El hambre es un crimen
P. Bernardo Baldeón
Publicado el 01 de mayo 2009
El mes pasado en Londres se realizó una reunión del G-20 para buscar soluciones a la actual situación de crisis.
Es un G-20 ampliado (algo más de 20 países). Todos salieron optimistas del resultado del encuentro. Todos mantenemos la esperanza de que sirva para mejorar la situación, especialmente de los más pobres.
Pero no deja de llamar la atención que esos veinte y pocos países acumulen el 85% de la riqueza del planeta. Hoy hay casi 200 países en el mundo, y la ecuación es fácil: el 10% de los países disponen del 85% de los bienes que genera la humanidad.
Por una de esas casualidades que a veces se dan, me he encontrado en Internet con las declaraciones de un dirigente sindical al terminar una manifestación en Buenos Aires hace unos meses. Y conste que Argentina forma parte de ese G-20 ampliado.
Pablo Micheli dijo al terminar la manifestación: “hoy estamos aquí, felices, porque los trabajadores asumimos el compromiso de abrazar a nuestros pibes. Y lo hacemos a pesar de la tristeza que nos genera que los golpeen, la tristeza que nos da los secuestros y las torturas. Lo que pasa es que no se bancan que desenmascaremos un país que se construye sobre 13 millones de pobres, la mayoría de ellos chicos”.
El dirigente también indicó que “el hambre es un crimen, que el hambre está planificado” y expresó: “para que el hambre exista en este país, que está hecho de pan, tienen que haberlo inventado. El hambre es inherente a este sistema capitalista, y tiene responsables, que tienen nombre y apellido. Esos son los verdaderos criminales. Y también están los responsables, los que no aplican políticas universales que terminen con el hambre. Los responsables son los gobiernos que no quieren distribuir equitativamente la riqueza que generamos entre todos”.
Para muchos el hambre sigue siendo consecuencia del subdesarrollo, de regímenes corruptos, de sistemas de producción o de comercialización inadecuados, de la falta de “cultura”, del exceso de natalidad… y podemos seguirle encontrando cientos de causas.
Que nos digan a la cara que “el hambre es un crimen” resulta duro de digerir.
Que nos digan que nosotros, los países del “bienestar” somos los culpables de ese crimen que afecta a millones de personas, es una bofetada que no estamos dispuestos a aceptar.
Los españoles nos sentimos orgullosos de que nos hayan prestado una silla en ese club del G-20. Ya somos alguien en el ámbito internacional. ¿Pero qué es lo que somos? ¿Es para estar orgullosos?
La verdad es que tengo mis dudas. Evidentemente no quiero que seamos un país pobre. Pero tampoco me hace mucha gracia que entremos a formar parte del club de los países que generan el crimen del hambre.
Muchos pensarán que éste es un razonamiento muy simplista. Que la realidad es mucho más compleja. Y en parte tienen razón.
Pero también es verdad que “el arte de complicar los problemas” es una de las formas más comunes de eludir asumir nuestras responsabilidades personales o sociales. Me temo que es un mecanismo que lo utilizamos con demasiada frecuencia para tranquilizar nuestra conciencia.
El precio que pagamos: renunciar a creer que todos los pueblos, toda la humanidad formamos una única familia, con lo cual estamos destruyendo la base de lo que significa ser cristianos: la conciencia de ser hijos de un mismo Padre.