defienda su pequeño estado de bienestar y nos olvidemos del sufrimiento de millones de personas, en su mayoría niños, condenadas a la pobreza y con frecuencia a una muerte injusta y evitable.
La “crisis” no deja de ser una buena excusa para que aumente nuestra insensibilidad hacia los demás. Nos convertimos en ciegos que solo buscan su propio interés.
Jesús nos llama a vivir en la luz. Él pasó por el mundo viendo el sufrimiento que lo rodeaba. Nunca fue indiferente frente a las personas que sufrían y buscaba el encuentro con ellas. Se comprometía, incluso violando las leyes religiosas, para devolver la vista a los ciegos, la capacidad de andar a los paralíticos, curar a los leprosos, incluso resucitar a los muertos.
Cuando Jesús envió a sus discípulos a continuar su misión les envió a predicar, pero les dijo claramente que esa predicación debía ir acompañada de signos. Esos signos son la preocupación por todos los que sufren y el esfuerzo por aliviar ese sufrimiento. Esos signos son los que dan credibilidad a las palabras de los discípulos de Jesús.
En momentos en los que la Iglesia intenta recuperar su credibilidad es importante que no caigamos en la trampa del “silencio de los buenos”, sino que volvamos a las exigencias del Evangelio y que sean nuestras obras las que hablen de nosotros.
Bernardo Baldeón
04/06/2012
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