LIBIA

País de tránsito en el
tráfico de mujeres y niños

Hna. Eugenia Bonetti

Publicado el 01 de marzo 2010

 

Italia ha endurecido su legislación sobre los inmigrantes ilegales. Pero siguen llegando.
La necesidad de sobrevivir es más fuerte que las leyes xenófobas y racistas.
La Hna. Eugenia Bonetti, misionera de la Consolata, es responsable del organismo “Religiosas en Red contra el Tráfico de Personas” dependiente de la Unión Internacional de Superioras Generales (UISG) que integra a las congregaciones
religiosas femeninas con sede en Roma.
En diciembre pasado estuvo en Libia, desde donde llegan muchos inmigrantes
africanos a Europa, especialmente a través de Italia.
Gran parte son mujeres y niños. Un país de tránsito.
A su vuelta nos envía sus impresiones..

A finales del año pasado, fui invitada a visitar Libia, junto a una colaboradora del grupo Abele de Turín. La finalidad era ver y comprender la situación de tantos inmigrantes africanos especialmente de mujeres que llegan a Libia, atravesando todo el desierto del Sahara, esperando llegar a Italia u otro punto de Europa (para muchos la nueva tierra prometida).

Esta visita fue posible gracias al interés de una funcionaria del consulado de Italia en Trípoli que nos facilitó los documentos para entrar en el país y nos hospedó en su casa.

Antes de hacer una relación detallada de lo que hemos visto escuchado y experimentado, quiero escribir algunas notas para no olvidar nada de esta experiencia única y muy importante para nuestro servicio en el campo de la inmigración, orientado especialmente ala atención de las mujeres y de los menores provenientes de África y en transito de Libia hacia Italia.

El problema de los países de tránsito
Como religiosas comprometidas desde hace años para contrarrestar la trata de mujeres y menores, especialmente destinadas a la explotación sexual, conscientes de nuestra presencia en todos los países del mundo hemos buscado la forma de crear una “red humana”, construyendo canales y puentes de comunicación entre los países de origen, tránsito y destino de estas personas.

Hemos alcanzado parcialmente este objetivo en los países de origen y destino, pero resulta más difícil controlar los países de tránsito como el caso de Libia, atravesados por miles de mujeres inmigrantes estos últimos años.
La visita a Libia ha sido una excelente ocasión para crecer en este conocimiento, y nos ha permitido crear contactos directos con Organizaciones Internacionales y, sobre todo, con algunas religiosas que trabajan en colaboración con Cáritas y la diócesis de Trípoli.

Llegando al aeropuerto nos espera la funcionaria del consulado y la hermana Sherly, franciscana misionera de María. Es una religiosa india, con un buen conocimiento de la cultura y lengua árabe que trabaja desde hace años en Cáritas de Trípoli en la asistencia a muchos inmigrantes; ella es un punto fuerte de referencia, especialmente para las mujeres inmigrantes, en la única parroquia católica de Trípoli.

Durante los cuatro días que permanecimos en el país hemos tenido posibilidad de encontrarnos con el obispo de Trípoli, Mons. Martinelli, franciscano, que con algunos hermanos, sacerdotes y pocas comunidades religiosas, gestiona su diócesis que abarca toda Libia. Los fieles de esta iglesia son exclusivamente inmigrantes provenientes de muchas naciones africanas como: Eritrea, Etiopía, Nigeria, Ghana, Malí, Chad, Congo y Benín que se encuentra sobretodo el viernes, día no laborable en la única iglesia católica para celebrar la eucaristía.

Algunas comunidades religiosas femeninas trabajan en las casas para niños y en los centros para adultos discapacitados o enfermos mentales.

Otras religiosas trabajan a través de Cáritas y otras actividades asistenciales visitando semanalmente las prisiones y los campos de internación donde viven y sufren miles de mujeres inmigrantes clandestinas. Muchas de ellas son acusados de distintos delitos por el gobierno, como la prostitución y el tráfico de drogas, motivo por el cual son encarceladas en estos lugares durante varios años sin posibilidad de una asistencia legal, que tutele su dignidad y sus derechos humanos.

Junto a las religiosas que trabajan en el Centro de Cáritas de Trípoli hemos visitado una sección de una de las cárceles de mayor seguridad, donde se encuentra 2000 inmigrantes detenidos. Ahí hemos compartido momentos de oración con un grupo de 60 jóvenes africanos que rezaban y cantaban con fe y entusiasmo en plena sintonía con su estilo africano.

