Mujeres, feminismos y misión
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No es una novedad afirmar el valor “estratégico” de las mujeres en muchas cuestiones
fundamentales del mundo moderno. A lo largo del siglo XX y tras el empeño de hombres y mujeres en permanente misión, visionarios/as de la caridad, de una lucidez excepcional abocada a la praxis evangélica y/o filantrópica, por ejemplo, el sistema financiero de los microcréditos, o los cientos de proyectos que funcionan como modo de sostener la vida de pueblos cada vez más numerosos, fiándose de manera especial de las mujeres y de su capacidad superar las situaciones de pobreza más extremas. Mujeres africanas, latinoamericanas, asiáticas… El futuro y el progreso de muchos países hundidos en la violencia y en la miseria endémica pasan por las manos de las mujeres: de las que viven la entrega misionera o solidaria y de las que gracias a esa entrega, y a la solidaridad que suscitan en el mundo “desarrollado”, descubren su fuerza, sus muchas posibilidades y, sobre todo, su dignidad.

En medio del pluralismo relacional que acabamos de mencionar y que abarca lo político, económico, científico, cultural… ha ido surgiendo algo nuevo: el feminismo. En el ámbito religioso, concretamente cristiano, el feminismo ha suscitado actitudes de todo tipo, generalmente de rechazo; de cierta condescendencia, de sarcasmo o de indiferencia… Después de milenios de dominio cultural-religioso de los varones es difícil asumir que las mujeres puedan mostrarse al mundo con identidad propia y alzar su voz, suscitando interrogantes capaces de hacer que se tambaleen las estructuras y los sistemas de explotación creadas y mantenidas hasta ahora.
Dentro del mundo religioso, la teología supone la interpretación de la verdad revelada en lo que tres grandes religiones llamamos “Escritura Sagrada”. Esa interpretación ha sido realizada a lo largo de siglos y de modo elitista, por los varones. A las mujeres, y el pueblo llano en general, se les ha negado incluso la posibilidad de conocer esas páginas y mucho menos la lengua en que fueron escritas. Pero esta situación comienza a cambiar, sobre todo a partir del siglo XVIII; en realidad, en ese tiempo y de mano de mujeres que se dedican a estudiar la Biblia, porque descubren que en la interpretación masculina de la misma se encuentra la raíz de muchos de los problemas del mundo femenino, se vuelve a las raíces, a los primeros tiempos de la historia en los que mujeres como Marcia y Paula de Roma (s. IV), son pioneras en los estudios bíblicos y promotoras de encuentros amistosos y hogareños en los que la Escritura es traducida, comentada y escudriñada con pasión.
Y con pasión se aferran a la Escritura las mujeres misioneras de nuestro tiempo, para encontrar en ella la fuerza y la legitimidad de su acción liberadora, acción fuertemente cuestionada y entorpecida por quienes se sienten agredidos por la Palabra, proclamada e interpretada con voz y corazón de mujer (para muchos, voz inapropiada y debilidad probada…). Se cuestiona, de manera empecinada, la llamada teología feminista, hasta el punto de invertir muchas fuerzas en ridiculizar y vaciar de contenido dicha teología.
A lo largo de la segunda mitad del siglo XX muchas mujeres creyentes, gracias a la corriente de frescura espiritual que suscitó el Concilio Vaticano II, lograron alcanzar los más altos grados de formación teológica: máster, licenciatura y doctorado, en las más prestigiosas universidades y facultades americanas y europeas; convirtiéndose también en investigadoras y catedráticas dentro de este campo científico, puente entre la ciencia humana y la ciencia divina. Afirmar la teología feminista y optar por esta nominación y no simplemente la de teología “femenina” tiene una justificación y una razón de ser: el sufijo “ista” implica una reivindicación irrenunciable por los derechos y la dignidad de las mujeres; supone una tensión y una lucha que queda totalmente diluida en la denominación “femenina”. Entre otras cosas, porque la teología, en sí, no es ni masculina ni femenina, es simplemente teología. Que sea hombre o mujer quien se dedique a hacer teología y a vivirla, no supone más diferencia que la que personalmente quieran y puedan imprimir a su trabajo, ellos o ellas, en cuanto a lucidez intelectual, honestidad, coherencia, veracidad…
Por otra parte, la teología feminista no nace en las aulas de clase. Su lugar de origen, como la llamada “teología de la liberación”, es el pueblo embarrado, el sufrimiento soportado por miles y millones de seres humanos oprimidos. La teología feminista surge de modo coherente y trágico, de las heridas que la historia ha causado en la vida de una inmensa mayoría de las mujeres, a lo largo de toda la historia y en cualquier punto geográfico. El patriarcado ha hablado de Dios en términos masculinos y ha permitido que el varón se sienta “dios” frente a la mujer, llegando incluso a disponer de su vida como si de una cosa o pertenencia más se tratara.
La teología feminista intenta mostrar los vacíos teológicos, antropológicos, sociológicos, a los que esta falacia machista ha llevado y continúa llevando. “La teología feminista es un clamor pidiendo pan”, afirma una mujer consagrada a vivir en medio de los pueblos más míseros de Centro América lo que ella, como filósofa y teóloga, enseñaba en las cátedras en las que impartía teoría feminista: Dorothee Sölle. Como misionera conocía desde dentro ese “clamor” y sabía de la bestialidad con la que la voz de las mujeres es silenciada en ese ámbito geográfico-cultural y en muchos otros. Las mujeres teólogas feministas unen su voz a los de los pobres de la tierra, para alcanzar, junto con los hombres que experimentan y viven la pasión de Dios en el ser humano, una Iglesia y un mundo en el que cada ser humano tenga su espacio y pueda tener “el pan” del respeto, de la palabra, del trabajo digno, de la atención médica, de la educación…
Y, sí, es teología feminista porque es una lucha. Una lucha en la que las mujeres están dispuestas a dar mucho más de lo que piden. Piden “pan”, ¡ofrecen vida! Y hacen ese don (al menos lo pretenden) al estilo divino, como Jesús de Nazaret lo enseña: yendo por los caminos de la opresión, enseñando, sanando, liberando ¡y cargando con las consecuencias…! La mayoría de las teólogas feministas hablan de Dios después de haber conocido y experimentado al Dios de los marginados y oprimidos, de las mujeres ultrajadas, violentadas, asesinadas, por nada. Simplemente por el hecho de ser mujeres. En esa experiencia encuentran su legitimidad y su fuerza. Sin esa experiencia del Dios sufriente y victorioso, ninguna teología tiene derecho a ser llamada así, y mucho menos feminista.
Trinidad León Martín
03/03/2011
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