El hijo mayor
Testimonio recogido por Santi Thió
y Mª L. Geronès
de la Asociación Àkan
Publicado por CiJ
Publicado el 01 de marzo
2010
Albert es joven, africano, amante del deporte, lleno de esperanzas, vivo, dispuesto a abrir todos los caminos que sean necesarios para sacar a su familia de la miseria más absoluta. Uno más entre tantos que han atravesado el mar. Quiere a su país, en ocasiones lo sueña y piensa que vive en un paréntesis, y que algún día volverá. Pero también forma parte de una nueva generación que mezcla la añoranza con una mirada hecha de futuro. Ya no es lo que era cuando se fue, ha vivido, ha aprendido muchas cosas, y ve la vida de una manera muy diferente. Habla de África, pero va lleno de Europa; él, como tantos otros, es ya un puente entre culturas: nuevos individuos, nuevas personas, para un tiempo diferente.
Albert es joven, demasiado joven para asumir lo que le toca asumir. Pero es el hijo mayor ¡y el hijo mayor de una familia polígama! Desde pequeño sabe que esto quiere decir tenerse que ocupar de la madre y de los hermanos. En la escuela de fútbol en la que estaba interno recogía algún dinero para la familia, pero un día se dio cuenta de que por aquel camino no llegaría a ninguna parte, y se fue. No dijo a la madre que pensaba tomar el camino del norte. La madre temía este camino, porque sabía que eran muchos (¡demasiados!) los que perdían la vida en el intento. Sin embargo, él estaba decidido: atravesó los países de rigor e intentó trabajar aquí y allá para poder ir acumulando un poco de dinero que le permitiera continuar avanzando. Llegar a Europa no es nada fácil.
Durante una época vive en un bosque cerca de Melilla. Es detenido y retornado a Argelia muchas veces, pero sabe que no le queda ninguna otra alternativa que volver al bosque. La familia, ahora lejos, espera. Espera que haya tenido suficiente fuerza para avanzar kilómetros, que haya tenido suficiente astucia para esquivar peligros, que haya aguantado la soledad, la falta de alimentos, el engaño, el miedo, el desierto, la policía...
Un día le llega el turno, se sube a una patera y alcanza las costas de Almería. Ha tenido suerte, ya que cada año son miles los que mueren en esta corta/larga travesía. Náufragos anónimos que reposan en el fondo del mar o bajo tierra en los cementerios a ambos lados del Estrecho. De hecho, él estuvo a punto de ser lanzado al agua en un momento en que se consideró necesario reducir el peso que soportaba la patera. El miedo y el trauma le corroen las entrañas, pero tiene que seguir: es el hijo mayor.
Nuevamente un golpe de fortuna le permite ser acogido en un programa gubernamental y llegar a Girona. Allá, y esto más que suerte es un pequeño milagro, se encuentra con un grupo de gente con la que puede reconstituir el sentimiento de pertenecer a una familia. No trabaja, pero no se desespera. Después de haber llegado hasta aquí hay que esperar, saber esperar: éste es el precio.
Desde África también esperan, pero se les agota la paciencia. ¿Cómo es que ha llegado a Europa y no envía dinero? ¿Se lo gasta? ¿Ha olvidado a los suyos? Incluso la madre se enfada con él, y no le quiere hablar. Un día, Albert, desesperado, le pide a alguien de la asociación donde vive que lo ayude y llame a la madre para explicarle qué pasa, cuál es la situación de alguien acabado de llegar a Europa y que no tiene papeles. Hablan. La madre se traga la decepción, lo entiende, ¡pero son tan pobres!
Transcurrido cierto tiempo encuentra un pequeño trabajo en el que se siente bien tratado y en el que es acogido de una manera casi familiar. Ahora ya puede enviar algún dinero. La familia reclama, el padre está enfermo, las hermanas tienen que ir a la escuela. La madre es una mujer fuerte, sabe de qué va la vida… Habla claro. Y él envía todo el dinero, excepto una pequeña parte que se reserva para el transporte, algo para comer, algo para vestirse, algo para salir una vez al mes… Es una cantidad tan pequeña que algunos meses desaparece totalmente, porque el padre está enfermo, porque tienen que pagar el hospital, las medicinas, la escuela, los viajes...
Mira a los otros que tienen la misma edad que él. Los mira cuando va por la calle, cuando juega a fútbol, y dice: ¿por qué yo tengo que vivir de una forma tan diferente a los demás? ¿Por qué tengo que llevar sobre mi espalda una carga tan grande? Los compañeros blancos ganan dinero, salen, se compran ropa.No tienen ni preocupaciones ni responsabilidades.Algunos de sus compañeros negros tampoco viven tan sujetos a la familia como él.
Es el mayor, ya lo sabe, pero también sabe que nunca podrá vivir totalmente su juventud, que su vida no se parecerá jamás a la de los demás… Ve que los años se le escapan. Ve que un día se querrá casar, pero no sabe cómo lo podrá hacer con la madre y las hermanas a su cargo… No lo sabe. A veces, sobre todo algún fin de semana, dice que el mundo se le hunde y que sólo tiene ganas de sentarse delante del televisor y tragarse todos los partidos de fútbol del mundo, o de esconder la cabeza bajo la almohada y dormir, sólo dormir: es el hijo mayor, y siempre lo será. En el sueño se rebela contra el destino que le ha tocado vivir. Protesta. Envidia. Añora.