Puentes de convivencia

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Ante la ideología de la supervivencia, y en especial la del más fuerte, se acrecienta la certeza de que la convivencia es la que construye humanidad y nos hace mejores. El reto del siglo XXI radica en atrevernos a responder con convicción a la pregunta que atenaza a la humanidad en este giro de siglo: ¿podremos vivir juntos? La convivencia es el arte de vivir y estar juntos en paz, sabiendo enfrentar los conflictos.

 

El voluntariado es uno de los grandes puentes de convivencia en ciudades y pueblos donde el juego de las identidades particulares hace que la fuerza del encapsulamiento sea fuerte. La convivencia aflora cuando existen personas convencidas de que juntas forman un nosotros rico, grande e incluyente. Y en esa tarea el voluntariado es tierra de nadie y tierra de todos; es puente que construye posibilidades de vida en común.

 

En la ciudad bosnia de Mostar existe un puente construido durante el siglo XVI, un símbolo de armonía en la sociedad multiétnica de Bosnia. Fue declarado patrimonio de la humanidad. Por él transitaban y se encontraban bosnios, croatas y serbios, musulmanes y cristianos. Durante la pasada guerra fratricida, el puente fue volado en 1993. Posteriormente fue reconstruido e inaugurado en el año 2004 como símbolo de reconciliación nacional. Pues bien, el voluntariado no construye puentes materiales, sino que cada voluntario tiene en su haber una acción que en sí misma tiende puentes de entendimiento, de integración, de acompañamiento, de hermanamiento, en la creencia de que todos los seres humanos somos iguales en dignidad.
Ser puente implica no quedarse anclado en el plano de las acciones individuales. También tiene su componente de acción colectiva y de acción política en el sentido de que mejora las condiciones de vida de las personas y de los pueblos. Ciertamente, lo político hoy está desacreditado, pero la justicia para los empobrecidos pasa por la incidencia política. El voluntariado, nuevo patrimonio de la humanidad, puede servir de acicate y mediación para la construcción de una humanidad nueva, devolviendo a la política sus virtudes de ocupación del espacio público a favor de la convivencia entre los diferentes y de la justica hacia los últimos. Solo hace falta incorporar ese chip en el quehacer de las personas voluntarias y de las organizaciones a las que pertenecen.

 


 

Luis Aranguren *
Filósofo Experto en voluntariado
de Organizaciones Sociales.
Director de publicaciones de PPC

 

03/03/2011