La Misión se desplaza a la gran ciudad
P. Bernardo Baldeón
Publicado el 01 de mayo 2010
Normalmente cuando pensamos en “las misiones” nos viene a la mente la imagen del misionero perdido en la selva o trabajando en medio de comunidades rurales marginadas.
Son muchos los que siguen viviendo y trabajando en esa situación.
Pero, al mismo tiempo, la misión acompaña los cambios sociales y geográficos de las personas. El Tercer Mundo vive un proceso de urbanización galopante. Cada vez más personas se desplazan del campo a los suburbios de las grandes ciudades en busca de mejores condiciones de vida. Ello supone un replanteamiento de la presencia de los misioneros para mantener la cercanía con las personas y pueblos con los que trabajamos.
Ya en el año 1999, al programar nuestras actividades, los misioneros de la Consolata afirmábamos: “El éxodo del campo ha llevado a las grandes ciudades a masas de personas sin trabajo, que sobreviven recurriendo a trabajos de un día cuando lo encuentran. Son los nuevos pobres, al margen de todo. Es un desafío a la evangelización, un “lugar” del ad gentes, que forma parte de nuestras prioridades”.
El fenómeno de la urbanización trae consigo graves problemas: desde el desarraigo cultural a la falta de servicios mínimos en cuanto a vivienda, salud, educación, trabajo…
Pero también tiene sus ventajas, ya que puede facilitar las relaciones humanas superando un aislamiento ancestral.
En este sentido es interesante lo que señala Luís Ángel Plaza Lázaro en un artículo publicado por “Misiones Extranjeras”. Entre otras cosas afirma: “Las ciudades no sólo tienen edificios y casas, tienen también calles, plazas, parques y jardines…
La calle no deja de aproximar a los habitantes: sin calles las personas pierden oportunidades de encontrarse. El encuentro es importante y las ciudades ayudan a ese encuentro entre las personas. Las carreteras abrieron caminos para ir al encuentro de otras personas, de otras costumbres. La alteridad es condición de la libertad. La libertad comienza mediante el contacto con lo diferente. En la ciudad encontramos personas diferentes y con religiones diferentes. En la ciudad nace la libertad religiosa porque hay varias opciones: las personas se sienten cuestionadas por las otras y eso las obliga a definir su identidad religiosa, moral y personal”.
En todo el mundo la sociedad rural tiene una fuerza y un peso importante que dificulta a la persona a buscar su propia identidad. La ciudad ayuda a vencer el miedo de hablar y expresar un pensamiento propio. La persona es más libre. Aunque esa libertad se vea coartada por condiciones de vida más marginales, o la vida en las grandes ciudades se haga más individualista.
Todo ese cambio, muchas veces ambiguo, tiene sus consecuencias en la forma de realizar la misión.
En las comunidades rurales, la acción misionera puede apoyarse muchas veces en el peso que la comunidad ejerce sobre la persona.
Cuando se desarrolla en el ámbito urbano la comunidad cultural ha perdido casi toda su influencia. El trabajo se desarrolla más de persona a persona. Es más lento y difícil.
Por eso uno de los grandes retos de la misión en las grandes ciudades es crear comunidades vivas donde las personas se puedan encontrar, donde asuman un estilo de vida desde una mayor libertad personal, donde encuentren el apoyo necesario para luchar por unas condiciones de vida más humanas, donde encuentren una salida al sentimiento de soledad.
Todo un reto para la misión.