¿Una simple cuestión
de nombres?
Por J. Altavista
Publicado el 01 de mayo 2009
Ayer me pasé por la redacción de la revista. Llegué cuando estaban discutiendo por una palabra. Al principio no entendía nada y me parecía un debate inútil. Pensándolo después, quizás no lo sea tanto. Las palabras con que nombramos las realidades reflejan una mentalidad y una forma de actuar frente a ellas.
Os cuento de qué iba la discusión. Resulta que el calendario que aparece en el número de noviembre lleva bastante tiempo armarlo. Así que ya se han puesto a la tarea.
Lo primero es elegir el tema del calendario. Teniendo varios temas posibles sobre la mesa, al final la decisión cayó sobre el tema de “los ancianos”.
No tardó en aparecer la primera observación, algo así como: “eso de ancianos es un término muy discutible. En los países ricos la esperanza de vida se va alargando, mientras que en otros disminuye y las personas los treinta y tantos o cuarenta años ya son ancianos. Tendríamos que afinar mucho para saber de qué ancianos hablamos”. No le faltaba razón. Así que fueron surgiendo alternativas.
“Viejos”: suena a despectivo y desechable. “Mayores”: todos somos mayores que alguien. “Abuelos”: tiene un cariz familiar y cariñoso, pero no hace falta ser abuelo para ser anciano. “Tercera edad”: suena a un eufemismo como para evitar tomar postura frente a los ancianos; además ¿quién dice cuándo empieza? “Personas de edad”, como les llama la ONU: todos tenemos una edad.
Surgieron más propuestas, de las que ya no lo logro acordarme. En algún momento nos reuniremos para darle un título al calendario.
Regresando a casa es cuando me di cuenta de que no se trataba de una discusión inútil. El nombre que damos a las situaciones, etapas o realidades humanas no es algo indiferente, ni simple cuestión de palabras.
Ponerle nombre a un grupo humano es cosa seria. Y no sólo porque el nombre elegido pueda sentar mejor o peor a ese grupo humano. En ese nombre estamos proyectando, como decía antes, cuál es nuestra actitud frente a esas personas.
He leído numerosos artículos donde se habla, por ejemplo, del papel que tenían los ancianos en muchas culturas africanas. Un papel que se ha ido perdiendo a gran velocidad. Los ancianos quedan marginados. La cultura acumulada durante siglos se va perdiendo. Y eso no ha supuesto que los países hayan mejorado su nivel de vida. Al contrario, se someten a nuevas esclavitudes.
Pero seamos sinceros. Ese proceso lo vivimos en nuestras sociedades occidentales hace años. Como consecuencia nos convertimos en “hijos de la tecnología”. El desarrollo tecnológico seguiría por los siglos de los siglos…
Bastó una “crisis” para que el castillo de naipes de nuestras ilusiones se viniera abajo… ¿Qué hacer? Reconstruir el castillo con una baraja nueva. Lo que nadie se atreve a decir en voz alta en que si se logra ese nuevo castillo de naipes va a haber lugar para menos personas, y serán más las que queden excluidas, no ya de la sociedad de bienestar, sino de una sociedad que garantice la supervivencia.
La alternativa es retomar elementos esenciales de la sabiduría cultural acumulada por la humanidad durante siglos. El problema: eso supondría cuestionarnos los fundamentos éticos de nuestra economía, cultura, política, sistema social…
Ética y desarrollo han entrado en conflicto. No es imposible conjugar ambos elementos. Pero si no estamos dispuestos a renunciar a nada, va ser difícil.