En el momento en que se enteran que venimos de Italia lanzan un grito de alegría porque ése nombre para ellos significa sueño y esperanza de un futuro distinto. Cuando llega la hora de despedirnos nos saludan con calor y nos agradecen nuestra visita. Todo esto ha hecho emerger en nosotras un sentimiento de gran conmoción, unido al hecho de ver tanta sencillez mezclada con tanto sufrimiento.

Política contradictoria
Durante nuestra presencia en Trípoli visitamos también algunas Organizaciones Humanitarias que trabajan en el país a favor de los inmigrantes, entre ellas la OIM (Organización Internacional de las Inmigraciones), que organiza repatriaciones asistidas de personas y familias que quieren volver a su casa de un modo digno, y otras organizaciones que se ocupan de algunos centros de acogida como el ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados) y el CIR “Consejo Italiano para los Refugiados”. A ellos les pedimos que nos expliquen más detalladamente lo que viven los inmigrantes antes de partir hacia Europa o después de la expulsión por parte de los países europeos.

La situación que se nos describe es realmente compleja, ya que, si por un lado hay bastante tolerancia por parte de las fuerzas del orden, hay también rigidez en el deportar a los inmigrantes a las fronteras, especialmente a aquellos de los países limítrofes, mientras que para los de países más lejanos se organizan vuelos especiales.

Aquellos que consiguen escapar a estos controles, continúan viviendo en la clandestinidad, intentando por segunda o tercera vez la travesía del mar, para alcanzar las costas europeas.

Dramas personales
Son muchas las historias personales que hemos recogido y oído de quienes las han vivido; el riesgo y el terror de atravesar el mar en pateras, para llegar a Italia como también de aquellos que han sido devueltos a Libia. A través de sus relatos tomamos conciencia de cuántos cadáveres ha engullido tanto el mar como el desierto. Que el Señor nos perdone por nuestra indiferencia y el silencio frente a estos crímenes.

Quisiera terminar con una breve descripción de la mujer libia y de la inmigrada. Por lo que respecta a los matrimonios, es necesario subrayar que éstos son todavía acordados por las familias. Durante las fiestas familiares son las madres, quienes después de haber observado danzar y relacionarse a las jóvenes, seleccionan a aquellas que van a proponer como esposas a sus hijos. Con frecuencia ocurre que antes del encuentro oficial con las familias, los dos candidatos al matrimonio no se han visto nunca. Generalmente las esposas son más jóvenes que los maridos, con una edad entre los 15 y 25 años. La mujer debe presentarse todavía virgen ante el marido; esto demuestra que la virginidad es todavía considerada un gran valor en la cultura árabe y debe ser fuertemente respetada por la mujer, pero no igualmente por el hombre.

Para las mujeres inmigrantes la situación es completamente distinta. En Trípoli son miles de mujeres africanas que viven de expediente en expediente, en espera de partir hacia Europa. Una espera que puede prolongarse por varios meses o incluso años. Muchas de ellas quedan embarazadas, especialmente durante el largo viaje a través del desierto del Sahara y dan a luz a sus hijos en cualquier lugar con gran riesgo para la vida de la madre y del hijo.
Los viajes son sumamente arriesgados y son realizados con la fortuna de encontrar medios de transporte, o bien a través de largas caminatas sobre la arena ardiente durante el día y muy fría por la noche. Muchas personas mueren durante la travesía por el desierto debido a la sed, al hambre y a las enfermedades; mientras muchas otras pierden la vida en el mar, antes de llegar a Europa.

Particular importancia, por tanto, reviste el papel desarrollado por las religiosas en Trípoli, que asisten a las mujeres solas, indefensas, y continuamente amenazadas por traficantes y explotadores, que aprovechan su situación de fragilidad y desánimo, para privarles de su libertad física y su libertad de decisión.

Seguir luchando
De estas descripciones, surge la gran necesidad de crear estructuras adecuadas para ayudar y acoger a estas jóvenes que buscan una esperanza de futuro. Confiamos en poder continuar trabajando junto a Cáritas y a las religiosas, que actúan en situaciones de gran pobreza pero con la conciencia de que la vida de estas jóvenes es tan valiosa como la nuestra y merece ser cuidada y protegida.

Todas las religiosas que prestan servicio en actividades de este tipo tienen necesidad de nuestro apoyo para dar respuestas inmediatas y concretas a quien vive en la indigencia, convirtiéndose en fáciles presas de traficantes sin escrúpulos, que sólo miran su enriquecimiento a través de la explotación de estas situaciones de pobreza.

 

 


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