Las ollas de soja

No son simples comedores, sino centros donde grupos solidarios, además del alimento diario, brindan a los niños educación y valores espirituales.
La comida que se proporciona es de soja, para suministrar a los menores de edad los nutrientes necesarios para su desarrollo físico.
Llegan famélicos… tres semanas después la diferencia se nota: el brillo en sus ojos se ha recuperado, y les vuelve la sonrisa.

María Fernanda Ramírez

Publicado el 01 de mayo 2009

A las ocho de la mañana comienzan a llegar de uno en uno, hasta completar cincuenta. Son los niños y niñas que cada mañana, antes que los primeros rayos del sol se cuelan por las ventanas de esta casa del barrio "Hilario Sánchez", de Managua, reciben su comida gracias a este proyecto promovido por las ya casi insustituibles Comunidades Eclesiales de Base (CEB).

No hay ningún rótulo que indique el nombre del programa. El sitio tiene una fachada y una infraestructura tan sencillas, como las personas que llegan hasta él cargando a sus hijos o llevándolos del brazo. Se llama ‘Ollas de soja’ porque los alimentos que se preparan y sirven son a base de este producto, rico en nutrientes.

Oficialmente el proyecto nació en 1990 con 12 ollas. Ahí los grupos solidarios llevan a los menores de edad la nutrición diaria. Además les comparten el pan de la enseñanza, pues también reciben educación preescolar.

Se trata de obras silenciosas y permanentes realizadas por grupos solidarios formados por personas que han abrazado la convicción de que ser cristiano los obliga a demostrarlo cada día, y lo manifiestan con voluntad altruista. Así, gracias a su firme voluntad de compartir y al apoyo de organismos nacionales y extranjeros, hacen posible la obra.

Las mujeres, siempre atentas
El equipo de personas voluntarias, en su mayoría mujeres con un corazón grande y noble, desde la mañanita hacen la limpieza y acomodan las sillas y las mesas para poder recibir a los pequeños que han encontrado este bonito nicho de vivencia y hermandad.

Se trata de humildes y modestas mujeres de barrio. Con muchas ganas de compartir y brindar su ayuda, animadas por su fe. Ellas se han sensibilizado con este proyecto que busca erradicar la desnutrición infantil, aportando un poco de su tiempo, y a cambio reciben la grata satisfacción de ver el cambio físico de los niños.

"Luego de tres semanas vienen un poco más gorditos, hasta les vuelve el brillo a los ojos, y la sonrisa", resalta una de las colaboradoras.

Contra desnutrición y pobreza
"Las Comunidades Eclesiales de Base se han preocupado por tratar de llevar la nutrición necesaria a los niños, para disminuir la pobreza, y de esta manera construir una Nicaragua mejor, pues ya se sabe que desnutrición y pobreza van de la mano", explica el sacerdote jesuita Arnaldo Zenteno.

Arnaldo es nicaragüense de origen mexicano. Se ha destacado por impulsar y buscar apoyo tanto nacional como internacional para los diferentes proyectos que impulsan las CEB.

"Esta problemática es apremiante. El problema de la mala alimentación de los niños y niñas es urgente, pues si persiste, las demás facultades de los chicos no se pueden desarrollar cabalmente y no tendrán las mismas capacidades que otros que tenga una alimentación regular, para hacerle frente a los estudios, por ejemplo; o para ampliar sus capacidades psicomotrices".

Alegría que esconde historias tristes
Contados hay 47, pero parecieran cien. Juegan, corretean y ríen en este pequeño espacio que tiene la capacidad para albergar un comedor, un aula donde se imparten clases de preescolar y una cocina, donde se elabora la alimentación diaria. "Todos tienen una historia triste, pero las enmascaran con sus sonrisas, que a la vez nos contagian ese ánimo revitalizante", nos revela otra de las voluntarias que se moviliza desde otro barrio y se interna en este lugar donde las calles de asfalto son un sueño y las casas no conocen el cemento.

Llega otro niño más para sumar 48: un pequeñito de seis años que no se despega de su mamá. En su cara la tristeza se evidencia, le falta ese brillo en sus ojos color aceituna. Su cabello tiene un aspecto amarillo por el nivel de desnutrición. Sus dientes se notan débiles y con sus manos apenas puede sostener el vaso con leche que le acaban de ofrecer.

"Es un caso urgente, por eso le damos el alimento en cuanto llega, y hasta la mamá necesita nutrirse, porque está embarazada, aquí les proporcionamos lo que necesitan. Las ‘ollas’ también atienden a las mujeres embarazadas, para evitar la malnutrición del recién nacido", agrega la voluntaria.
Aunque el proyecto va dirigido especialmente a niños de cero a 6 años de edad, también acoge a madres embarazadas, quienes se han visto beneficiadas no sólo con la facilitación del alimento, sino además con un sistema organizativo que las ayuda a subsistir autónomamente mediante la consecución de empleos.

  Así, de esta manera, se previene que el neonato presente desnutrición desde su nacimiento y su madre logra culminar su embarazo con un peso deseable, con el añadido de que después pueda ganar su propia comida.

Actualmente se atiende a una veintena de mujeres embarazadas junto a sus hijos, quienes presentan diversos grados de desnutrición; son personas con poco o ningún recurso.

"También se les enseña a pescar"
A estas mujeres, además de la alimentación, se les inserta en un proceso de autogestión, "ya que no sólo es darles el pescado, sino también enseñarles a pescar… Ésa es la finalidad de las ‘ollas’, dejar de ser paternalistas y buscar que la gente después tenga las herramientas necesarias para poder combatir", resalta la responsable del programa, Adilia Jirón.

"Y es en esa línea que se les busca proveer de los conocimientos necesarios para que puedan enfrentar los obstáculos que el medio les pone, y poder sobrevivir con dignidad, que sólo la provee el trabajo autónomo", añade Jirón.
Son las 10 y media y todos los críos se juntan en el comedor.

Ollas siguen 20 años después
Han pasado casi 20 años desde que la primera "olla" fue instaurada, y tras ella once más, donde se alimentan a mil personas a diario y se cuenta con el apoyo de 150 voluntarios.

"Se continúa con la ilusión y el propósito de extender el programa y poder erradicar este problema con la ayuda del pueblo. El objetivo es crear conciencia en la sociedad, y las CEB son un punto de partida donde todas las personas tienen cabida, sin importar su calidad de vida, teniendo siempre presente que Dios es el motor de estos proyectos", puntualiza el sacerdote Arnaldo Zenteno.

"Un alimento para el corazón"
Otra madre entra con su hijo. "Más allá de un plato de comida, las ‘ollas’ dan un alimento para el corazón, ya que como somos personas de bajos recursos y tenemos esa calidad de vida, hemos sido excluidos, pero ahora hemos logrado ser visibles y tener un lugar gracias a estas personas, a quienes no les han importado nuestras condiciones y nos han tendido una mano desinteresadamente", expone, un poco tímida, pero con la seguridad de sus palabras.


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