Testigos de una vida nueva
Publicado el 01 de mayo de 2010
Demos un paso más: ¿Qué es exactamente lo que transmite el testigo?
¿La experiencia de su encuentro con Dios? No parece posible, al menos
directamente, pues todo encuentro interpersonal es en cuanto tal
incomunicable, intransmisible. ¿Cómo pueden comunicar dos enamorados su experiencia amorosa a un tercero? Lo mismo sucede con la fe. De hecho yo sólo conozco mi experiencia con Dios, mi fe. Creo que también otros viven esa experiencia pero yo no la conozco. Será semejante a la mía pero es diferente, es su experiencia.
Lo único que puede hacer el testigo es sugerir, señalar, atraer, invitar a otros a que hagan su propia experiencia. Y la mejor invitación es presentar la propia vida: una vida atractiva, interesante, una vida nueva, transformada, «salvada». Sin duda, hay modos distintos de vivir la fe y no todos resultan igualmente creíbles, no todos invitan con la misma fuerza. ¿Podemos sugerir el estilo de vida de un verdadero testigo?
Una experiencia de vida
El creyente, enamorado de Dios, no sólo cree. Quiere creer, le gusta creer, le hace bien creer pues experimenta a Dios como «fuente de vida».
Otros entienden y viven a Dios de otra manera; la tradición teológica habla de Dios de diferentes formas. También el testigo conoce palabras, conceptos, símbolos que hablan de diversos aspectos de la Divinidad. Pero lo que va descubriendo cada vez con más realidad es lo afirmado por Jesús: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10).
Su experiencia más decisiva de Dios se puede expresar así: «Estás muy presente en mi vida pero siento con nostalgia tu ausencia; conozco tu presencia inconfundible pero eres un Dios oculto; estás dentro de mí pero me trasciendes. Tú eres mi Dios; más allá de esto no sé nada de ti. Sólo que me amas y me haces vivir. Por eso te busco y te «encuentro en Jesucristo como en ninguna otra parte».
Junto a la experiencia de saberse amado, el creyente vive la experiencia de verse reafirmado en la vida: mi ser vacilante, cambiante y frágil, lleno de miedos, fantasmas e inseguridad, amenazado siempre por la soledad y la decepción, acosado por la humillación y la culpabilidad, sin poder huir del envejecimiento y de la muerte, este ser mío anhelante de vida, en Dios se reafirma en su dignidad, se libera, se encuentra con la vida; Dios me infunde paz, seguridad, comunión, dignidad, libertad, verdad. No son palabras; es experimentar a Dios como un Dios vivo y que da vida. Cuando, de alguna manera, no es experimentado así, Dios se convierte en algo postizo, añadido artificialmente a la vida, alguien del que no se puede ser testigo, sólo maestro, doctor o predicador.
Este Dios no me pide apartarme de la vida para encontrarle, no me exige renunciar a nada humano para ser suyo, no está celoso de mi felicidad, no me reclama sacrificar lo bello y hermoso de la vida, no genera desconfianza ante el placer, no me hunde en la culpabilidad. Lo que da verdadera gloria a Dios es un ser humano lleno de vida. Lo que le agrada es vernos vivir de manera digna y dichosa.
La huella más clara, el indicio mejor observable de este Dios en la existencia del testigo es que transforma su vida y la hace más digna y más dichosa en cualquier situación: en el gozo y en el dolor, en la salud y en la enfermedad, en la amistad y en la soledad, en la inocencia y en la culpabilidad, en la vida y en la muerte.
El testimonio de la vida
Lo que el creyente presenta pues como testimonio de Dios es su vida. Lo decisivo en esa vida no es la santidad moral sino la actitud ante Dios, la orientación hacia el Amor, la huella que Dios va dejando en esa existencia. En el testigo marcado por Dios van emergiendo unas actitudes que todos pueden captar.
Al testigo se le percibe como a alguien que va configurando su vida siguiendo las huellas de Jesús: su acogida incondicional a todo ser humano y, de manera preferente, al pequeño y desvalido; su compasión por toda desgracia y sufrimiento; su pasión por defender la dignidad de la persona por encima de todo; su misericordia ante toda flaqueza, humillación o pecado; su lucha apasionada por todo lo digno y justo; su esperanza inquebrantable, sin falsas ilusiones; su benevolencia con el extraño y diferente; su pasión por la verdad, esa capacidad de ir al fondo de todo, por encima de formalismos y legalismos engañosos; su libertad para hacer el bien; su manera de buscar y salvar lo que parece perdido; su deseo de infundir confianza y liberar de miedos; su abandono total en manos del Padre. En el fondo de esta vida está Dios; en el fondo de quien sigue a Jesús se presiente y sugiere la presencia de Dios.
Un estilo de comunicar vida
El testigo no sólo presenta su vida. Lo hace comunicando vida. Por eso, no vive aislado en su mundo, encerrando en sus pequeños intereses. Vive acompañando, escuchando, comunicando. El testigo deja de serlo en la medida en que pierde fuerza comunicativa.
El testigo no es un extraño. Es una persona profundamente humana a quien no le preocupa mucho si sus manos están llenas o vacías. El vive amando y buscando el bien para todos de forma sencilla y gratuita sin que le inquiete no ver frutos en su entorno.
Al testigo le preocupa y le ocupa la vida de los demás. Contagia la vida que lo habita aunque no lo pretenda ni se dé cuenta de ello. El testigo interpela con su presencia, pero no culpabiliza sino que invita, anima y acompaña hacia una vida mejor.
Al testigo le duele todo lo que daña la vida, la dignidad y la paz de las personas. Por eso, ayuda a recuperar la dignidad perdida, contagia confianza, conjura miedos, contribuye a que la pasión por la vida supere al pesimismo y el desaliento.
Pablo VI repetía que el misionero es, ante todo, testigo.