Una situación demasiado repetida

Compartir

Los acontecimientos de violencia que estamos viviendo, muchos/as de nosotros/as bien parapetados tras los medios de comunicación; a veces recibiendo versiones diferentes y contradictorias de unos hechos que reproducen, casi a la perfección (una trágica perfección), acontecimientos ocurridos hace miles de años y repetidos una y otra vez hasta hoy: guerra, explotación, miseria, desplazamientos humanos, esclavitud, muerte… Se repiten las situaciones de violencia, de opresión de los pueblos por parte de los déspotas y tiranos de siempre: reyezuelos vendidos a las potencias extranjeras y a sus intereses…


Cuando María de Nazaret era una niña que vivía bajo la constante mirada de una sociedad mísera, encerrada en tradiciones ancestrales, alimentadas por la fe en el Dios único y verdadero: el Dios de los anawin, su vida cotidiana, suponemos -porque en la lejanía de más de veinte siglos todo horizonte real se difumina, y toda afirmación termina por ser “probable”, “posible”-, conocería de cerca el miedo de verse envuelta en las represalias de los poderosos: miedo ante la violencia desatada por aquellos ante los que la vida de los pobres vale nada en absoluto, y su muerte no pasaba de ser, como ahora, una mera “consecuencia lateral”. El mundo de María, la joven nazarena, no fue ajeno a la violencia y a la destrucción social, unas veces por parte del invasor romano y otras por parte de la dinastía de Herodes y sus secuaces.
El relato de Mateo sobre la matanza de los niños en Belem, fuera o no un hecho histórico tal como viene narrado, es un paradigma de lo que las mujeres de todo el medio oriente y el Magreb, pero también de Centro América o México, de tantos otros rincones del mundo africano o asiático, han sufrido y sufren: las mujeres siempre llorado a sus hijos muertos. Ni siquiera lloran por ellas: maltratadas y violadas. María, es la mujer magrebí, iraquí, afgana, guatemalteca, mexicana, palestina o israelí…; la mujer que sigue a su compañero huyendo de una masacre que, por conocida, profetizada, advertida y repetida, no resulta menos escalofriante y terrorífica:


“Entonces Herodes… montó en cólera y mando matar a todos los niños de Belem y alrededores… Así se cumplió el oráculo del profeta Jeremías:
"Un clamor se escucha en Ramá,
llanto y lamento grande,
es Raquel que llora por sus hijos
y rehúsa el consuelo, porque ya no viven"
(Jr 31,15; Mt 2,16-18).

 


Por Trinidad León Martín*

Mercedaria de la Caridad,

Profesora de la Facultad de teología de Granada

 

01/05/2011