Morir de tristeza

Publicado el 01 de mayo de 2008

Por J. Altavista

Desde hace unos días me viene dando vueltas en la cabeza una noticia que escuché. El título era, más o menos: “Un anciano muere de tristeza en Madrid”.

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Por lo que pude escuchar se trataba de uno los numerosos ancianos que viven solos en una gran ciudad. Nadie le visitaba y la relación con los vecinos era buena, aunque escasa.

            Durante unos días notaron su ausencia y cuando la policía entró en la casa lo encontraron muerto.

            Los vecinos afirmaban que había muerto de tristeza, afirmaban que desde hacía varios meses los rasgos de la tristeza eran más evidentes en su cara y en su ánimo.
            Supongo que en el certificado de defunción aparecerá como causa de la defunción un “paro cardio respiratorio”.

            Nuestra sociedad no puede aceptar que a nuestro lado haya personas que mueran a causa de la tristeza y que el motivo de esa tristeza sea la soledad.

            La noticia no facilitaba ni el nombre, ni la edad del anciano. Desde el punto de vista informativo, la persona era tan insignificante como lo fue para una sociedad que lo mató al condenarlo a la soledad.

            Cuando uno lee las noticias del Tercer Mundo, las situaciones de pobreza e injusticia en que viven, la falta de esperanza en un futuro mejor… tiende a pensar que en esos países sería comprensible que alguien muera de tristeza.

            Pero en nuestra sociedad del bienestar, donde nos jactamos del nivel de vida que hemos alcanzado, aceptar que alguien muera de tristeza-soledad, después de haber dedicado toda su vida a trabajar a favor de ese sistema, esa muerte se convierte en una bofetada a nuestro sistema de vida.

            Un sistema de vida donde la solidaridad y el reconocimiento de los derechos de los más débiles, cuando se da, aparece más como un acto de caridad que como el cumplimiento de un deber de justicia.

            Y esto vale tanto para el anciano muerto en Madrid, como para los pueblos del Tercer Mundo.

            Sin duda hemos mejorado económicamente, pero ¿hemos mejorado humanamente?

            Bastaría preguntarnos en qué se basa nuestro desarrollo económico. En buena parte en el trabajo de personas a las que marginamos a la soledad cuando dejan de ser productivas, y por otra en el expolio de materias primas y de profesionales cualificados procedentes de los países más pobres de la tierra.

            Nos asustamos cuando nos dicen que nuestra economía entra en recesión y tendremos que bajar nuestro nivel de consumo. Pero no pensamos que nuestro estilo de vida y de desarrollo hunde sus pies en injusticias que aplastan a personas, pueblos y continentes enteros.

            Todavía hay quienes piensan que por haber nacido al norte del trópico de Cáncer tenemos derecho a vivir mejor que aquellos que nacieron más al sur. Curiosa –e inmoral- forma de determinar los derechos.

 

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