El Dios que anunciamos
Un Dios que se encarna
* Teóloga y madre de familia
Publicado el 01 de mayo
2009
El cristianismo es una de las escasas religiones que apuesta fuerte por la carne ¡Quién lo dijera! Es frecuente, en otros credos, que los dioses se disfracen de humanos para pasearse por el mundo pero no, que asuman nuestra condición al 100 por cien, que es lo que hizo Jesús de Nazaret. Cristo, nació y vivió compartiendo todos los condicionamientos de la humanidad y sin guardarse ninguna prerrogativa divina.
Acabamos de celebrar su ascensión al cielo, un acto en el que no se dejó el cuerpo en la tumba, como hubiera esperado todo el entorno griego que sólo creía en la inmortalidad del alma. Desgraciadamente esa filosofía negativa frente a la materia se infiltró en el cristianismo haciendo que el aforismo sobre el cuerpo como cárcel del alma se hiciera dueño y señor de nuestra fe. Las consecuencias de esta manera de pensar también afectaron a Dios al que se alejó de nuestro mundo, proyectándolo en el cielo para que no se contaminara.
Hoy, que vemos las cosas de otro modo, podemos contemplar a Dios en el interior de todos los seres creados en los que ha dejado su huella, una huella tan profunda que no la podemos alcanzar de aquí que se pueda hablar de su trascendencia. Desde esta perspectiva, Dios no es indiferente al mundo creado sino que comparte nuestra vida, goza con nuestras alegrías y sufre con nuestras penas, de manera que todo lo que nos afecta, es y lo hace suyo.
No debemos considerar al cuerpo como cárcel, sino como herramienta para llevar nuestro yo a la plenitud a la que estamos llamados. Gozamos de unos sentidos que nos hacen capaces de oler, gustar, tocar, ver y olfatear a Dios en sus criaturas, en ese mundo que, una vez creado, vio que era bueno.
Dios no rechaza la materia en la que se encarnó destinándola a un final glorioso. ¿Vamos nosotros a enmendarle la plana?