La mujer andina:
vivir entre dos culturas

 

Publicado el 01 de mayo 2009

P. Ugo Pozzoli

Es un recuerdo que me produce sentimientos de admiración y respeto hacia tantas mujeres que he encontrado durante mi trabajo pastoral en Ecuador y Colombia. Es una realidad desconocida y al mismo tiempo fascinante: la realidad de las mujeres indias de los Andes.
La sabiduría sencilla y profunda, el sentido del deber y de la responsabilidad, la increíble fuerza volcada en el duro trabajo de la tierra andina y en el no fácil día a día familiar, la fe enraizada en muchas de ellas me ha impresionado y, no puedo negarlo, con frecuencia ayudado en la actividad pastoral.


           Para comprender la realidad de la mujer indígena de los Andes, es necesario tener en cuenta dos premisas importantes.
Ante todo, cuando se habla de cultura indígena andina nos referimos, en realidad, a un conjunto de culturas que se han desarrollado en los valles que cortan esta larguísima cadena montañosa. Un encadenado de montañas que surge de los dos océanos en el extremo sur del continente americano, continúa de forma sinuosa por miles de kilómetros marcando la frontera entre Argentina y Chile, forma la espina dorsal de un inmenso país como Perú y de Ecuador, se divide en tres en Colombia, para ir a morir en las playas de Venezuela. Parece evidente que sería mejor hablar de “culturas” andinas, más que de una cultura.

Al mismo tiempo, muchos autores han subrayado la existencia de una única raíz que mancomuna en muchos aspectos a las poblaciones indígenas de los Andes; raíces fundadas en la común geografía montañosa, en el origen común de muchas poblaciones que luego se han dispersado por razones históricas y sobre todo un pensamiento original que expresa una visión del universo, de la moral y de la sociedad muy similar. A estos elementos comunes haré referencia para hablar de la mujer andina en su contexto.

Una segunda premisa hace referencia al método. Se puede hablar del indio de los Andes marcando los rasgos que surgen de un libro de antropología o se puede hacer contando la vida cotidiana a partir de la experiencia directa. Ambos métodos tienen ventajas y límites, buscaré tenerlos en cuenta los dos.
Por una parte está la mujer india que pertenece a la tradición, con sus caracteres típicos que se fundan sobre la historia y en la cultura de la población de los países andinos; por otra parte está la mujer real, que vive hoy, las contradicciones propias de la persona que ve su mundo arcaico puesto en discusión por la llegada prepotente de la modernidad globalizada en que vivimos. Es importante, a mi parecer, que estos dos elementos sean tenidos en cuenta.

La riqueza de la cultura tradicional
Ante todo comenzaremos diciendo que en la mayor parte de los mitos sobre el origen del mundo de las culturas andinas la mujer está presente. Está presente como elemento femenino en el hecho de la creación, en el símbolo de la Pachamama (Madre Tierra) y como dimensión femenina de todo ser viviente y, en modo especial, del ser humano.

En el mito de los orígenes de los indios Nasa (Andes colombianos), el universo creado por el Gran Espíritu es dirigido por una pareja de abuelos. Masculino y femenino están en la raíz de la creación dando vida a un elemento fundamental de la filosofía india: el de la complementariedad. Día y noche, sol luna, tierra y agua… cada uno de estos elementos tiene un carácter masculino o femenino y no puede existir si no es en relación con el otro.
La tierra (por extensión el mundo en que se vive) es un elemento femenino. Es vista como madre protectora y fecunda. Por esta razón, la acción de ararla y sembrarla tienen un valor muy profundo en la espiritualidad andina y comparable al acto sexual. La semilla lanzada en los surcos de la Madre Tierra genera nueva vida, capaz de garantizar la supervivencia de las personas.

Complementariedad significa dar a cada elemento el puesto que le corresponde en el universo, un puesto que le pertenece sólo a él, al que es necesario volver a través de ritos de purificación cada vez que es atacada por la acción contraria del hombre o de la naturaleza.

El concepto de la familia y por extensión el de la sociedad, encuentra su plenitud donde esta relación entre masculino y femenino es respetada, cada uno tiene su papel, en el respeto del espacio y de las competencias del otro. La mujer, por tanto, goza tradicionalmente de una autonomía en la conducción de la casa (que comprende el crecimiento de los hijos, su educación, y la organización de la vida doméstica, así como de la economía), mientras que al hombre se le dejan los ámbitos de trabajar la tierra y ocuparse de las relaciones con las otras familias y con la organización de la comunidad. La mujer andina es una mujer fuerte, trabajadora, capaz de soportar el dolor, la fatiga, el sufrimiento.

El impacto de la modernidad
Tradicionalmente cuando una mujer estaba próxima a casarse se mudaba de su casa a la de su futuro compañero. Pasaba por tanto de la autoridad de la madre a la de la suegra encargada de enseñarle cómo ser una buena mujer del hombre con el cual se iba a casar. Este período (que en Colombia se llama amaño) era muy importante, en el sentido de que intentaba garantizar la existencia de la complementariedad dentro del núcleo familiar que se estaba formando. También el aspecto “espiritual” de la mujer era tenido muy en cuenta y, todavía hoy, no son pocas las mujeres que realizan el papel de médico tradicional en la sociedad indígena. Paralelamente, dentro de las comunidades cristianas las mujeres participan firmemente y ofrecen su sabiduría y su experiencia a la vida espiritual de su propia gente.

