El Dios que anunciamos
El Dios del gozo
Isabel Gómez-Acebo *
Publicado el 01 de mayo 2010
Acabamos de dejar atrás los tambores y pasos de la Semana Santa, una tradición preciosa con la que vibra la gente. No pasa lo mismo con el Domingo de Resurrección pues aunque nos felicitemos la Pascua, lo hacemos sin entusiasmo. La cuaresma es larga, la semana santa está muy cargada y el pueblo español se emociona más ante las tragedias pero tengo la impresión de que el cristianismo ha contribuido a recargar las tintas negras. Durante muchos siglos nos hemos criado con la imagen de un Dios que se complacía con el sufrimiento y los sacrificios que hacía el hombre para expiar sus faltas mientras que dábamos la espalda al Dios del gozo que predicó Jesucristo. “Es tan bueno que debe ser pecado” dice el refranero, mostrando la puerta a esa negativa a todo lo bueno y placentero.
¡Qué poco hemos fomentado la faz del Dios que goza con su criatura! Un Dios que se deleita con nosotros en su calidad de amigo, de padre, de amante… de tal manera que lo que nos alegra a nosotros le alegra también a él. Pero podemos dar un paso más que supone comprender que Dios mismo es la causa del gozo más profundo. Así lo comprendía el salmista: “Me enseñarás el camino de la vida, plenitud de gozo en tu presencia, alegría perpetua a tu derecha”. Sal 16,11.
Pero andar alegres es, tras la pasión, saberse resucitados y celebrar esta certeza con los mimbres que tenemos a mano y que son los hermanos y los objetos materiales que Dios ha puesto en nuestro camino para que los disfrutemos. Muchos no lo comprenden, de aquí la parábola de los niños que no juegan en la plaza, que rehúsan entrar en la alegría de vivir.
El mundo cristiano tiene que componer una gran danza en la que todas las criaturas de Dios bailemos al mismo son, con las manos unidas para que ninguno tropiece y caiga. Cada uno tiene un distinto destino pero todos debemos llevar una flauta en la maleta, es pequeña y no pesa. No importa que no sepamos tocarla ya que lo importante es que nos recuerde que debemos ser juglares de Dios en todo momento y discurrir por la vida con alegría y buen humor. Hay que cantarle al Dios del gozo incluso en aquellos momentos en los que las lágrimas ahogan la voz.
* Madre de familia y teóloga