Claramente, el impacto con la modernidad está cambiando velozmente la concepción clásica de la mujer en la sociedad andina. Hoy, las comunidades indígenas están viviendo un momento de crisis, sus consecuencias serán perfectamente identificables dentro de poco tiempo. Los mayores contactos con el mundo externo, las migraciones por parte de la población de la montaña hacia la ciudad, una mayor instrucción ofrecida a los jóvenes… están provocando cambios inmensos y rapidísimos en culturas que hasta hacer pocos años vivían ancladas en sus tradiciones más antiguas.

La ciudad, meta de muchas mujeres de la cordillera, modifica radicalmente ritmos y tradiciones seculares. Las mujeres entran en la experiencia de buscar trabajo. Respiran un nuevo aire, la posibilidad de adquirir una mejor instrucción, lo que las abre el camino a nuevas posibilidades de trabajo y conseguir una mayor independencia económica antes impensable.

Cambian las relaciones y se transforma totalmente el criterio de complementariedad. La mujer tiene menos tiempo para la familia, y, se trabaja en otros ámbitos. La tierra se resiente; aquella tierra que para los indios de ayer representaba la madre, hoy se convierte en madrastra: un peso.
Uno podría pensar: “Eso ya lo hemos visto y vivido; sucedió entre nosotros en hace ya bastantes años”. Cierto. Pero en este caso es la rapidez con que el cambio acontece lo que asusta. ¿Cómo conjugar la importancia de mantener la propia lengua y permanecer anclados en las raíces culturales del propio grupo con la exigencia de estudiar inglés para caminar al ritmo con el tiempo actual? ¿Cómo convivir con las creencias de la propia fe tradicional en la era de Internet? Para las nuevas generaciones éstas son preguntas fundamentales que, muchas veces quedan sin respuesta.

Y además emerge la crisis, el verse erradicado de un contexto familiar tradicional sin sentirse al mismo tiempo cómodos en la casa de la modernidad en la cual, se quiera o no, se ha entrado.

Tradición y modernidad se pueden conjugar
En Colombia comencé a dar clases de ingles a Jenny Hérica, una muchacha india, de 17 años, cursaba el último año de la escuela secundaria. Una mujer joven que, sólo hace diez años hubiera estado ya casada amamantando el primer o segundo hijo. Acepté acompañarla porque me parecía muy interesada al estudio de la lengua. En realidad no tenía necesidad de ayuda para pasar de curso. Pero advertía fuertemente el deseo de mejorar la preparación que había recibido en la escuela.

Su padre era un líder de la comunidad indígena, mientras que la madre, además de cuidar de la familia, se dedicaba a recopilar las memorias históricas de la comunidad a través de los relatos de los ancianos. Un día Jenny vino a la parroquia muy triste, casi llorando. Me dice: “Padrecito, creo que no vendré más a estudiar inglés”. Como primera reacción pensé que estuviera harta. Me dice que el estudio de la lengua inglesa le atraía muchísimo, pero que pensaba que era más importante aprender el nasa yuwe, la lengua de sus abuelos, que vivían en una casita de barro y bambú en un barrio de la ciudad, en plena montaña. Personas sencillas, que conocían poco el español y con los cuales era difícil entablar una conversación si no era en su propia lengua.

La joven veía claramente cómo aquella cultura, que generación tras generación había llegado hasta ella, se estaba destruyendo, perdiendo irremediablemente. Estaba sinceramente en crisis. La deje ir. Solamente le recordé, el gran don que tenía entre sus manos. “Grandes talentos, al igual que grandes responsabilidades. ¿por qué no intentar estudiar las dos lenguas?”.
Cuando me tocó dejar el país para volver a Europa le dejé mis libros de inglés: la gramática, el diccionario, un par de textos con ejercicios y algunas lecturas que había hecho llegar a propósito desde Italia. Durante meses no supe nada. Un buen día me llegó un e-mail. Era ella. Jenny había ganado una beca de estudios de las que se ofrecen a las minorías étnicas, y estudiaba lenguas extranjeras en la universidad de Medellín. “Estudio, Padre, porque amo el inglés y siento que aprendiéndolo bien puedo ayudar a mi comunidad, a la cual volveré, a la cual debo tanto y a la cual ofreceré mis conocimientos”.
Me agradecía por la sensibilidad que había tenido al valorar sus deseo de permanecer ligada a las propias raíces, pero al mismo tiempo por haberla ayudado conocer un gran don que el Señor le había dado. La finalidad de todo era el bienestar de “su gente” y en eso se veía claramente el apego a la propia cultura, a la propia historia.

Jenny no será como su abuela, probablemente no vestirá un anaco, la falda tradicional de las mujeres Nasa, y no envolverá a sus hijos en un chumbito, la faja de esparto tejida a mano que cuenta a través de sus dibujos la historia milenaria de los indios.

Jenny es una mujer distinta, profundamente india, respetuosa de la Madre Tierra que la generó y a la que todos los días agradecerá por el don de la vida. Posiblemente con una sonrisa, diciéndole: “Thank you”.

 

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